Las nueve paradas del Camino de los Tratantes que evocan un pasado que mantiene sus huellas

15/11/2025 - 11:15 FCV

Al despuntar el día, el viento frío del altiplano de Guadalajara mece sabinas y peñas, dibujando sombras sobre el paisaje que antaño fue un hervidero de recuas. Siguiendo las huellas de los tratantes muleteros de Maranchón, cada sendero revela historias de hombres que transportaban mercancías y sueños, construyendo una red comercial que unía pueblos y provincias.

FOTO: CAMINO DEL CID

1. Maranchón: donde todo comenzó

El paseo arranca por las calles empedradas de Maranchón, epicentro histórico del comercio mular. En sus plazas y soportales se respira la memoria de un pueblo que creció gracias a las mulas y a los hombres que las conducían. Según estudios académicos, durante el siglo XIX Maranchón levantó el “mayor número de edificios significativos” impulsado por el auge de la muletería (Dialnet). Caminar por aquí es imaginar a los tratantes cargando recuas al amanecer, intercambiando contratos y preparando viajes que los llevarían por toda España.

2. La plaza de Benigno

Entre todos los muleteros, destaca Benigno Bueno Gaitán, nacido en Maranchón en 1865. Sus pasos resuenan en la plaza central, donde planificaba rutas y cerraba acuerdos. Según Nueva Alcarria, “de Maranchón salían los hombres que recorrían la España agrícola … con sus reatas de mulas”. Su negocio superaba las fronteras locales: llegaba hasta Huesca, La Rioja o Madrid, e incluso exportaba mulas al extranjero. La plaza parece aún guardar el eco de sus pasos y el murmullo de los tratos cerrados al amanecer.

3. Fuente de los muleteros

A unos metros, la fuente del pueblo servía de punto estratégico para las recuas. Aquí las mulas bebían y los hombres revisaban cargas antes de iniciar largas jornadas. Cada charco y cada piedra es testigo de la logística y la disciplina necesarias para recorrer rutas que podían durar semanas.

4. Cerro de la Reata

Al alejarse del casco urbano, el Cerro de la Reata ofrece una vista panorámica de los valles y caminos que los tratantes debían recorrer. Desde allí, planificaban rutas, vigilaban posibles peligros y aseguraban la integridad de su carga. La palabra de un maranchonero era su garantía: un compromiso que valía más que el oro (elDiario.es).

5. Barranco del Molino

Más adelante, los barrancos y arroyos recuerdan la dureza del oficio. Terrenos abruptos y noches frías exigían resistencia. Y no todos los viajes eran seguros: en 1893, un joven muletero apareció muerto en una de estas rutas, un episodio trágico que documenta Tomás Gismera en Maranchón: El Crimen de los Muleteros (Iberlibro). La vida en el camino combinaba comercio, riesgo y rivalidades.

6. Piqueras: parada de reposo

El camino se suaviza al llegar a Piqueras, donde los muleteros encontraban agua, alimento para las recuas y un lugar para reorganizarse. Este descanso estratégico permitía que las mulas recuperaran fuerzas y que los tratados revisaran contratos antes de continuar hacia Molina de Aragón.

 

7. Molina de Aragón: plazas y castillo

Al llegar a Molina de Aragón, las recuas encontraban seguridad en la Plaza Mayor y en el Castillo-Alcázar. Aquí se cerraban tratos, se protegían mercancías y se consolidaban redes de comercio. Caminar por sus calles permite sentir la centralidad que este lugar tuvo en la historia de los muleteros y su influencia económica en la región (encastillalamancha.es).

8. Collado de los Robles

Más allá, el Collado de los Robles ofrece la perspectiva de los valles que llevaban a Teruel. Desde aquí, los muleteros podían anticipar riesgos, seleccionar atajos y mantener comunicación con otros pueblos. Este alto simboliza la vigilancia y la estrategia constante que exigía el oficio.

9. Teruel: llegada y legado

Finalmente, la ruta desemboca en Teruel, destino de muchas recuas. Cada plaza y calle conserva la memoria de los tratos, las mulas y las historias humanas que los acompañaban. Aquí, entre relatos de éxito como el de Benigno Bueno y tragedias como la del joven muletero, se percibe la riqueza cultural y la dureza de un oficio que marcó generaciones.