22/09/2018 / 10:50
Luis Monje Ciruelo


Imagenes

Final de fiestas

Los jóvenes no deberíais necesitar el alcohol para reír sanamente. 


Lo siento por vosotros, peñistas, porque han terminado las fiestas y tenéis que volver a la rutina diaria del trabajo o del paro. En este caso, a la consciencia de que estáis inmersos en el paro juvenil, lo que, con el jaleo de las fiestas sin duda habías olvidado. Y si digo “¡Pobre de ti!” y no “¡Pobre de mí!”, que es lo que los pamplonicas y vosotros realmente cantáis al despedir los días de jolgorio, es por dos razones: una, porque en primera persona pensarían que soy yo quien lamenta que las fiestas hayan acabado, lo que desde hace muchos años, y menos en éste, nunca he entonado. Y otra, porque, lo he utilizado varias veces, y una más me crearía problemas de archivo en el ordenador. Escribir sobre el mismo tema, sin repetirse, podría ser todo un ejercicio literario si de verdad lo hiciese sin reiterar ningún concepto. Lo cierto es que la vida se repite  tanto en penas como en alegrías que no podemos inventarlas, aunque las segundas se improvisan con el botellón finisemanal, pese a que la Biblia dice que la fuerza de la juventud es su alegría. Los jóvenes no deberíais necesitar, por tanto, el alcohol para reír sanamente. Por eso los mayores no acabamos de comprender que recurráis a artificios. La única explicación podría estar en que para la alegría hace falta compañía, pero la pena se puede soportar a solas puede uno soportarla a solas Se han acabado las fiestas, es cierto, pero no vuestra juventud, que es, como afirma Rubén Darío, un divino tesoro. Entonad, por consiguiente, el ¡pobre de mí!, no porque os hayáis quedado sin motivos para reír, sino como un pretexto más para la broma y la chanza, ya que si queréis continuar la diversión no os faltarán todavía fiestas en los pueblos. En todo caso, a vuestra edad, que supongo joven, las penas os resbalan mientras que a los viejos se nos enredan como las cerezas. Es ley de vida, porque eso ha sucedido siempre. Y a todos os llegará el día, ya senectos, de exclamar, con Emilio Carrere (por lo menos pensar), ¿para qué quiero la vida/ si no tengo juventud? Pero no reflexionéis demasiado. No es lo vuestro. Aunque Calderón diga que quien vive sin pensar no puede decir que vive. ¡Claro que vive! Y además disfruta. En definitiva, vuelvo a lo mismo: cantad a voz en grito el ¡Pobre de mí!,  porque lo diréis siempre de labios afuera, como un leitmotiv más para exteriorizar la alegría que lleváis en la sangre. “Los potros de sangre que corren por vuestras venas”.


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