17/11/2021 / 19:16
PACO CAMPOS


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“Los efectivos de emergencias estaban agotados, porque tenían que asistir a los afectados y sufrir el problema de sus propias familias”

Lidia García Cano vive en Guadalajara, lugar donde nació hace 23 años. Licenciada en Psicología, es voluntaria del Equipo de Respuesta Inmediata ante Emergencias (ERIE) de la Cruz Roja de Guadalajara. Recibe una llamada y se va al pie del volcán de La Palma.

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No es la primera vez que actúa. Lidia tiene una amplia experiencia previa en atención psicológica de urgencia a los afectados derivados de casos como muertes súbitas, bulling, separaciones o maltrato. El 2 de noviembre aterriza en La Palma. Allí permanece una semana y un día colaborando, de 9:30 de la mañana a 17.30, con los equipos emplazados en las “lanzaderas” de El Paso, El Charco y en la Laguna.

Estos son los puntos de control, y cerrados al tráfico, en los que se inicia la zona de exclusión, y a los que los isleños pueden acceder cuando las condiciones y las autoridades lo permiten. Solo para recoger los enseres de su casa, pero siempre bajo la supervisión de una patrulla del dispositivo de emergencias que les acompaña. En esos controles, al aire libre, atiende  psicológicamente a los afectados que hacen cola esperando a que les llegue el turno. De la misma forma desempeña su misión en el hotel de los evacuados. Su labor: el desahogo emocional, tanto con los afectados, como los propios intervinientes, es decir, los miembros del despliegue de urgencias. Se aloja en una casa rural en El Paso, “al ladito del volcán”. García Cano hace un análisis psicológico de la situación.

 

Usted ve un buen día en la televisión que empiezan los seísmos en La Palma. Posteriormente observa que el volcán empieza a soltar lava.

Es algo que yo nunca he vivido. Es una situación novedosa para mí, pero al principio entiendo que es algo improbable, tal vez porque vivo en Guadalajara y no es una zona de volcanes. Lo veía un poco lejano desde mi perspectiva

¿Qué le dijeron sus padres cuando les comentó que se iba a La Palma?

Estaban ilusionados, porque saben que yo quería ir, y porque es parte de mi carrera profesional, pero a la vez sentían miedo de lo que me pudiera pasar.

El avión aterriza. ¿Qué sintió nada más llegar a La Palma?

Lo que más me chocó que es que la gente había perdido la casa y estaba desorientada psicológicamente y, como por desgracia es lógico, muy afectada. Pero lo que me sorprendió bastante es que los intervinientes, equipos que trabajan en esta emergencia, Guardia Civil, bomberos y miembros del Centro de Coordinación de Emergencias (Cecopin) de los cabildos, entre otros, estaban agotados porque para ellos también era bastante duro. Sin embargo, no se pueden negar, porque en verdad estaban trabajando con gusto y para atender las necesidades de los vecinos. Me decían “esa persona, que la conozco de toda la vida, va a entrar para recoger los enseres  y a lo mejor la tengo que dar la noticia de que ha perdido la casa”.

¿Cómo recibían los isleños vuestra atención?

En unas ocasiones se acercaban ellos a nosotros y viceversa. Pero muchos de ellos a los que ofrecíamos nuestra asistencia en verdad querían pasar rápido y salir rápido. En el caso de los intervinientes en su mayoría venía a nosotros para hablar, porque les hacía falta nuestro apoyo y pasaban desapercibidos, porque la gente, en general, se fija más en los afectados. Muchos de ellos también habían perdido casas o sus familiares. Su tarea es doble: asistir a los afectados y sobrellevar el problema de sus propias familias. Hablaba con un señor que, a bordo de su coche, esperaba a acceder a su vivienda. Antes de entrar se me derrumbó: “Ya son 54 días. Quiero saber la situación. Sea lo que sea. Si se la lleva la lava, que se la lleve”, lamentaba. Yo observé que necesitaba una respuesta. No podía con esa incertidumbre que se prolongaba de forma dilatada en el tiempo, la de no saber si lo van a perder todo o no, cuándo va a acabar. Nuestra labor de desahogo emocional, tanto con los afectados, como con los intervinientes, es y era muy importante.

 

Ahora mismo, ¿qué es lo que más se necesita?

Ayudas económicas. Uno de los días que fuimos al hotel en donde se encontraban las personas evacuadas, porque ya habían perdido sus casas, nada más ver el chaleco de Cruz Roja acudían inmediatamente. Lo primero que nos preguntaban era por el tipo de ayudas; cuándo las iban a recibir; qué procedimientos hay que seguir… Muchos de ellos preguntaban por la tele, para denunciar que no estaban recibiendo ninguna de las ayudas del Gobierno. Solo estaban percibiendo de Cruz Roja y otra asociación de allí, me contaban.

¿En qué manera afectaba a la población y a usted las continuas noticias contradictorias en torno a la actividad del volcán?

Todo ha llegado a un punto en que la gente no se cree nada de lo que se dice, ni los niños. Me contaban: “Mi profesora ha asegurado que se va a acabar, porque ya no se le escucha, pero es mentira, ¿cómo lo va a saber ella?”.

Como psicóloga, ¿nos podría hacer un balance de las etapas emocionales que están atravesando los afectados?

Me da lástima de la incertidumbre que están atravesando. Me da pena no poder decirles “esto va a terminar pronto”, porque no lo sabemos. Según el tipo de duelo hay varias fases. Las primeras semanas la gente lo pasó muy mal porque, fue cuando se desencadenó todo al principio no se lo creían lo que iba a suceder. Cuando lo vieron, seguro que las dos semanas primeras lo pasaron fatal y creo que ahora estas últimas están cansados, lo están pasando muy mal. También va a haber otra fase, estimo. Cuando el volcán finalice su actividad, van a experimentar una situación de choque con la realidad, porque ya no van a estar tan protegidos. Tendrán que pasar el duelo y adaptarse.

Vamos con una batería de preguntas sobre experiencias físicas. En primer lugar, ¿cómo se siente un terremoto?

Noté uno cuando estaba en la cama, pero fueron dos segundos. Temblaba todo, fue visto y no visto. Curiosamente, si estamos en el mismo sitio, hay veces que hay personas que lo sienten y otras que no lo sienten.

Sale por la mañana de de la casa rural. ¿Qué experimenta su vista?

El volcán se ve y se escucha. Todo se veía desde ahí y si era por la noche aún más, porque por el día no se apreciaba el río de lava, pero por la noche veía reflejado en las nubes de ceniza y otras partículas y componentes químicos.  Era muy impactante porque parecía como un incendio.

¿Cómo huele el aire?

Se puede percibir claramente la mala calidad del aire. Había ocasiones que era muy intenso el olor a azufre. De hecho uno de los días vinieron a medir la calidad del aire y nos dijeron que era muy mala. Era obligatorio el uso de la mascarilla FP3.  Había gente que si no se tenía que poner la de gas, con los filtros. Entonces nos tuvimos que meter al coche, porque nosotros no teníamos máscara de gas, hasta que bajasen con el material. En este sentido, otra de las funciones que desempeñaba Cruz Roja era repartir mascarillas y gafas, hasta un total de 11.740 al día, porque había mucha gente que iba con mascarillas quirúrgicas.

¿Cómo valora, a la vuelta, la labor que ha desempeñado?

Estoy satisfecha, aunque sí que es verdad que siempre quieres hacer más o estar más. Pensé, “todavía sigue el volcán y, en verdad, hasta que no termine, van a seguir teniendo este malestar y, además,  se incrementará”.

¿Si le llaman volvería?

Si sigue activo, y me coincide con mi periodo de vacaciones, sí que volvería.

 

 

 


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