Carmen de Burgos, maestra de Guadalajara
Amanecía el siglo XX. La memorable escritora y periodista almeriense Carmen de Burgos y Seguí, conocida por Colombine, llegó a Guadalajara, el 1 de junio de 1901, a tomar posesión de su plaza de maestra en la Escuela Normal, obtenida por oposición un año antes.
Amanecía el siglo XX. La memorable escritora y periodista almeriense Carmen de Burgos y Seguí, conocida por Colombine, llegó a Guadalajara, el 1 de junio de 1901, a tomar posesión de su plaza de maestra en la Escuela Normal, obtenida por oposición un año antes. Venía a la capital alcarreña a oficiar de profesora de niñas, después de un matrimonio desafortunado, en compañía de su hermana Catalina, a quien llamaba Kety, y de una hija pequeña por mantener. Mujer de carácter, libre y entusiasta, dedicaba sus afanes al mundo de las Letras, sin abandonar nunca su lucha por los derechos de las mujeres, a través de la enseñanza y de la educación. Fue la primera mujer corresponsal de guerra y periodista profesional de la historia de España. Gustaba de “lo incierto, lo impensado, lo desconocido”, como escribió en su autobiografía.
Carmen de Burgos, ante el asombro de la sociedad arriacense de la época, se incorporó pronto a los círculos intelectuales de Guadalajara. En septiembre de ese año presentó al público uno de sus primeros libros, Notas del alma, curiosa gavilla de poemas y cantares populares. Poco después, el semanario Flores y Abejas se felicitaba por su presencia en Guadalajara y la invitaba a colaborar en sus páginas.
Entre los artículos publicados por Carmen en Flores y Abejas destacamos el titulado “El panteón de la duquesa de Sevillano”, editado el domingo 12 de mayo de 1907. Apasionado relato donde la autora despliega sus emociones y sentimientos al descubrir la singular estampa del panteón, aún sin terminar. Repasemos la barroca prosa de nuestra protagonista: “Lo vi. surgir ante mis ojos, fantasma de piedra que se elevaba entre las sombras de una noche tranquila, iluminada solo por el brillante resplandor de las estrellas, reflejando su luz llena de vaguedades en los dorados brazos de la cruz, que se erguía sobre la cúpula como si quisiera lanzar una invocación al cielo y un desafío a las tinieblas. ¿Qué evocación misteriosa, qué conjuro hacía aparecer ante mi vista aquella mole de piedra, semejante a las pirámides egipcias y coronada por un rayo luminoso, quebrándose en la enseña del cristianismo?”.
Sin rodeos, Carmen proseguía su discurso: “Yo ignoraba que en aquel bosque donde la vida se sentía palpitar con tanta exuberancia hubiese un monumento dedicado a la muerte y lo veía absorto en su grandeza, temiendo romper el misterioso encanto que me producía. Aquel monumento soberbio y esbelto, única cosa de que podía darme cuenta en las inciertas claridades de la noche, parecía un gigantesco centinela de granito que se alzaba enhiesto, aumentando la agreste belleza del paisaje y no rompiendo su unidad con la obra artística debida a la humana inteligencia. Las voces de mis acompañantes suspendieron mis sueños; este soberbio mausoleo, me dijeron, pertenece a la excelentísima duquesa de Sevillano, que lo ha mandado construir para encerrar las cenizas de sus antepasados y perpetuar el recuerdo de la última de sus descendientes”.
Carmen de Burgos.
La imagen nocturna del panteón, envuelto en sombras, embargaba el decir de la insigne prosista: “Todos los que de una manera intensa sentimos el arte, los que nos dejamos arrastrar por la adoración de la belleza estética, tenemos una impresionabilidad exagerada que grava en nuestra mente las emociones de un modo tenaz e indeleble. Obedeciendo, pues, a una sensibilidad del espíritu, quise ver de día el panteón y contemplarlo sin la sugestión que el medio en que lo descubrí produjo en mi ánimo. Es el panteón una magnífica fábrica de ricas piedras traídas de Santander y de Andalucía, cuyo valor asciende a varios millones de pesetas. La impresión que produce de día es bien distinta de la que dejamos apuntada; la grandeza del paisaje, el horizonte despejado que hay a su alrededor, empequeñece la magnitud del edificio, que parece de lejos, a la luz del sol, achatado y pacífico como las pagodas de la India”.
Y añadía: “Penetramos en su recinto con el respeto que la muerte infunde en nosotros; traspasamos los umbrales del palacio mortuorio y descendimos hasta los osarios donde se han de arrojar los últimos restos de los ascendientes de la duquesa. Allí se admira el atrevimiento y la elegancia de la obra arquitectónica y más que por lo artístico impresiona por el pensamiento que le ha dado forma.No es un vano ataque de soberbia lo que hace a la duquesa de Sevillano construir aquél magnífico mausoleo, que ha de ser la urna cineraria de su raza; es el deseo de la inmortalidad que se alberga en los corazones humanos; es el temor a la nada; es el legítimo orgullo de los seres que vislumbran los fulgores de otra vida que responda necesariamente a este anhelo de nuestro espíritu, lo mismo que el agua responde a la impresión de la sed y el sueño a la fatiga. Este deseo de vivir en la tumba se observa en todos los pueblos cultos, lo mismo en civilizaciones antiguas como la de los egipcios, con sus momias y sus inmensas necrópolis, que en las modestas catacumbas de Roma, donde se procuraba con esmero guardar los restos de los primeros cristianos”.
Carmen concluía su artículo ensalzando las obras asistenciales que entonces estaba construyendo la recordada aristócrata: “El panteón de la condesa, como lo llama el vulgo en Guadalajara, es una hermosa obra que proporciona pan a millares de familias empleadas en su construcción. Pero lo que inmortalizará el nombre de tan ilustre dama no será el Panteón, con toda su grandeza artística y su riqueza, sino los asilos que junto a él se edifican para los niños huérfanos, donde ellos bendecirán el nombre de la que en el mausoleo repose y sus bendiciones ascenderán al cielo como un coro de voces suplicantes, inscribiendo el nombre de la condesa en los corazones agradecidos. Orlando su frente con las dos coronas más difíciles de llevar en el mundo: la corona de la virtud y la corona de la caridad”.
Carmen de Burgos abandonó Guadalajara en el verano de 1907. Su permanencia en la ciudad le impedía cumplir sin agobios sus obligaciones periodísticas y sus pasiones literarias, a las cuales dedicó toda su vida. Consiguió el traslado de su plaza de maestra a la Escuela Normal de Madrid y revivió la tertulia semanal de escritores y artistas, que celebrada en su domicilio. Murió en Madrid en el otoño de 1932. Tenía 64 años. Los viejos periódicos y las modernas bibliotecas conservan sus numerosas obras. Carmen de Burgos, maestra en Guadalajara.
Javier Davara es doctor en Periodismo y profesor emérito de la Universidad Complutense de Madrid.