Personajes animalescos en nuestro folklore
Nuestras gentes se disfrazan en algunos ritos o se transforman en ciertos relatos legendarios, adoptando actitudes y aspectos animalescos.
Se habla últimamente del fenómeno “therian”, de las concentraciones de jóvenes que se identifican psicológica y físicamente con algún animal distinto de los humanos y lo imitan, se ponen máscaras, andan a cuatro patas, ladran o rugen, si es el caso, etc. Las redes sociales les sirven de vehículo para sus quedadas y para su difusión. No entraré, en juicios de valor, pero si aprovecharé la circunstancia para traer a colación algunos elementos de nuestro folklore que podrían relacionarse con el tema.
LAS BOTARGAS.- Lo primero que se me viene a la mente son algunas imágenes de nuestras botargas. Ya hemos hablado con frecuencia de la complejidad de estos personajes. Los o las botargas -que de las dos formas se conocen en nuestra tierra- han ido configurándose, a lo largo de la historia, con elementos culturales muy variados; cada momento ha ido dejando su poso en su esencia, en su comportamiento, en su papel en los ritos, en su aspecto. Definir a las botargas, en general, es complicado. Cada botarga o zarragón tiene rasgos más o menos comunes y otros que los diferencian de los demás. Muchas botargas comparten la existencia de rasgos y elementos animalescos: si nos fijamos en su aspecto físico y empezamos por la cabeza, observamos que muchas de ellas (Arbancón, Beleña…) tienen una máscara animal, frecuentemente caprina, con sus cuernos, larga lengua y barbas, tal y como las realizaba el caratulero Hermenegildo Alonso que también fabricaba sus cachiporras con cabezas de animales –cerdo, cabra-. Otras también llevan máscaras animales o diablescas –Yélamos de Abajo, Peñalver…-, a veces adquiridas directamente en los comercios.
Otro elemento que nos acerca a su “animalidad” son los cencerros, campanillas y cascabeles, que llevan cruzados en el pecho y espalda (Robledillo, infantil) o habitualmente a la cintura (Alarilla, Arbancón, Valdenuño, etc.). Son más contadas las que llevan algún tipo de rabo o higa (infantil de Robledillo, Yélamos de Abajo, Retiendas, Beleña, etc.); algunas llevan cosidos a su uniforme distintas siluetas de animales – infantil de Robledillo o Hita-. Aparte de por su aspecto, algunas botargas también manifiestan aspectos animalescos en sus gestos: cabriolas, gritos o el revolcarse por las cenizas y el barro.
Botarga de Jueves Santo. Yélamos de Abajo. Foto: José Antonio Alonso.
CORNÚPETAS DE CARNAVAL, TOROS DE FUEGO Y DIABLOS.- Pero hay otros personajes de nuestro folklore que llevan lo animalesco hasta en el nombre. Se trata de las “vaquillas” de carnaval, que, según vamos conociendo, estuvieron extendidas por gran parte de nuestra geografía y que, poco a poco, van siendo “recuperadas”. En este caso, se trata de seres diferenciados de las botargas, aunque últimamente comparten espacios y ritos urbanos; son personajes claramente carnavalescos que salen para asustar y perseguir a los transeúntes. El disfraz más generalizado es el de individuos con la cara tapada, que portan sobre los hombros unas amugas o “jamugas”, apero agrario éste que, atado sobre las costillas del ganado mular, servía para cargar sobre él los haces de los cereales y otros productos. En la parte delantera llevan colocados dos cuernos y en la parte trasera, o en la cintura, se cuelgan cencerros de variado tamaño, que hacen sonar al moverse. En este caso su comportamiento es claramente animal, pues intentan “topar” con sus cuernos a los transeúntes, imitando a los auténticos cornúpetas. Su disfraz se suele completar con una tela negra o paño rojo, en el caso de los “vaquillones” de Villares de Jadraque; en esta localidad, al disfraz se le añade una especie de chiflo con membrana que los serranos se colocan en la boca para disimular su voz y que no se les reconozca.
En nuestra provincia, dentro de las vaquillas y vaquillones, hay también sus diferencias apreciables, según las zonas y las localidades. La mayor parte de estos personajes son figuras individuales, van cubiertos y con la cara tapada, llevan los cuernos en la parte delantera de sus amugas, y cencerros colgados de las mismas. Pero hay vaquillas que se salen de este modelo, como las de Membrillera, que visten sayas o la de Riba de Saelices, de mayor tamaño, que es portada por dos individuos. En algunas localidades de la zona serrana lindera con Madrid, en vez de amugas debieron usar las varillas de cerner para montar su estructura. Lo curioso del tema es que la mayor parte de ellas se nombran en femenino, aunque también en esto hay excepciones como el “toro de carnaval” de Romanones o los citados “vaquillones” de Villares. Los famosos toros de fuego, de nuestra capital, también podrían considerarse, en cierto sentido, personajes animalescos del folklore provincial.
También algunos “diablos” de nuestra tradición pueden llevar cuernos; este sería el caso de los de Luzón; el de Setiles, además, lleva también rabo, adoptando esa original figura animalesca.
Vaquillones. Villares de Jadraque. Foto: José Antonio Alonso.
ZORROS Y OSOS.- Otro animal que debió estar presente en nuestro folklore carnavalesco es el zorro, de ahí, tal vez, el nombre de ”zorramango” y el desaparecido “zarrón” atencino, del que nos dejó memoria, como de tantas cosas, Tomás Gismera. Algún oso (Valdepeñas de la Sierra) se une también al listado de los animales representados en nuestras comitivas festeras.
EL HOMBRE LOBO.- Para terminar tenemos que recordar otra figura, en este caso ya no se trataría de imitación, sino de un ejemplo de transformación legendaria. Me refiero a la figura del hombre-lobo, tan abundante fuera de las fronteras provinciales y que yo también escuché narrar a mi madre como un suceso ocurrido en nuestro Robledo natal. En resumen, la narración alude a una mujer que iba a llevar la comida a su marido que estaba trabajando en el campo y, en el camino, se encontró con un lobo que la atacó. Como pudo se liberó de él –se “zafó” de él, decía mi madre- y se fue corriendo hasta donde estaba el marido, pero, al comer éste, se dio cuenta de que llevaba entre los dientes parte de la media que le había arrancado el lobo en el forcejeo, con lo cual se percibió de que su conyuge era el mismo lobo que la había atacado; disimulando se volvió al pueblo y contó lo sucedido. Después el marido regresó a Robledo y pidió confesión al cura, pero este le dijo que él no confesaba a lobos.
Vaquilla. Carnaval de Miedes. Foto: José Antonio Alonso.
Aquella leyenda la publiqué con el título de “El lobo hechicero”, en 1999, en el nº. 224, de la “Revista de Folklore”, que dirige Joaquín Díaz y está accesible en este enlace: https://www.academia.edu/82661913/El_lobo_hechicero.