25/09/2019 / 21:01
Tomás Gismera


Imagenes

Las troyanas de Atienza (I)

Hace casi 50 años, en Atienza se reunieron grandes estrellas de Hollywood para rodar la película de mayor presupuesto que se había hecho hasta la fecha en Europa.


El 31 de agosto de 1970 dio comienzo en Atienza, de manera oficial, el rodaje de una de las grandes películas del cine mundial. La cinta es una trama teatral y habla de una guerra, la de Troya. Por aquellos días de 1970, ahora comienza a celebrarse el cincuenta cumpleaños, en Atienza se rodaba la película ´Las Troyanas´, basada en la tragedia de Eurípides, según la versión de Jean Paul Sartre y dirigida por un griego, Michael Cacoyannis a quien el éxito acompañaba desde que rodó su ´Zorba el Griego´ unos años atrás. Claro está que ´Zorba el Griego´ se rodó en Grecia, donde debía de haberse rodado la película ´Las Troyanas´.

   El golpe de Estado allí conocido como De los Coroneles, privó a Cacoyannis de regresar a su país, en el  que tenía orden de prisión, al no comulgar con las ideas políticas de aquellos; y concedió a este pueblo de la geografía provincial, Atienza, el honor de convertirse en una Troya imaginaria. Una Troya que los encargados de buscar exteriores naturales no encontraron ni en África ni en Europa, continentes en los que fijaron su mirada; hasta que llegaron a Atienza. Curiosamente, aunque es mucho lo que conocemos en torno al rodaje, desconocemos de quién surgió la idea de rodar aquí.

   Por supuesto, rodar hace cincuenta años una película de las características de ´Las Troyanas´, nada tiene que ver con los rodajes actuales, en los que los medios digitales ahorran tiempo y dinero. Entonces todo era a base de ciencia, manos y mucho personal. La producción de la película dejó cifras fabulosas para su tiempo, desde los 2.000 millones de pesetas –una auténtica barbaridad para aquellos años-, en que se cifró el presupuesto de rodaje; a los cerca de doscientos técnicos de producción: más de un centenar de intérpretes, entre principales y secundarios, y cerca de dos centenares de “extras”, o personal de figuración, como hoy se diría.

 

   Reuniendo, por si lo anterior fuera poco, a cuatro  de las mujeres que entonces gozaban de mayor caché cinematográfico, con Katherine Hepburn a la cabeza; junto a ella, Vanessa Redgrave, Irene Papas o Geneviève Bujold. La Hepburn acababa de conseguir su tercer “Oscar”; la Bujold a punto estuvo de lograrlo el año anterior por su interpretación de Ana Bolena; Irene Papas era una estrella mundial desde lo de Zorba el Griego, y Vanessa Redgrave la inglesa más internacional. Junto a ellas, actores de la talla de Brian Blessed, triunfando entonces en las series de la BBC como el mosquetero Porthos; o Patrick Magee, de quien se decía que la mayoría de los papeles masculinos escritos por Shakespeare, parecían estar pensados para ser interpretados por él.

   Incluso la música, compuesta por Mikis Theodorakis llevaba el sello de la fama, tanto por venir Theodorakis de recibir los éxitos de la composición de Zorba, como por ser un perseguido político griego, como tantos otros.

   Algo llamaría la atención tiempo después, y fue el hecho de que se autorizase el rodaje de la película en España. Una película que, de alguna manera, por su anti belicismo y crítica social, no había de dejar en buen lugar a cualquier régimen militar. De ahí que después de rodarse no se pudiera ver en España hasta muchos años después.

   El Ayuntamiento de Atienza se convirtió, de alguna manera, en colaborador necesario de la sociedad fundada para llevar a cabo el rodaje, una sociedad con capital americano, francés, italiano e inglés, la Shaftel Insurance, representada en España por quien más tarde sería una de las principales figuras de la cinematografía española, Francisco Lara Polop, quien se encargó de las principales gestiones, ante todo con el Ayuntamiento de Atienza y con el entonces Ministerio de Información y Turismo, ya que a través de él y de la Comisaría del Patrimonio Artístico Nacional de la Dirección General de Bellas Artes tuvieron que gestionarse las licencias necesarias para rodar en el entorno del castillo y murallas atencinas. Pues si bien el principal monumento de la villa no iba a ser alterado en lo más mínimo, sí que fue preciso llevar a cabo movimientos de tierra, construcción de alguna especie de templo griego e incluso convertir las cuestudas tierras de Santa María del Val en campamento aqueo. Las autorizaciones se dieron, con la obligación por parte de los responsables de la cinta de que, una vez concluido el rodaje, todo volvería a su estado original; siendo obligados, para asegurar que cumplirían su palabra, a hacer un fuerte depósito monetario ante aquella Comisaría.

 

   Echar hoy una mirada a toda aquella documentación que se movió en torno a la Película del Castillo, como la definió el Ayuntamiento de Atienza es echar una especie de mirada a aquella otra cinta en la que Luis García Berlanga nos pintó la España que esperaba el milagro americano de Bienvenido Míster Marshall; en Atienza, al revés.

   Desde el mes de mayo de 1970 en Atienza se echaron bandos para que los atencinos ofreciesen a los americanos lo que los americanos precisasen: desde los rodillos de la era, para simular columnas griegas; a habitaciones con cama, y orinal bajo la mesilla de noche, en las que alojarse.

   El elenco de la película desembarcó en Madrid en el mes de julio, tomando casi para ellos solos uno de los mejores y más lujosos hoteles de la capital, el Eurobuilding, inaugurado por aquellos días. En la habitación 614, la de Michael Cacoyannis, se centraban las operaciones. Y en Atienza, para aquellas más de doscientas personas se brindaron, ante el Ayuntamiento, para darles alojamiento en 33 habitaciones con 48 camas, 33 vecinos. Por supuesto, la mayoría de las habitaciones compartidas y sin aseo; hacía muy pocos meses que Atienza contaba con agua corriente en las casas.

   La mayoría de los integrantes de la producción se alojaron en Sigüenza, donde coparon todos los hostales; algunos más iban y venían a diario de Madrid a Atienza; para el director de la cinta y los principales intérpretes se habilitaron las casas seguntinas del conde de Romanones y del marques de Santo Floro, y para la gran estrella, Katharine Hepburn se alquiló en Atienza, a precio fabuloso, la casa de más reciente construcción.

   Claro está, también se solicitaron mujeres, principalmente mujeres, para trabajar en la obra. Fue lo que  más trabajo costó. Las atencinas de aquellos tiempos, o los atencinos de aquellos tiempos, no veían con los mismos ojos que hoy lo hacemos aquello del cine. Aun así, se apuntaron provisionalmente, para trabajar en la  película, 117 mujeres, de las que finalmente tuvieron papel alrededor de 50; y alrededor de 30 hombres pretendieron hacerlo, incluso el tio León, a sus 87 años de edad; además de un gran número de chiquillos.

   A aquellas 50 mujeres de Atienza, por insuficientes, tuvieron que añadirse otras tantas más de los pueblos de alrededor, y de Sigüenza. La productora tuvo que recurrir a la contratación de la mayoría de los autocares de la empresa alcarreña de Ricardo García Tejedor para recoger a aquellas actrices de figuración a las que en la cinta tan sólo se las veían los ojos.

   Hasta el mes de noviembre duró aquella especie de mundo cinematográfico en el que Atienza se convirtió. Un mundo que empezó con calores, terminó con nieves y cambió el entorno. Del cerro desaparecieron los antiguos postes de la luz, y los grajos, que fueron expulsados de sus nidales a pedradas. Su graznido obstaculizaba el rodaje, que se llevaba a cabo con sonido directo.

 

   Tras el The End, puesto el mes de noviembre, para Atienza quedó el recuerdo y posteriormente el olvido. Ahora, a punto de cumplirse los cincuenta años del rodaje un libro: Las Troyanas de Atienza. Cuando Atienza se convirtió en Troya, rescata toda aquella aventura, la del rodaje de una película que se pudo ver, casi a escondidas, por vez primera, en Torremolinos, en el mes de octubre de 1971; y que se ha convertido en película de culto, una especie de obra maestra del cine mundial.

   También se descubre alguna actuación, un tanto discutible, del atencino alcalde de la época. Por vez primera conocemos que, impresionada Katharine Hepburn de la pobreza de la Atienza de aquel tiempo, y encariñada con los chiquillos de la villa, se ofreció para construirles, ¡nada menos!, que una nueva escuela, ofreciendo para ello un puñado de miles de dólares. Las niñas ya la tenían. 

   Pero esa historia da para otra película, la del enamoramiento de Katharine Hepburn de una pequeña localidad de Guadalajara, de nombre Atienza, en la que se quiso quedar a vivir. (Continuará).


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