El viaje de Cela a la Vieja Alcarria hace 80 años (y II)
Del total de 57 personajes que, al menos con nombre y, las más de las veces, también con apellido aparecen reflejados en Viaje a la Alcarria, más de una decena son inventados con fines indudablemente novelescos.
Decíamos hace un mes, en nuestra anterior entrega de este Guardilón dedicado al 80 aniversario del viaje físico de Cela a la comarca más caracterizada de nuestra provincia que después dio lugar al literario, que Viaje a la Alcarria no es un libro de viajes al uso en el que se relatan, detallan y despliegan circunstancias, hechos y personajes reales de su transcurso. La obra del escritor gallego renueva el género e inaugura la novela de viajes moderna. Más que un ensayo, una guía o un reportaje, es un relato en el que se suceden hechos y aconteceres realmente ocurridos con otros de ficción, al tiempo que conviven personajes de carne y hueso con otros inventados por el autor. El mismo Cela, que no creía que la novela fuera un género literario y menos de única definición, sino “algo proteico, vario y extensísimo donde cabe todo, desde la filosofía más sesuda a la simple descripción lírica de un estado amoroso”, confirma con este planteamiento que su libro del primer viaje alcarreño es una novela pues en él hay desde reflexiones filosóficas de altura, hasta líricas descripciones de bucólicas escenas rurales. Novela del subgénero de viajes, pero novela, al fin y al cabo.
Del total de 57 personajes que, al menos con nombre y, las más de las veces, también con apellido, aparecen reflejados en Viaje a la Alcarria, más de una decena son inventados con fines indudablemente novelescos. Contribuyen a aportar referencias, acción o reflexión en lugares o momentos que al autor le viene en gana para desplegar sus pensamientos o, simplemente, sus apetencias narrativas para dar giros en el nudo, mantener tensión en el relato e interés en el lector. Gracias al gran trabajo de campo e investigación que hicieron a principios de los años 80 mis maestros, compañeros y amigos del histórico periódico guadalajareño, y guadalajareñista, Flores y Abejas, Salvador Toquero y Santiago Barra, para poder documentar su libro titulado Buscando a Cela en la Alcarria, hemos podido saber que, efectivamente, hay bastantes hechos y personajes no reales en la obra de Cela. Por ejemplo, Armando Mondéjar López, el niño “preguntón” del “pelo colorado del color del pimentón”, no fue un personaje real. Ciertamente, nunca existió un niño con esos apellidos y que su padre trabajara en la Diputación, como afirma Cela en su obra y Toquero y Barra comprobaron que era incierto; ahora bien, ese niño que el viajero dijo encontrarse a la salida de Guadalajara, yendo camino de Taracena, si no fue persona, sí que es tan personaje real como el dueño de Casa Montes, el talabartero de Guadalajara que sí fue un hombre de carne y hueso a quien Cela también convirtió en personaje literario. Por otra parte, el carretero que llevó a Cela en su carro desde Valdenoches hasta Torija, sí existió, pero no se llamaba Martín Díaz, como le cita el escritor en su obra, sino Félix Sánchez, según documenta Paco García Marquina en su Guía del viaje a la Alcarria. Esta publicación es, a mi juicio, un muy recomendable vademécum a consultar si se quieren conocer las intrahistorias del viaje. Como también lo es la obra ya citada de Toquero y Barra que, además de aportar mucha información sobre la realidad y la ficción del viaje celiano, también es una estupenda pieza literaria en sí misma, a caballo entre el género del reportaje y el ensayo con la Alcarria y sus gentes viviendo los albores de la democracia que trajo la Constitución de 1978. Cerramos esta obligada referencia al auténtico género de Viaje a la Alcarria y a la verdadera naturaleza biológica, biográfica y literaria de sus personajes con esta afirmación del propio Cela, quien dijo que “en una novela no se trata de reflejar siempre la realidad, sino de narrar hechos y circunstancias con verosimilitud”. Pozuelo Yvancos, uno de los mayores expertos en la obra de Cela, confirma que éste hace “literatura de toda experiencia” en Viaje a la Alcarria y que es un libro muy cercano a la novela, una “ficción novelesca con cuidadosa reelaboración literaria” y un cuadro “pintado a pincelada suelta”. Pozuelo concluye diciendo que esta obra transformó la novela de viajes clásica, renovando tanto género como estilo, algo que, como ya vimos en la entrega anterior, sin duda influyó de forma evidente en la concesión del premio Nobel de Literatura de 1989.
Viaje a la Alcarria no se inicia en Guadalajara, sino en Madrid, exactamente en el piso en el que Camilo José vivía entonces con su primera mujer, Charo Conde, y su hijo recién nacido, “Camilito”, en el número 185 de la calle Alcalá. En ese piso planifica su viaje, ayudado por un mapa-guía Michelín en el que, por razones obvias, aún no aparecen en la Alcarria las dos grandes manchas de agua de Entrepeñas y Buendía-cuyos embalses se terminaron de construir en 1958, doce años después- y, sin embargo, aún figura el trayecto del “Tren de Arganda”, el popular “Chirri”, que partía del Retiro y, a través de la vega del Tajuña, entraba por Guadalajara, teniendo su última estación en Alocén. No se construyó más vía a partir de allí, pese a que la intención era llevarla hasta Zaragoza. “Unos días antes” titula Cela ese primer capítulo, previo al viaje, mientras que al segundo lo titula “El camino de Guadalajara” y en él narra con detalle, si bien ya hay notoria ficción, su desplazamiento a pie desde su casa hasta la estación de Atocha para iniciar el viaje en tren hasta Guadalajara. Es aquí, en la capital, donde comienza el viaje físico a la Alcarria que Cela hizo entre el 6 y el 15 de junio de 1946.
Cela tomando notas en el transcurso de su Viaje a la Alcarria, en junio de 1946.
CJC, pese a que en su relato, escrito en tercera persona y en el que el escritor asume el rol de “el viajero” como narrador omnisciente, no lo dice-ya hemos visto que se inventa hechos y personajes, pero también veremos que oculta aconteceres e, incluso, también personas-, hizo parte del viaje junto a los fotógrafos de origen austriaco, Karl Wlasak y Conchita Stichaner, quienes le acompañaron en dos tramos, desde Brihuega hasta La Puerta y desde Pareja a Pastrana. El resto lo hizo en solitario o acompañado circunstancialmente. Algún tramo andando, otros en carro o en mula, y algunos en autobús o en coche. Gracias a estos fotógrafos, podemos disfrutar de algunas grandes y testimoniales fotografías del viaje físico de Cela a la Alcarria, algunas de ellas casi míticas, como en la que aparece el escritor andando con el morral al hombro o en la que está sentado tomando unas notas en un alto en el camino. Esas notas las tomaba en un cuaderno con tapas de hule negro del que apenas utilizó veinte páginas. Este hecho evidencia que hay más literatura que viaje en esta obra. Y más escritor que viajero, un escritor “cazador de iberismos”, como le calificó Ortega y Gasset, circunstancia que queda absolutamente corroborada en Viaje a la Alcarria pues en el relato se suceden usos, modos y costumbres plenamente carpetovetónicas, otra de las formas que el filósofo -y después el mismo Cela- utilizó para poner paisaje y nominar a la España central más profunda.
Cela no cuenta en su viaje que, ya en Guadalajara y antes de ponerse en camino hacia Taracena, visitó al gobernador civil de la provincia, Juan Casas, quien le expidió un salvoconducto para transitar con seguridad, al menos ante las fuerzas de orden público, o sea, la guardia civil, por las carreteras y caminos de la Alcarria. Por cierto, a la guardia civil la cita en diez ocasiones en el relato, siendo la tercera de ellas la conocida escena en la que dice que una pareja de guardias le pide los papeles en el empalme de Durón, cuando ya iba camino de Pareja. Después le acompañaron un tramo del camino según el relato, por espacio de una hora, hasta que el viajero prosiguió ya en solitario hasta el cruce de Chillarón, donde escribió que pasó la noche debajo de un espino. Pues bien, ni durmió al raso ni pudo conocer a los guardias Torremocha y Pérez, que así se apellidaban ambos números, el primero “viejo y bigotudo”, el segundo “joven, casi barbilindo”. Toquero y Barra, en su obra antes citada, documentaron que en 1946 no figuraron nunca en los estadillos y nóminas correspondientes dos guardias civiles con esos apellidos, y menos destinados en aquella zona alcarreña. Pérez es un apellido al que el escritor apela por ser frecuente, caso contrario de Torremocha, un apellido toponímico provincial (hay dos Torremochas, del Campo y del Pinar) al que recurre Cela para personalizar y dar verosimilitud a su ficción, como hizo en otros casos, entre ellos el ya visto de Armando Mondéjar. No todos los personajes con apellidos toponímicos guadalajareños de Viaje a la Alcarria son de ficción, pero algunos de ellos, sí. Eso no resta valor al relato, literariamente inmenso; simplemente, es una curiosidad, una intrahistoria que nos ayuda a conocer el método de trabajo de Cela, pero que no desvirtúa, ni mucho menos, su extraordinario resultado. Grandes literatos, críticos y filólogos han coincidido en señalar la calidad y trascendencia para la literatura universal de Viaje a la Alcarria, de ahí que haya sido traducido a más de 20 idiomas y se hayan editado alrededor de 11 millones de ejemplares de él, pese a ser un relato de un viaje a una pequeña y desconocida comarca española, desconocida incluso en la propia España. Américo Castro dijo que esta obra tenía “una alta calidad artística”, mientras que dos reconocidos premios Nobel, Gabriel García Márquez y José Saramago, la elogiaron de forma entusiasta; incluso el portugués reconoció públicamente que llegó a plantearse hacer y escribir un “Viaje a Portugal” inspirándose en el de Cela a la Alcarria.
Termino ya esta serie de dos entregas invitando a los lectores a que lean y/o relean Viaje a la Alcarria, no una, sino varias veces, como he hecho yo. Como el buen vino, mejora con el tiempo esta obra que tanto le gustó al propio Cela, hasta el punto de calificarla como la “más directa, sencilla e inmediata” que había escrito. Y con ella puso a esta vieja, árida y despoblada tierra en el mapamundi de la literatura. Como él mismo escribió y firmó en el libro de honor de la Diputación poco después de que le otorgaran el Nobel: Cela, siempre en la Alcarria.