30/10/2022 / 12:22
Araceli Martínez Esteban /Doctoranda UAH en Estudios Interdisciplinares de Género y exdirectora del Instituto de la Mujer en CLM


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Derecho a cambiar de opinión

El proyecto de ley que el Gobierno ha presentado en el Congreso de los Diputados es errático y pone en peligro los instrumentos para la igualdad entre mujeres y hombres.


Dice el refrán que «rectificar es de sabios», pues no hay tontería mayor que permanecer en el error bajo la falsa creencia de que eso nos hace más coherentes. Así, con la excepción de mentes preclaras que captan la naturaleza de los acontecimientos casi antes de que estos se produzcan, es natural que el resto de las y los mortales perfeccionemos nuestras posturas a la luz de la razón y el deseo de aprender.

Sirva de ejemplo la evolución que yo misma he experimentado en relación a la cuestión «trans», a la que tantas feministas dimos cobijo hace unos años hasta que nos percatamos que aquello que nos parecían elementos meramente descriptivos de un sentir, se convirtieron en instrumentos políticos para el borrado de las mujeres.

Antes de proseguir, como es notorio que este tema levanta ampollas −aun a riesgo de que un sector extremo del feminismo me acuse de servidora del patriarcado y que los partidarios del transgenerismo me pongan el sambenito de tránsfoba−, quisiera manifestar que no cuestiono la existencia de la transexualidad ni, obviamente, de las personas transexuales; pero considero que el proyecto de ley que el Gobierno ha presentado al Congreso de los Diputados es errático y pone en peligro los instrumentos para la igualdad entre mujeres  y hombres.

Hecho el paréntesis, retomemos el asunto del cambio de opinión, algo que no resulta ajeno a la historia del feminismo. La gran Concepción Arenal, por ejemplo, siendo defensora de los derechos de las mujeres, tuvo una concepción de la función social de las féminas más bien tradicional que, no obstante, varió en los últimos años de su vida hacia posturas bastante más adelantadas. ¿Esa transformación hace de Concepción Arenal una impostora, una enemiga del feminismo, una mujer de la que desconfiar? Es evidente que no.

También es digno de ser mencionado el avance que llevó a cabo Carmen de Burgos Seguí respecto al voto femenino. Hasta 1906, en los artículos de esta periodista y escritora no encontramos una posición favorable al sufragio universal bajo la idea de que las mujeres españolas no tenían todavía la preparación y el temperamento necesarios para ejercer los derechos políticos.

Carmen Burgos en un acto contra la pena de muerte organizado por la Cruzada de Mujeres Españolas.Fuente: Crisol Diario de la República, 1931,

Sin embargo, esta reticencia contra el voto comenzó a esfumarse tras conocer a algunas sufragistas en uno de sus viajes al extranjero. En octubre del ya mencionado 1906, publicó una encuesta en El Heraldo de Madrid en la que se interrogaba si debía concederse el voto a las mujeres y las condiciones en las que esto debería producirse.

   Los resultados de ese «plebiscito» se dieron a conocer el 25 del mes siguiente precedidos de una introducción sobre la situación internacional y considerando que, aunque este debate en España aún era prematuro, no se podía seguir mirando hacia otro lado. El triunfo del no a que las mujeres votaran fue aplastante y la conclusión de Carmen de Burgos no pudo ser más certera: «Queda moralmente derrotado el sufragio femenino. ¡Verdad es que la inmensa mayoría de los electores han sido hombres!».

La manera con la que inicialmente Carmen de Burgos abordaba los contenidos relacionados con las mujeres fue criticada por Isabel Muñoz Caravaca, nuestra feminista local más insigne. Quizá ambas coincidieran cuando De Burgos obtuvo su plaza de profesora en la Escuela Normal de Maestras de Guadalajara, pero lo que es seguro que Muñoz Caravaca leía la prensa madrileña.

Por aquel entonces, Colombine (el pseudónimo más utilizado por Carmen de Burgos) se debatía entre las recetas de cocina, los consejos de moda y sus reflexiones sobre la condición de las mujeres. Este batiburrillo no agradaba a Isabel Muñoz Caravaca, que observaba cómo el talento y audacia de la almeriense no acaba de centrarse en el feminismo.

Ojalá Isabel Muñoz Caravaca, que murió en 1915, hubiera vivido tan solo unos años más. Así hubiera visto a De Burgos apoyar la creación en 1918 de una influyente asociación, la Unión de Mujeres Españolas, desde la que contribuyó a conectar el sufragismo español con el internacional. También hubiera presenciado con agrado cómo Carmen de Burgos fundó y presidió la Cruzada de Mujeres Españolas, convocando frente al Congreso de los Diputados, el 31 de mayo de 1921, la primera manifestación de nuestro país en favor del voto femenino.

C omo puede apreciarse, la trayectoria de Carmen de Burgos progresó de las reticencias al sufragio, a una militancia feminista larga y tenaz hasta el final de sus días en 1932, dejándonos un legado de defensa de los derechos de las mujeres, de la paz y en contra de la pena de muerte. Afortunadamente, pudo celebrar el triunfo de Clara Campoamor en el Congreso de los Diputados, disfrutando de los diversos actos que se llevaron a cabo para encomiar la consecución del voto y los demás derechos políticos.


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