Guadalajara resplandece en Semana Santa


Hay semanas que quedan grabadas en la memoria colectiva de una ciudad. Esta lo ha sido. Guadalajara ha vivido una Semana Santa llena de emoción y participación.

Las calles del casco histórico se han llenado de silencio y de fervor y, nuestras vecinas y vecinos, han podido disfrutar de unos días especiales. Y ha sido posible porque hay personas que trabajan durante todo el año, con generosidad y vocación, para que nuestra ciudad esté a la altura de su gente.

La Semana Santa de Guadalajara no es solo un atractivo turístico para la ciudad. Es, ante todo, un acto de fe que cada año convoca a miles de personas en torno a imágenes, a pasos de procesión que desprenden una gran devoción popular y a melodías que detienen el tiempo. Quien haya estado presente en la procesión del Silencio y el Santo Entierro del Viernes Santo, cuando la ciudad entera parece contener la respiración bajo la oscuridad de la noche, sabe de qué estoy hablando. Quien haya visto el Cristo Resucitado iluminar las calles en el Domingo de Pascua, con la alegría desbordando cada rostro, comprende el significado que tienen estos días para la ciudad. Y podría continuar citando diferentes momentos que son dignos de admirar durante estos días y que merecen, sin dudarlo, un lugar destacado como las dos anteriores ya que, todos, en su conjunto, son los que dan verdadero sentido y valor a nuestra Semana Santa.

Detrás de cada uno de estos momentos hay hombres y mujeres que forman parte de nuestras siete cofradías y hermandades: la Cofradía de Nuestra Señora de los Dolores, la Hermandad del Santísimo Cristo del Amor y de la Paz, la Real Hermandad de Nuestra Señora de la Soledad, la Ilustre y Fervorosa Hermandad y Cofradía de Nazarenos de Nuestro Padre Jesús de la Salud y María Santísima de la Esperanza Macarena, la Cofradía del Cristo Yacente del Santo Sepulcro, la Cofradía de la Esclavitud de Nuestro Padre Jesús Nazareno y la Cofradía de la Pasión del Señor. A todos ellos, a sus juntas directivas, a sus hermanos mayores, a los costaleros y portadores, a quienes bordan, ensayan, organizan y velan: gracias. Guadalajara les debe buena parte de su identidad.

Mención especial merece la Junta de Cofradías de Semana Santa de la ciudad de Guadalajara y su presidente, Pepe González Vegas. Su esfuerzo ha sido determinante para aunar voluntades, coordinar una programación sin fisuras y proyectar hacia el exterior la imagen de una Semana Santa que crece en calidad y en emoción año tras año. 

No puedo dejar de referirme al papel de la Diócesis de Sigüenza-Guadalajara en todo esto. El obispo Julián Ruiz Martorell ha demostrado en todo momento su apoyo y compromiso con nuestra Semana Santa tanto en la capital como en el resto de la provincia. Su respaldo es un aliento constante para quienes hacen posible esta celebración, tanto para los fieles como para quienes disfrutan de ella como parte de su identidad cultural. Junto a él, el vicario general de la diócesis, Agustín Bugeda, ha contribuido a que la dimensión pastoral y espiritual de la Semana Santa no quedara en segundo plano ante el esplendor procesional.

La Semana Santa de Guadalajara ya es, sin discusión, una cita ineludible en el calendario de la capital. Lo es para los guadalajareños que la sentimos como propia y la vivimos con devoción desde dentro; lo es también para quienes llegan desde fuera atraídos por la singularidad de sus procesiones. El notable interés que despierta en la ciudadanía -y así lo ha reflejado la prensa local- es la mejor prueba de que el trabajo bien hecho tiene su recompensa.

Como alcalde que fui de esta ciudad y como ciudadano que la quiere profundamente, solo me queda felicitar a todos los que han hecho posible que este año Guadalajara brille más que nunca en Semana Santa. Y hacerlo con el deseo de que cada año supere a la anterior.