Prioridades huecas
La prioridad nacional, a nivel de Estado o de autonomías soberanistas, se ha convertido desde hace meses en concepto de moda. Aunque ni siquiera lo inventaron aquí los tropecientos (de tropa) ‘asesores’ de partidos trasnochados y presidentes avispados.
El concepto, como casi siempre, ni siquiera lo inventaron aquí. Es importado. El primero en usarlo fue el francés Le Pen en 1985.
Lo dice todo y no dice nada. Es una especie de conjunto vacío que cada uno llena como le da la gana. Se malcopia el América First (Estados Unidos primero). Trump tampoco ha precisado medidas concretas para saber de qué iba, salvo anuncios de dudosos aranceles a alimentos, bebidas y maquinaria hispanas.
Tampoco está claro si el intento de ‘conquistar’ Groenlandia, ‘secuestrar’ al dictador venezolano Maduro, o bombardear (sin comillas) Irán forman parte de sus medidas.
Esconde una idea indefinida que no gusta por el tufillo demagógico, xenófobo e incluso racista. E inconstitucional. Y porque de todo aquello que no se precisa siempre queda la duda de si se ha cumplido o no.
Todos los medios, de derechas, izquierdas, estatales, autonómicos y secesionistas, critican unánimemente el concepto de prioridad nacional. Pero, sorprendentemente, no ponen reparo alguno a la “prioridad catalana” de los independentistas o a la “prioridad vasca” de peneuvistas y bilduetarras, que ocultan un manual de financiaciones “singulares” y privilegios.
En Cataluña no han esperado ni 24 horas, tras el alto en las elecciones andaluzas para no perjudicar a la candidata sanchista, para abrochar sustanciosos “acuerdos bilaterales”.
Cuesta ver diferencias entre las “diferentes” prioridades. El mandamás de Andalucía, con la venia de Vox, se ha apuntado a la “prioridad andaluza”. Explicará, si sigue gobernando, de qué se trata.
Puede que hasta García-Page defienda para amarrar votos de ciudadanos ofuscados una prioridad ‘castellanomanchega’. Además de cornudos, apaleados, describió Boccaccio en el Decamerón.