Pérez Reverte y el Doncel de Sigüenza
Arturo Pérez-Reverte, periodista, académico y escritor de fama, en el pasado mes de septiembre publicaba un atrayente artículo, intitulado Un joven con un libro, en el suplemento XL Semanal del grupo Vocento.
En su relato, de buen hacer informativo, Reverte aúna los destinos de dos insignes personajes: el gran Jorge Manrique, autor de Coplas por la muerte de su padre, uno de los más hermosos poemas escritos en lengua castellana, y el caballero de Santiago Martín Vázquez de Arce, el llamado Doncel de Sigüenza, inmortalizado en piedra alabastrina en su tumba de la catedral seguntina. Elegante estatua de extrema belleza y autor anónimo, cuya notoriedad ha traspasado lindes y fronteras. Dos jóvenes, de afanes guerreros y hábitos intelectuales, muertos en el campo de batalla, allá por el último tercio del convulso siglo XV, cuando se anunciaban y amanecían los primeros fulgores del Renacimiento.
Leamos: “Hay libros que nos dicen de dónde venimos, aunque no los abramos desde hace siglos. Entre ellos están las Coplas por la muerte de su padre, de Jorge Manrique. Y conviene recordarlas de vez en cuando porque tal vez –con permiso de Quevedo, Bécquer, Miguel Hernández y Machado– sean de los mejores versos escritos en lengua española. No sólo por lo que dicen, sino porque, como los buenos aceros, cortan igual hoy que hace quinientos años. No sé si todavía se leen en las escuelas, y prefiero no saberlo; pero los chicos de mi generación los sabíamos de memoria”.
Tras este introito, el periodista desgrana el impar sentir del poeta ante la heroica muerte de su progenitor: “La genialidad de Jorge Manrique no fue inventar un lamento, pues elegías había muchas en el siglo XV. Lo absoluto es que convirtió la muerte de su padre en lección moral conectada con lo mejor de la tradición clásica. Mientras otros lloraban a sus muertos con artificios retóricos, él supo mirar al mismo tiempo a Roma y a la fe cristiana –que era la de su época– con una elegante, tranquila y asombrosa transparencia”. El padre del poeta, “don Rodrigo Manrique”, afirma Pérez-Reverte, “aparece en las Coplas como ejemplo del buen morir. No se trata de un caballero de frontera que ganó batallas contra moros y castellanos enemigos, ni de alguien metido a fondo en las guerras civiles de su tiempo. Tampoco es el maestre de Santiago, ni el noble poderoso. Es el hombre que sabe morir. Que encara el trance como encaró la existencia: con los ojos abiertos, la cabeza alta y los sentidos claros. Rodeado de los suyos, sereno, como si el último enemigo fuera el que había estado esperando toda su vida. Y eso, para el hijo que lo narra, es la verdadera victoria. Ahí se filtra Séneca con su estoicismo de viejo legionario jubilado: quien aprendió a morir no es esclavo de nada”.
Y puntualiza desde su autoridad literaria: “Pero no basta con terminar bien, señala el hijo poeta. Hay que dejar memoria adecuada a la vida que se vivió. En eso entra más el legado romano: la fama. La vida de los muertos está en la memoria de los vivos. Jorge Manrique, idealizando a su padre lo convirtió en un monumento de versos limpios, duros como el pedernal, sin adornos superfluos. Porque en Castilla, el medro y la historia se ganaban con la espada, pero la eternidad la otorgaba la palabra. Tal es su grandeza, mezcla de estoicismo romano. Cristianismo medieval y laconismo sin rodeos: Dio el alma a quien se la dio. Vida como río que acaba en la mar. Muerte que iguala a reyes y mendigos. Virtud que vence al tiempo”.
La elegante y mítica efigie del Doncel de Sigüenza, de itálicas brisas, tendido indolente sobre una brazada de laureles y en actitud de leer el abierto libro que sostiene entre sus manos, hace revivir en Reverte lejanos recuerdos juveniles: “En eso pensaba hoy, hojeando uno de mis viejos libros escolares donde aparece una figura de la época de Jorge Manrique, el monumento funerario de un soldado. Y me dije, al contemplarlo medio siglo después de haberlo leído y estudiado en clase, que hay imágenes que resumen un país entero. Ésta se encuentra en la catedral de Sigüenza y es la de un joven caballero reclinado, la espada cerca, leyendo un libro que nadie ha podido identificar. Es el Doncel de Sigüenza, que lleva quinientos años desafiándonos a averiguar qué texto sostiene entre las manos”.
La lectura que ocupa al Doncel es una cuestión mil veces debatida, abierta a un sinfín de significaciones. Nuestro académico se atreve a ofrecer a sus lectores un veredicto: “Quizá un salterio, aventuraban los prudentes. O un libro de horas. Pero deseo creer que el muchacho de piedra lee las Coplas por la muerte de su padre. Sería un detalle perfecto, porque Jorge Manrique levantó con ellas un monumento más perenne que el bronce, más sólido que un sepulcro. Versos escuetos e implacables que no envejecen porque dicen la verdad sin adornos: la vida es breve, la muerte iguala, la virtud y la memoria son las únicas formas de vencer al tiempo. Este fue el tributo a don Rodrigo, su padre. Años después, en una Castilla de polvo y frontera otro padre-don Fernando Vázquez de Arce-encargaría un monumento distinto para su hijo muerto en la guerra de Granada. Pero no lo hizo esculpir yacente, ni rezando como era costumbre, sino leyendo. Leyendo cual si en ese libro abierto estuviera la última verdad: que la gloria terrenal caduca y solo la palabra permanece”.
El erudito escritor concluye su artículo: “Así es como la tradición pudo hacerse piedra, eternizándolo en la memoria, y el padre del Doncel dio un libro a su hijo, eternizándole en mármol. Dos gestos unidos en la certeza de que el buen morir justifica la vida de un ser humano. Tal vez, como digo, en su lectura eterna el Doncel no lea otra cosa que esas Coplas, y por eso la imagen me conmueve tanto. Parece que dos destinos se entrelacen: el del poeta soldado que escribió con tinta lo que la muerte no podía arrebatar, y el del joven caballero que lee, en su tumba, las palabras que le acompañaran para siempre. Diálogo secreto entre piedra y papel, entre memoria escrita y memoria esculpida. Entre un hijo que llora a su padre y un padre que coloca un libro en las manos de su hijo muerto”.
Con estas alegóricas palabras, Reverte se suma, por méritos propios, a una nutrida gavilla de escritores, clásicos y modernos, -Unamuno, Ortega y Gasset, Emilia Pardo Bazán, Américo Castro, Antonio Gala o Jiménez Lozano- que disertaron sobre el imaginario del Doncel. Las Coplas de Jorge Manrique y el Doncel de Sigüenza quedan unidos para siempre en el decir de Arturo Pérez-Reverte, uno de los grandes de las letras hispanas.