El Papa Pablo V


El 16 de mayo de 1605, el cardenal romano Camilo Borghese era elegido Sumo Pontífice con el nombre de Pablo V. Era el 233 papa de la Iglesia católica.

El 16 de mayo de 1605, el cardenal romano Camilo Borghese era elegido Sumo Pontífice con el nombre de Pablo V. Era el 233 papa de la Iglesia católica. Filósofo y diplomático de noble cuna y esmerada educación, gran mecenas de las artes y de las letras, durante su pontificado mandó levantar la fachada principal de la basílica de San Pedro, de barrocos trazos, concluyendo la construcción del templo, después de un siglo de obras. En el friso superior de la gran fachada campea una inscripción de enormes caracteres, escrita en lengua latina, en honor y recuerdo de Borghese. Pablo V fue quien beatificó a los luego santos Ignacio de Loyola, Teresa de Jesús y Francisco Javier. 

Tiempo atrás, el 2 de enero de 1594, el entonces monseñor Borghese, auditor de la Cámara apostólica, desembarcaba en el puerto de Barcelona como nuncio extraordinario ante el rey Felipe II, enviado por el pontífice Clemente VIII. Venía a lograr que el monarca español asistiese al Sacro Imperio Romano Germano en su lucha con los turcos. Los lances de este viaje fueron redactados, en primera persona del plural, por uno de los clérigos, de nombre desconocido, que acompañaban al futuro papa. Las copias de este diario se conservan en la Biblioteca Nacional de París y en la Minerva de Roma. En España fueron publicadas por el escritor y crítico literario José García Mercadal. 

Al frente de un séquito de capellanes, secretarios, escoltas y sirvientes, provisto de coches, literas de mano y carros tirados por mulas, Camilo Borghese tomaba el camino de Madrid, dos días después. Tras visitar Lérida y Zaragoza, el 16 de enero de ese año, llegaba a la localidad aragonesa de Daroca, donde hizo noche. En la jornada siguiente, el ilustre prelado entraba en los altos y quebrados predios del señorío de Molina, por la villa de Embid, puerta de Castilla y puerta de Aragón, bajo una gran nevada que entorpecía el andar de carros y acémilas.  

Pablo VI, por Caravaggio.

Acompañemos sus pasos: “Llegamos a Tortuera, donde se pagan las gabelas de la aduana, y fue preciso esperar la llegada de nuestros carros, que fueron inspeccionados y tasados cuidadosamente, pagando una tasa del diez por ciento de su valor”. Es de recordar que en aquellas aduanas de interior, entre los reinos españoles, los transeúntes debían mostrar sus pasaportes, signados por el rey, y pagar los aranceles por los enseres, armas, caballerías, utensilios y víveres que llevasen consigo.   

Los trámites aduaneros obligaron a Borghese y a sus acólitos a permanecer en Tortuera durante tres días: “Mientras tanto, cayó tanta nieve, que el 20 de enero, cuando partimos, lo hicimos con gran fatiga, caminando casi siempre a pie porque las mulas se hundían en la nieve de tal manera que era imposible salir. Por lo que tuvimos que desviarnos del camino y pasar la noche en el lugar de Turmiel, porque no fue posible llegar al alojamiento que habíamos previsto. Y, al llegar, no encontramos leña para hacer fuego, para restablecernos del frío padecido, y tuvimos que dormir aquella noche sobre fardos de paja. La cena no nos preocupó mucho, pues si no hubiera sido por las provisiones que llevaba el mayordomo del arzobispo de Zaragoza, que acompañaba a monseñor por orden de su prelado, no hubiéramos tenido más remedio que ayunar. Porque además de las incomodidades del viaje hay que contar con otra más: los posaderos solo proporcionan a sus huéspedes más que el hospedaje y los utensilios, de manera que quienes se proveen de alimentos son los que no se quedan sin comer”. 

En una nueva alborada, los expedicionarios continuaron su transitar, por Maranchón y Aguilarejo, hoy Aguilar de Anguita: “El día 21 no fue mucho mejor que el anterior. Había tanta nieve que la litera no podía avanzar, ya que las mulas se caían con frecuencia. Por ello, monseñor Borghese tuvo que apearse llevando la litera de su mano. Nuestras dificultades aumentaron porque se echó encima la noche, llegando muy tarde a Alcolea del Pinar, donde se durmió como se solía: en la paja, en un aposento poco menos que descubierto”.  

Camilo Borghese tenía prisa por comparecer en la corte madrileña. Así que, a pesar del inclemente temporal de nieve, el 22 de enero, muy de mañana, los viajeros prosiguieron viaje, por La Torresaviñán, Torremocha del Campo y Algora, hasta alcanzar, ya oscurecido, la venta de Almadrones. Y allí durmieron “con la misma incomodidad que en noches anteriores”. Sin descanso alguno, el día 23, continuaron viaje por el alto páramo alcarreño, zarandeado por los vientos del norte, dejando atrás Gajanejos y Trijueque. No pudieron pasar más allá de la villa de Torija, “porque tiraba un aire helador mezclado con agua”, que calaba sus ropas, “de tal manera que los abrigos parecían de cristal; así que cualquiera que hubiese querido pintar el invierno, sólo tenía que retratarnos”. 

En Torija “encontramos camas y fuego y mientras estábamos deshelándonos llegó un mensajero del duque del Infantado –Íñigo López de Mendoza de la Vega y Luna– para invitar a monseñor a descansar en su palacio de Guadalajara, que está a tres leguas de allí”. Camilo Borghese, dada la urgencia del viaje, “no quiso aceptar la invitación del duque”. Sin embargo envió a la capital alcarreña al escribiente del diario para agradecer al aristócrata su hospitalario gesto. Entretanto llegaba a Torija “una carroza con cuatro caballos” enviada por al abad Benito Caetano, que estudiaba en la Universidad de Alcalá, invitando a Borghese a viajar a la ciudad complutense y se alojara en sus aposentos. Lo cual así sucedió.    

Camilo Borghese llegó a Madrid, a bordo de una lujosa carroza, donde fue recibido por obispos y priores, quienes le acompañaron hasta su residencia. Cinco días más tarde, en El Escorial, Felipe II, anciano y enfermo, concedió al legado pontificio una audiencia extraordinaria, la primera de las muchas que se sucedieron posteriormente. 

La misión diplomática de Borghese terminó a satisfacción de todos. El rey ordenó al arzobispo de Toledo, Gaspar de Quiroga, primado de España, que demandara a los obispos españoles el dinero necesario para contribuir a la defensa de la Cristiandad. Un muy satisfecho Camilo Borghese regresó a Roma en el verano de 1594. El papa Clemente VIII, en agradecimiento por sus sobresalientes servicios diplomáticos, le concedió el capelo cardenalicio. Y en la primavera de 1605 fue elegido Sumo Pontífice. Pablo V, el papa que caminó sobre la nieve por tierras de Guadalajara.