18/09/2020 / 09:56
Juan Carlos García Muela


Imagenes

Nacer y vivir en Sigüenza

Nuevo capítulo de "Letras Vivas" seguntinas de la mano de Juan Carlos García Muela.


Es un privilegio. La mayoría de los seguntinos de una generación hemos disfrutado de una ciudad, auténtico museo, con respeto a los monumentos y convirtiendo sus calles en un espacio para favorecer la convivencia, la solidaridad y una serie de valores éticos que han facilitado el entendimiento y la buena armonía entre todos los vecinos de los distintos barrios.

El juego ha completado muchas horas de nuestras vidas dejando volar la imaginación en tiempos en los que los recursos materiales eran más que escasos poniendo en práctica, quien lo iba a decir, las nuevas teorías sobre la denominada economía circular. Una simple tapa de un tacón de zapato servía para sacar “los santos”, estampillas de las cajas de cerillas, de un cuadrado marcado en el suelo. El palo de una escoba, un trozo más grande para impulsar a otro más pequeño afilado en las puntas, era el material utilizado en el cirrio.  Una cuerda de esparto facilitaba el salto, generalmente de las niñas, y tenía alguna modalidad más como el barquero, pluma, tintero y papel y la reina de los mares.

Pequeños objetos constituían la base de una serie de juegos que no necesitaban un número excesivo de participantes. Las tabas, conocidas como huesos astrágalos de los corderos. Las chapas, cápsulas que servían para taponar las botellas de gaseosas, se impulsaban con un dedo para deslizarlas sobre un tortuoso recorrido pintado en el suelo. La peonza o el trompo, alguno modificado con una púa de herrero que en manos de gente habilidosa conseguía partir en dos a otras peonzas. Las canicas o bolas de barro y excepcionalmente de cristal o de acero para introducirlas en un agujero, “el gua”.

El churro va, el tapaculos y la madre tonta tenían un punto de saña conforme se iban cumpliendo años frente a otros más sosegados como el corro de la patata, el patio de mi casa, desde chiquitita me quedé, el cocherito, Antón Pirulero, la chata piringüina o pirigüeta. La Alameda era el lugar ideal para la tanguilla y el bote impulsado con el pie.

Juegos que forman parte del rico patrimonio seguntino.


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