05/08/2020 / 22:23
Tomás Gismera / Historiador


Imagenes

Las señoras de Palazuelos

El Señorío de Palazuelos se creó para una mujer


Hubo un tiempo, por extraño que nos parezca, en el que algunas mujeres fueron señoras de nuestros pueblos, villas o aldeas. No como simples amas de casa, sino ostentando los títulos nobiliarios que, por lo general, llevaron los hombres. Aunque en ellas no pudieran hacer mucho.

Quizá nuestra tierra de Guadalajara, y una parte de la antigua tierra de Atienza se lleven la palma a la hora de desplegar la hidalguía de quienes, desde los remotos años del siglo XIII o XIV, presencial o a través de sus alcaides u hombres de confianza, gobernaron muchos de los hoy conocidos pueblos de este rincón guadalajareño que se asoma a la despoblada tierra de los castillos, pues unos cuantos son los que se levantan  a la espera de su reconstrucción.

Mencía Fernández, hija de Íñigo López de Orozco, fue Señora de Galve; Marina de Tovar lo fue de Cobeta y Torrecilla –hoy del ducado-; Ana de la Cerda, de Miedes y Mandayona; Mencía y María de Mendoza lo fueron de Jadraque; y unas cuantas princesas, antes de ser reinas, ostentaron el Señorío de Atienza como emblema de una parte de la vieja Castilla.

Pero si hay una población en la que las mujeres pasaron por encima de los hombres, población a la que engrandecieron con sus títulos, esta fue la hidalga y amurallada villa de Palazuelos, que se nos muestra, todavía con las melladuras del tiempo de los linajudos escudos, a la vera del camino que conduce de Atienza a Sigüenza, o al revés. A un paso de la que fuese señorial torre de Séñigo, cuyas piedras hoy se amontonan bajo la arboleda que las oculta. Desdicha de los siglos presentes que dejó arruinar un emblema en la comarca.

Nadie ha sido capaz de cifrar la antigüedad de la hermosa y señorial villa de Palazuelos, cuyos orígenes han de remontarse, si hacemos caso a los descubrimientos que por allá se llevaron a cabo cuando el siglo XX comenzaba a mocear, a los albores de una prehistoria que nos habla de íberos, celtíberos y tribus afines.  Uno de los hijos de este hidalgo pueblo que hoy se adormece al canturreo de la historia, Justo Juberías, indagó por el cerro de la Horca en los orígenes de los primeros pobladores conocidos, junto a alguno de los sonoros nombres de la arqueología patria.

 

En el cerro de la Horca, de Palazuelos, investigó Justo Juberías una de las primeras necrópolis ibéricas de la comarca.

Su castillo y sus murallas, emblema hoy de lo que fue ayer, se remontan a los siglos XIII o XIV o XV. Las obras, por aquellos remotos tiempos, se prolongaban a lo largo de los años sin tasa ni medida. Lo que uno levantó otro lo trató de mejorar, y así se fueron pasando los apellidos, desde que alguno de aquellos caballeros desconocidos puso la primera piedra hasta que algún rey, en nombre de la reina Juana I, ordenó al corregidor de Atienza, don Álvaro del Espinar lo era en ese tiempo, que mirase a ver lo que don Diego Carrillo, conde de Priego y marido de una de las señoras de la villa, doña Guiomar de Mendoza, andaba haciendo. Puesto que estaba levantando en el castillo más torres, y más altas, de lo que las leyes de Castilla permitían. Decía la reina, por boca de sus regentes, que en el dicho Palazuelos: hedefica e fase el dicho conde una fortalesa con muchas torres e cubos en barrera e torre del omenaje sin mi liçençia e mandado la qual diz que se yntentó a faser en algunos tienpos pasados e diz que por ser en mucho perjuisio de las dichas salinas e del mi patrimonio real fue mandado que no se hisiese…

Y como se hizo, lo que hoy señalaríamos como construcción ilegal, amenazante de las posesiones reales, la reina mandó derribar todo aquello cuando corría el año de gracia de 1508, devolviendo el castillo al estado en el que el de Priego lo encontró siendo, seguramente y con alguna extraña reforma de los siglos últimos, lo que hoy conocemos. Todo indica, resulto de la orden de la reina, que el castillo lo comenzó a levantar años atrás, o al menos a darle la forma hoy conocida, el suegro de don Diego Carrillo, nuestro amigo don Pedro Hurtado de Mendoza, adelantado de Cazorla, quien, junto a su mujer, doña Juana de Valencia, durmieron el sueño de los justos en labrada piedra de hermoso monumento funerario, destruido por la incultura de una guerra, en la iglesia guadalajareña de San Ginés. 

 

Todavía, sobre las puertas de la villa, se muestran los emblemas de doña Juana de Valencia y del Adelantado de Cazorla.

Doña Guiomar heredó a don Pedro Hurtado y a doña Juana de Valencia. Los escudos de ambos, don Pedro y doña Juana, campean todavía sobre alguna de las puertas de la villa. 

A doña Guiomar la casaron con el dicho conde de Priego, y a ambos debía de heredar don Luis Carrillo de Mendoza, quien igualmente sería IV conde de Priego, pero este murió sin descendencia, por lo que pasaron sus títulos y haciendas a su mujer, Beatriz de Valencia, quien tampoco dejó herederos directos, de manera que pasó Palazuelos, tras largo y farragoso pleito, a don Diego Hurtado de Mendoza, el flamante hijo de nuestro cardenal don Pedro González de Mendoza, de quien llegó al ducado del Infantado. Y todo porque doña Catalina, hermana de doña Guiomar, hijas ambas de don Pedro el Adelantado de Cazorla, se negó a casarse con su primo Diego, ingresando en un convento. El despecho de la prima, al final, terminó dando la propiedad de Palazuelos a los herederos del primer conde de Mélito, entrado que estaba ya el siglo XVI.

Para que esto sucediera, antes pasó Palazuelos por la mano de doña Mayor Guillén de Guzmán, la mujer que está en los orígenes de que fuesen ellas, por encima de ellos, quienes gobernasen la villa. 

Doña Mayor, de quien cuentan pudo ser reina de Castilla, por sus amores con quien sería rey, el mozo don Alfonso X el Sabio quien tuvo tiempo, además de para escribir sesudos tomos de leyes y caza, de gobernar sus reinos y alternar en cien batallas;  de librar la de algunos amoríos, entre ellos, el de doña Mayor, a quien en pago de sus arrumacos hizo señora de Palazuelos, Salmerón, Valdeolivas, Alcocer, Azañón, Valdesangra…

Del pecado de doña Mayor y don Alfonso nació doña Beatriz, a quien casó el rey de Castilla con el rey de Portugal, reino del que doña Mayor procedía.

Por supuesto, el señorío de Palazuelos que el rey Sabio entregó a doña Mayor pasó a su muerte, en Alcocer y su monasterio por ella fundado, a doña Beatriz de Castilla quien ostentó, junto a la corona como consorte de su reino, el señorío de Palazuelos.

 

En Palazuelos alzaron sus señoras la picota, símbolo de su villazgo.

La escultura funeraria de la primera señora de Palazuelos, doña Mayor, fue una de esas piezas del arte que han de figurar por los siglos de los siglos en las salas de los museos para admiración de los pasados y venideros. La incultura guerrera que destruyó las de sus descendientes, el adelantado de Cazorla y su mujer, también hizo que desapareciese la de doña Mayor Guillén. 

No debió de tener mucha intervención en la villa doña Mayor, como tampoco la debió de ejercer, por la distancia, su hija doña Beatriz de Castilla, señora de Palazuelos y reina de Portugal, de quien pasó nuestra amurallada población a una nueva dama, doña Blanca de Castilla, hija doña Beatriz y nieta del rey Sabio.

Doña Blanca decidió, como su abuela, apartarse del mundo y sus ruidos, e ingresar en un convento. Lo hizo en Burgos, en Santa María la Real, al que legó sus bienes y hacienda, tras vender alguna de sus posesiones, entre ellas Palazuelos, al prototipo caballeresco medieval, don Juan Manuel, hijo del infante don Manuel. Dueño y señor de una gran parte de la hoy provincia de Guadalajara, y de los reinos de Castilla. Hombre que pudo atravesar el reino de uno a otro extremo, dedicando en el viaje ocho o diez jornadas haciendo noche, cada una, en un castillo diferente y siempre de su propiedad. Su hija, doña Juana Manuel, lo heredó por estos señoríos y fue señora de Palazuelos, y vendió Palazuelos a don Pedro Hurtado de Mendoza, el de Aljubarrota.  De don Pedro llegó a su hijo, don Diego, a quien casaron con María Enríquez, de quienes, tras no pocos avatares, pasó a don Íñigo López de Mendoza, nuestro conocido Marqués de Santillana, del marqués, a don Pedro, el Adelantado de Cazorla, y de su mujer doña Juana de Valencia, en cuyo matrimonio se cierra el círculo que comenzamos al inicio.

Y es que, en ocasiones, la historia se nos muestra, más que como la realidad del día a día, como el guion de una novela. Con mucha historia. Como la de Palazuelos, y sus señoras.

El apasionante, y tan embrolloso en ocasiones, mundo de la historia.
    


 


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