09/04/2017 / 13:12
Jesús Orea


Imagenes

El pictoralismo de Ortíz Echagüe en el 'Viaje a la Alcarria' de Cela

Francisco García Marquina no fue sólo un gran amigo y conocedor del Cela persona y personaje, sino que es uno de los estudiosos y mayores expertos en su vida y obra.


El sábado, 26 de marzo,  tuve el placer -y el honor, por la categoría de la compañía, Francisco García Marquina y Pedro Aguilar- de participar en una mesa-redonda sobre el “Viaje a la Alcarria”, de Cela, en la reducida, pero muy adecuada para este formato de eventos, sala de actos del Castillo de Torija que, como es sabido, acoge desde hace ya más de 20 años el recientemente modernizado “Museo del Viaje a la Alcarria”, considerado, al menos hasta su inauguración, como el único del mundo dedicado expresa y exclusivamente a un libro. Desde 2009, este histórico y tan bien plantado castillo, del que es propietaria la Diputación Provincial, recoge también entre sus vetustas piedras el Centro de Interpretación Turística de la Provincia de Guadalajara, una auténtica, amplia y completa oficina provincial de turismo en la que, con distintas técnicas expositivas, algunas de ellas verdaderamente impactantes, se muestran los principales recursos que Guadalajara ofrece a sus visitantes, que son muchos. Los recursos, digo, porque los visitantes aún son pocos en relación a la potencialidad turística de la provincia, a la que, como sentenció el mismísimo CJC tras escribir en 1985 su Nuevo Viaje a la Alcarria -refiriéndose solo a esta comarca-, “es un hermoso país al que a la gente ya le va dando la gana ir”, tras haber afirmado casi 40 años años antes, en la dedicatoria que hizo a Don Gregorio Marañón del “Viaje a la Alcarria”, que entonces era“un hermoso país al que a la gente no le da la gana ir”.Ciertamente, mucho se pierden quienes no vayan y vengan a la Alcarria, como también les ocurre a quienes no visiten el resto de la provincia, un auténtico caleidoscopio de paisajes, historias, monumentos y tradiciones.La Alcarria, las Serranías del Norte, la Campiña del Henares y el señorío de Molina son cuatro hermosos países, sin duda.
    La ya referida mesa redonda sobre “Viaje a la Alcarria” la organizaba la UNED, institución docente que, al contrario de lo que indica la última letra de su acrónimo, lejos de estar a distancia, cada vez se viene mostrando más cercana a la sociedad guadalajareña, algo digno de agradecer y reconocer pues la universidad no es solo fuente de conocimiento, sino, como su propio nombre indica, una espléndida cura contra los localismos miopes, al tiempo que su siempre positiva influencia penetra en su entorno como a la tierra le cala la lluvia fina. Además de la de Alcalá -que con toda lógica es nuestra universidad natural y espero que lo siga siendo por mucho tiempo- y, por extensión, el resto de las de Madrid que acogen estudiantes guadalajareños, la UNED es también, sin duda, nuestra institución de estudios superiores que, no sólo aporta cercanía, sino también ofrece unas oportunidades casi a la carta a quienes no pueden, o, incluso, no quieren, matricularse en las presenciales.
    No es falsa modestia, sino reconocer un hecho evidente, que compartí mesa literaria con dos grandes escritores y periodistas, realmente conocedores y expertos en la vida y la obra de Cela, mientras que yo no paso de ser un simple y voluntarista aficionado. Paco García Marquina, además de, primero, vecino, después, anfitrión, y siempre amigo personal del Nobel desde muchos años antes de que lo fuera, es, sin duda alguna, la persona que más influyó en que el escritor regresara a la Alcarria y se avecindara en Guadalajara, entre 1988 y 1997. Y no permaneció aquí más tiempo,claramente contra su voluntad, como se colige de estas reveladoras y sentidas palabras, escritas en su columna de ABC, que llevaba por título “Desde el palomar de Hita”, en su entrega del 27 de julio de 1997: “Ahora que me voy con la música a otra parte y no sin mi remota pena lastrándome el corazón y el güito del alma, quiero dejar paladina constancia de mi amor a Guadalajara, a cuyas piedras, a cuyas yerbas y a cuyos hombres expreso desde aquí mi gratitud por su mantenida hospitalidad”. De forma más nítida aún queda en estas otras de manifiesto que dejaba forzado su chalet de estilo inglés en el Cañal del Henares por el de la Moraleja: “El hombre propone, a veces, y Dios dispone, de cuando en cuando; lo digo porque las cosas no siempre marchan al pelo de la voluntad, sino que, con harta frecuencia, se perfilan al contrapelo de las circunstancias y otras desidiosas aventuras”.
    García Marquina no sólo fue un gran amigo y conocedor del Cela persona y personaje –“masculino singular” podríamos definirlo en dos palabras, como el título de una de sus obras a él dedicadas-, sino que es uno de los estudiosos y mayores expertos en su vida y obra, algo que queda sobradamente acreditado en su última publicación, magníficamente editada por Aache en 2016, y titulada “Cela, retrato de un Nobel (biografía y estudio literario)”, a la que cabe sumar otras anteriores:“Retrato de Camilo José Cela (biografía)” -editada en 2005 por la Universidad de Colorado (EEUU)-, “La sabiduría de un libro sencillísimo”: Viaje a la Alcarria (estudio literario)” -separata de la revista “El Extramundi”, editada en 1999, en Iria Flavia, por la Fundación Camilo José Cela-,“Guía del “Viaje a la Alcarria” -Aache, Guadalajara 1993- y el ya citado“Cela: masculino singular (biografía)” -editado por Plaza y Janés; Barcelona 1991-.
    Pedro Aguilar, por su parte, madrileño de nación pero alcarreñísimo de vocación pues sus raíces y más cálidos afectos los tiene en Torija, además de ser profesor asociado de la UAH -de Comunicación Económica- y de la UNED -de Lengua y Literatura-, es filólogo hispánico, escritor y periodista de amplio currículo. También es un estudioso de la vida y la obra de Cela, como quedó patente en su libro, titulado “Las cosas de don Camilo (Retrato íntimo de un Nobel)”, que en 2016 fue oportunamente reeditado por Intermedio tras agotarse su primera edición. En el bagaje “celiano” de Aguilar, cabe destacar que era el alcalde de Torija cuando en mayo de 1995 se inauguró en su castillo el “Museo del Viaje a la Alcarria”, colaborando en su puesta en marcha con la Diputación Provincial desde su cargo de munícipe, al tiempo que como persona próxima al grupo de amigos de Cela que impulsó su creación, entre los que también estaban García Marquina, Jesús Campoamor y Manu Leguineche, otro gran periodista y escritor -además de excepcional ser humano- que se enamoró de la Alcarria, enraizó en ella y dejó una huelle indeleble.
    La ponencia de Marquina en la mesa redonda que ha inspirado “El Guardilón” de este mes, giró en torno a la figura de Cela, “el viajero” en Viaje a la Alcarria; Pedro Aguilar habló de los personajes del libro, de los reales y los literarios, que haberlos haylos, y no pocos, y yo traté del paisaje, sin duda un personaje más en la obra, como el propio escritor refrenda en el verso de esta cancioncilla: “Por las Tetas de Viana, la mula, el paisaje y yo (…)”. No obstante, a pesar de que el escritor humaniza la Alcarria al elevarla a la categoría de personaje, yo tengo la impresión de que su paisaje en este relato es un factor secundario y que le podría haber valido cualquier otro de la España rural árida o semiárida de interior, pues comparto con José María Pozuelo, autor de varios ensayos críticos de Viaje a la Alcarria, que en él no hay una imagen global o panorámica de la comarca guadalajareña, ni grandes secuencias descriptivas, sino que solo describe micro-paisajes como pequeños decorados en los que enmarca a sus personajes, que son los verdaderos protagonistas de su obra, casi más novelesca que viajera. Eso no es óbice para que Cela haga literatura con mayúsculas del paisaje alcarreño en muchos momentos de la obra, con una técnica que me atrevería a calificar de pictorialista, como la que empleaba en su reconocida y excepcional obra fotográfica nuestro paisano, el gran José Ortiz Echagüe. El escritor gallego, en su viaje alcarreño, en unas ocasiones nos ofrece simples pinceladas impresionistas para describir un amplio entorno: “A la legua larga de Torija aparecen los robles, sueltos al principio, formando manchas más tarde”; en otras, en cambio, utiliza una detallada técnica puntillista: “Por poniente cruzan, lentas, alargadas como culebrillas, unas nubecitas rojas, de bordes precisos, bien dibujados (…). El río corre rumoroso, rápido, por la vega, y a su orilla silban los pajaritos de la tarde, croan las últimas ranas de la tarde (…). Se está fresco (…) a la sombra de un olmo (…) Cruza, con su vuelo cortado, un caballito del diablo”. Y hasta un remedo de expresionismo trufado de hiperrealismo parece tener también su presencia entre las palabras/pinceladas alcarreñas de CJC: “Taracena es un pueblo de adobes, un pueblo de color gris claro, ceniciento; un pueblo que parece cubierto de polvo finísimo, delicado, como el de los libros que llevan varios años durmiendo en la estantería (…)”.
    Termino señalando que a mí se me antoja que Cela no utilizó una técnica prismática para describir la Alcarria, sino que lo hizo con lupa y que nos la fue contando por entregas y siempre colocando figuras en el paisaje, humanizándolo por tanto. En todo caso, la Alcarria jamás ha tenido nadie que la escribiera mejor.
    En la imagen, vista aérea de Guadalajara desde El Clavín -urbanización en la que se avecindó Cela un tiempo- con unas curiosas declaraciones sobreimpresas que el escritor hizo a Luis Monje Ciruelo, para Nueva Alcarria, en 1985, al concluir su trabajo de campo para escribir Nuevo viaje a la Alcarria. Con esta imagen se cierra la exposición Cela, siempre en la Alcarria, promovida por la Diputación Provincial con motivo del centenario del autor, que está recorriendo distintos lugares.


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