El Cenizón se corona en Jueves Santo en Yélamos de Abajo

03/04/2026 - 10:19 Ricardo Villar

Lejos quedan las funciones religiosas a las que esta manifestación quedaba unida. Hoy en día, tras décadas perdida de la memoria popular local, la botarga representa un inefable carácter festivo, burlesco y jovial. Un personaje multicolor y diablesco que hace las delicias de los infantes y saca una sonrisa a los adultos.

FOTOS: MARIAM LÓPEZ

Arranca la programación el Miércoles Santo. A los pies de la parroquia, la muchedumbre se concentra en torno a una hoguera, que hace de llamada para la figura endemoniada. Suenan docenas de carracas, se prende una pequeña pira y se entonan versos que claman la presencia de la figura. La aparición crea desconcierto entre los más pequeños, mientras los acecha con una escoba o ramas prendidas. Con el nerviosismo propio, los infantes terminan el pase nocturno, imaginando la arribada del ser con las luces del día.

Amanece un ventoso día en la reposada villa alcarreña. Los Gaiteros de Villaflores ponen música a la ruta. La expedición yelamera parte entonces desde la plaza mayor hasta el calvario ubicado a las afueras del casco. Colina abajo desciende la siniestra expresión.

Bayeta roja frontal y negra trasera. Porta carraca y un hisopo a modo de fusta. Cencerro y cola zorril completan a una aterradora máscara con cuernos. Los dibujos del traje no añaden más que desazón a la expresión. Y cuando los gaiteros interpretan la melodía propia de la botarga, que dejó escrita el investigador Aragonés Subero hace décadas, hace aparición el ser infernal. Bajo el ensordecedor batido de las carracas la botarga empieza a hacer correr a los chiquillos. A la espalda del traje, una giba textil recoge la propina que la gente va entregando. Y quien no procede a incrementar la limosna, la figura les tizna con ceniza que porta en una pequeña faltriquera.

Pasacalles por la población, con una larga comitiva, que va a parar a la plaza mayor. Bajo el tímido lucero, se suceden las correrías entre los párvulos y la botarga. Son dos mozos los que se turnan para soportar el incordio pueril. Cercanas las horas a las tres, y tras el animoso baile vermú, comida popular. Donde cada grupo del vecindario ofrece a propios y extraños un suculento plato. Diferentes guisos y postres llenan las mesas de la estoica plaza. Finaliza la matinal con una rifa y los últimos acordes de los gaiteros. La Botarga vuelve a su ostracismo. Y tras reinar en la población durante unas horas, se desvanece entre la multitud para esperar un año más a su llamada, a golpe de carracón.

La única representación de esta ya extensa familia botarguil ligada a la Semana Santa es uno de los activos culturales de la población del valle del San Andrés.