La industria que ‘vistió’ El Escorial y dio vida a un pueblo del Alto Tajo
El silencio que hoy reina en los montes de la provincia de Guadalajara se rompe con el eco de una industria olvidada. Durante más de tres siglos, la villa de El Recuenco, además de núcleo ganadero, era el corazón de una febril actividad vidriera.
Esta labor empleó a cientos de vecinos y surtió a la Farmacia Real . Sus piezas viajaron a lomos de mula hasta los rincones más lejanos de la Península.
Hubo un tiempo en el que la vida en El Recuenco no se medía solo por las cosechas, sino por el calor de los hornos y la fragilidad del cristal. Hoy, pasear por sus calles es un ejercicio de nostalgia, pero bajo el suelo descansan los restos de una industria del vidrio que fue el motor vital de la población entre los siglos XVI y XX. No era una actividad complementaria; era una forma de vida que transformó la demografía y la economía de Guadalajara.

Para entender el impacto humano, hay que imaginar a un pueblo entero volcado en la producción. Según recoge la investigadora María José Sánchez Moreno en su estudio sobre la fabricación del vidrio en El Recuenco, las fábricas llegaron a emplear a más de 50 personas por factoría en su momento de mayor esplendor.
La vida alrededor del horno
La estructura social giraba en torno a la jerarquía del vidrio. En la cúspide estaba el maestro, figura respetada y poseedora de los secretos de la mezcla; le seguían oficiales, aprendices y una legión de oficios auxiliares: veladores, barrilleros, leñadores y arrieros.
Hacia 1787, eran indispensables 54 personas para el funcionamiento de una sola fábrica. Esto supone que familias enteras dependían de que el horno no se apagara. Los vidrieros constituían una élite local que dinamizaba la economía de la provincia.
Pero el vidrio exigía un sacrificio: la necesidad de combustible para mantener los hornos a 1.200 grados provocó conflictos por la tala de montes. En 1553, los vecinos ya protestaban por la voracidad de los hornos de El Recuenco, Vindel y Alcantud, como señala el historiador Antonio Herrera Casado.
Orgullo de los sopleros: de la Villa a la Corte
Los vecinos, conocidos como sopleros o redomeros, no fabricaban solo para el consumo local. Sus piezas, de un característico color verde azulado o ámbar, alcanzaron las estancias más altas del Reino.

Luis Pérez Bueno, en Folklore y Costumbres de España, define la maestría de estos artesanos: "Con esas técnicas tan variadas pudo y supo elevar el artista vidriero un producto industrial de uso doméstico a categoría de arte suntuoso".
El impacto en el empleo se disparó cuando la Casa Real puso sus ojos en la villa. En el siglo XVI, los hornos de El Recuenco sirvieron más de 10.000 cuadros de vidrio para las ventanas del Monasterio de El Escorial. En el siglo XVIII, abastecieron a la Real Farmacia y al Hospital de Tavera.
La red comercial era inmensa. Los arrieros cargaban las mercancías en coles a lomos de caballerías hacia Madrid, Andalucía e incluso Portugal, según el estudio sobre el vidrio de Aache.
El fin de una era y la huella en la memoria
La industria, que llegó a producir 30.000 docenas de piezas, declinó por la competencia y la falta de materias primas. La estocada final fue la Primera Guerra Mundial, que impidió el abastecimiento de fundentes, obligando al cierre de la última fábrica en 1915.
El cierre inició la despoblación. Al desaparecer el motor económico, muchas familias emigraron. Sin embargo, la memoria oral persistió. Testimonios como el de Ángel Herranz, quien recordaba cómo al labrar aparecían restos de vidrio, confirman que el suelo de El Recuenco está sembrado de historia.
Hoy, las botellas con los signos de la Pasión son los testigos mudos de unas manos que durante siglos soplaron vida al fuego para cristalizar su futuro en la Alcarria.