Santos estivales
El artículo de las Hermanas Lara reproduce el famoso Éxtasis de Santa Teresa de Bernini. Como llevo tiempo estudiando el barroco italiano creo que le interesara al lector el juicio sobre esa obra de Jacob Burckhgardt.
El título de este artículo copia el publicado en este periódico por las hermanas Lara (brillantes historiadoras) el 11 de septiembre último. Reconocida la fuente, no soy plagiario. Escribo mis reflexiones el día de Santa Teresa (15 de octubre). Como es sabido, la santa murió en la madrugada del 5; pero ese día se introdujo en España el calendario “gregoriano” (del Papa Gregorio XIII), que restaba diez días del “juliano” y, por tanto, del 4 de octubre se pasó el 15. Al profesor Tüchle le escuché en Munich que en Baviera la orden de suprimir los diez días llegó el 6 de enero, cuando empezaba el largo Carnaval, y los bávaros decidieron que, en vez de acortar los carnavales, se suprimieran los diez días en la cuaresma. El artículo de las hermanas Lara reproduce el famoso Éxtasis de Santa Teresa de Bernini. Como llevo algún tiempo estudiando el barroco literario español, que comprende el 80 o el 90% del siglo de oro (De 1580, comentario de Herrera a la poesía de Garcilaso, a la muerte de Sor Juana Inés de la Cruz en 1695), creo que le interesará al lector el juicio sobre esa obra de Jacob Burckhardt (1818-1897), el admirable estudioso del Renacimiento. Parece que Burckhardt, en su Cicerone (1855), guía del arte italiano, fue el primero en utilizar la palabra barroco como categoría artística. El Cicerone se divide en tres partes: arquitectura, escultura y pintura. Las dos primeras terminan con una sección sobre el “estilo barroco”. En cambio, a la pintura no le aplica el concepto. Para Burckhardt el Barroco es un juego con las formas sobrias del Renacimiento, juego que degenera en frivolidad por su carácter artificioso. Sobre el “Éxtasis de Santa Teresa” de Bernini dice: “La santa, yacente sobre una masa de nubes, extiende sus brazos en una especie de desmayo histérico, mientras un ángel blandiendo con gesto voluptuoso la flecha, símbolo del amor divino, apunta hacia ella. Aquí olvidamos la pura cuestión de estilo ante la repulsiva degradación de lo sobrenatural” (Der Cicerone, p. 709).
Y como pastranero, recuerdo el precioso artículo sobre San Francisco publicado en este periódico por D. Jesús de las Heras Muela el 2 de octubre. La Iglesia celebra al santo de Asís el día 4 de este mes. Todavía hoy, al llegar a Pastrana desde Guadalajara, el viajero encuentra el inmenso convento franciscano, construido a partir 1460 y donde subsistió hasta la desamortización de 1835. Los duques fueron sus patronos, y el segundo duque, D. Rodrigo de Silva, muerto en Luxenburgo en 1496, estuvo enterrado en su iglesia durante algunos años. Según Astrana Marín, los manuscritos de Cervantes estuvieron en ese convento por herencia de un sobrino suyo, franciscano. Por lo demás, aunque se dice que fue casa de estudios, yo no conozco un solo nombre o libro escrito en ese convento. El único nombre conocido es el de Fr. Francisco Ortiz (1497-1547?), profesor de lógica en Pastrana, pero condenado a perpetuo silencio por la Inquisición por haber criticado al Santo Oficio cuando apresó a la beata Francisca Hernéndez, alumbrada de Valladolid. Ahora bien, en 1857, por el esfuerzo de D. Mariano Pérez Cuenca, el sabio historiador de Pastrana, los franciscanos de la Provincia de San Gregorio de Filipinas, volvieron a nuestro pueblo y se instalaron en el antiguo convento de carmelitas descalzos. En la entrada del nuevo convento había en los años 50 varios cuadros de residentes ilustres; recuerdo en particular dos: El P. Gregorio María de Aguirre, cardenal de Toledo de 1909 a 1913, y el P. Martín Alcocer, natural de Albalate y obispo de Cebú en Filipinas, que trajo a Pastrana todo el tesoro que hoy se goza en el Museo teresiano. Hoy solo queda el edificio y un leve recuerdo en el museo. Pero termino mi artículo con algo agradable: San Francisco (“El varón que tiene corazón de lis”) había domesticado al cruel lobo de Gubbio. Pero el lobo recobró su furia y cuando Francisco le reprende, el lobo se justifica por haber visto la conducta inhumana de los hombres. “El santo de Asís no le dijo nada. Le miró con una profunda mirada, y partió con lágrimas y con desconsuelos, y habló al Dios eterno con su corazón. El viento del bosque llevó su oración, que era: Padre nuestro, que estás en los cielos..”(Rubén Darío, 1913).