09/02/2021 / 20:23
Davara


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La primera guía turística de Guadalajara y Sigüenza (II)

Publicada en el año 1885 por el comandante de Infantería Emilio Valverde y Álvarez

Si no pudiste leer la primera parte de este artículo, aquí te dejamos el enlace.

La primera guía turística de Guadalajara y Sigüenza (I)

 


Viejos libros, viejas crónicas. Recuperamos la memoria de la primera guía turística de las tierras de Guadalajara, publicada en el año 1885, notable obra del comandante de Infantería Emilio Valverde y Álvarez (1848-1894), acreditado geógrafo, minucioso investigador y dibujante de fama. Un libro de pequeño formato, por nombre Plano y guía del viajero por Alcalá de Henares, Guadalajara y Sigüenza, ilustrado con croquis y fotografías, que ofrecía a los viajeros de la época, con puntualidad y esmero, la más variada información sobre estas históricas y antiguas poblaciones. Ya que hemos glosado lo escrito por Valverde sobre Guadalajara, quedémonos ahora en la Sigüenza de los últimos decenios del siglo XIX. 

En aquellos tiempos finiseculares, la ciudad de Sigüenza era la capital diocesana y económica de una amplia comarca, agrícola y ganadera, cuyos límites abarcaban desde Almazán y Arcos de Jalón, en la provincia de Soria, y los confines de Ayllón, en Segovia, hasta Brihuega y Jadraque en predios alcarreños. Un mercado semanal y dos ferias anuales acomodaban el discurrir de las actividades comerciales. El caserío seguntino, donde moraban más de cuatro mil habitantes, mostraba un marcado carácter urbano, afianzado gracias al impulso económico, logrado con la inauguración del ferrocarril en el año 1862. La línea férrea, entre Madrid, Guadalajara y Zaragoza, trazada por el valle del Henares, agilizaba las comunicaciones con desusada rapidez y comodidad, acortando los desplazamientos de viajeros y mercancías. La modernidad del ferrocarril abría paso a un balbuciente turismo. Las guías de viaje, como la que ahora recordamos, se hacían necesarias. 

 

Consejos y advertencias

Emilio Valverde, antes de cualquier observación, con escueta y apretada prosa, propone a viajeros y turistas visitar Sigüenza, sin apresuramientos, a lo largo de dos jornadas. Con tal fin, deberán salir de Madrid, a las siete de la mañana, en un primer tren, que llega a la ciudad mitrada más allá del mediodía, tras cinco horas y media de viaje. Tendrán que regresar, al día siguiente, en el tren proveniente de Zaragoza, que pasa por la estación seguntina a las cuatro de la tarde, y así poder recalar en Madrid a las nueve y media de la noche. El importe de los billetes está fijado en 16 pesetas, en primera clase; 12,50, en segunda clase y 8 pesetas, en tercera. Al tiempo, les notifica qué en Sigüenza podrán disponer, si lo desean, de un servicio de coches de línea, movidos por caballerías, con destino a Molina de Aragón, Atienza, Burgo de Osma, Soria o Teruel, con paradas intermedias en pueblos y aldeas. Para un mejor alojamiento el escritor recomienda dirigirse a las casas de huéspedes de Isidra Labrador, de Baltasara Huerta o de Josefa Lorrio. Y con urgente exactitud, concluye: “Se come al llegar y, para visitar la población, se empieza a utilizar la tarde del primer día y la mañana del siguiente”. No hay resquicio para duda alguna. 

La contemplación de la imagen urbana de Sigüenza, armoniosa y simbólica, grandioso fruto de una historia de siglos, atrapa la atención del detallista escritor: “Se halla cimentada esta ciudad sobre un collado circular, a manera de anfiteatro, cuyas laderas dominan, descendiendo hasta el río Henares, y cercada en parte con vestigios de antiguas murallas y flanqueada por sólidos y gruesos torreones. En la parte más alta, allí donde las calles se convierten en ásperas cuestas, se eleva el antiguo alcázar, palacio de los obispos, verdadera fortaleza rodeada de alzados muros y flanqueada también por recios torreones fabricados sobre enhiestas rocas”. Una magna edificación, “sin nada notable en su interior”, que solo conserva en “buen estado aquellos salones y habitaciones que se utilizan para viviendas y oficinas de la diócesis”.

Las calles y plazas seguntinas, agrupadas en torno a la silueta gótica de la catedral, y otros curiosos rincones, adornan la singular geografía de la ciudad. Entre ellas, la calle “Mayor, la de Guadalajara, la de Travesaña, que es estrecha y con mal piso, pero muy animada por reunir en ella gran parte de los mejores comercios, y las de Medina, Seminario y San Roque. La plaza más notable es la Mayor, espaciosa y con soportales que cubren el paseo de invierno, cerrada por la casa consistorial en su frente y la catedral en otro, que tiene una hermosa fuente”. Son dignos de ver “el antiguo acueducto” –llamado los Arcos Nuevos, levantado en el siglo XVII sobre las ruinas de otro anterior, que traía el agua desde las fuentes del pinar– y “el paseo de la Alameda, con buen arbolado y plantaciones”.  

La catedral de Sigüenza, centro y corazón de la ciudad, cobra un importante protagonismo en el decir de Emilio Valverde. Leamos: “La catedral, magnífica exterior e interiormente, es un edificio gótico de muchísima solidez, construido en piedra de sillería. Su fachada principal luce tres puertas precedidas de un espacioso atrio enverjado con columnas de mármol y sobre ellas figuras diversas. A los costados de la fachada se elevan dos torres, de unos cuarenta metros de altura, teniendo una de ellas un buen reloj, comunicándose las dos con un corredor con antepecho de mármol”. 

En el amplio y luminoso interior del templo, “del mismo estilo gótico”, sobresalen el altar Mayor, el retablo y capilla de Santa Librada, “patrona de la ciudad, en donde se veneran sus reliquias” y la capilla de Santa Catalina. Detrás del coro, “situado en el centro de la iglesia”, se halla “el suntuoso altar de la Virgen de la Mayor, de jaspes negros y rojos, y por el crucero se comunica con el hermoso claustro, de estilo gótico florido, con menudos y exquisitos calados en todas sus ventanas, cubiertas por cristales”. Asimismo, erudito militar revela a sus lectores la existencia otros edificios religiosos: “La parroquia de San Pedro, que se comunica con la catedral, la de Santa María, situada en la parte baja de la población, y la de San Vicente”, y cuatro conventos: “dos de monjas, uno de franciscanos y otro de ursulinas, dedicado a la enseñanza”. 

La pionera publicación señala, con cumplido celo, las numerosas instituciones educativas y benéficas de la Sigüenza decimonónica: Los seminarios conciliar y menor, un colegio de segunda enseñanza, dirigido por religiosos paúles, el colegio de San Antonio, “que en otro tiempo fue notable universidad”, y el de San Martin. A ellos se suman una escuela elemental, “sostenida por el municipio y ubicada en el ayuntamiento”, otro colegio para los niños del coro de la catedral, en el palacio de Infantes, y cinco más regidos por particulares, sin olvidar al hospital, civil y militar, que “tiene cuna de niños expósitos, en la que se les da lactancia y educación y se les enseña un oficio”, el hospicio y el antiguo cuartel de milicias, situado a espaldas de la calle de san Roque”. 

Los ultimas referencias de la guía de Emilio Valverde da cuenta de las industrias establecidas en Sigüenza: “Una fábrica de gaseosas, dos de curtidos, dos de chocolates, una de harina, cinco molinos harineros, dos fábricas de hilados de lana, una de tejidos e hilados, otra de jabón, las antiguas salinas de Imón y de la Olmeda, cuatro fábricas de teja y un horno de yeso”. Viejos recuerdos de lejanos tiempos.  

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Javier Davara es profesor Emérito de la Universidad Complutense de Madrid. 


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