Sin mujeres no hay democracia


Lo que está ocurriendo en Irán no es un asunto interno ni ajeno al feminismo, o sea, a la democracia. El conflicto ha superado su dimensión económica y moral para alzarse como una cuestión existencial.

En los últimos años Irán ha estado en el foco de la noticia por muchos motivos, entre ellos las protestas, tan cruentamente reprimidas, de la sociedad civil contra el régimen teocrático. En estas circunstancias, resulta destacable la insurrección de las mujeres iraníes reivindicando su dignidad mientras el resto del mundo alabamos su arrojo… y poco más.

Sin embargo, las iraníes rebeldes no pretenden darnos una lección de valentía ni salen a las calles pensando en convertirse en un símbolo, simplemente luchan por sus propias vidas, por la libertad y por la democracia. No olvidemos esto último, la democracia, porque esta no existe en plenitud sin las mujeres, de la misma manera que no encontraremos igualdad entre mujeres y hombres fuera de la democracia.

Por ello, las motivaciones de las mujeres iraníes no son solo suyas, sino que nos conciernen a todas, porque mientras exista una sola mujer en el mundo damnificada por el machismo, ninguna fémina estará a salvo de la opresión del patriarcado, ya que la desigualdad entre los sexos no es un fenómeno local, ni una mera acción individual, ni una anomalía histórica.

De hecho, la historia nos muestra con insistencia que a menudo los sistemas de dominación comienzan controlando las vidas y los cuerpos de las mujeres, sobre todo su sexualidad y derechos reproductivos. No es un fenómeno nuevo, ni siquiera excepcional, y rara vez se detiene ahí. 

Llegada de Jomeini a Irán tras la revolución de 1979.

Y ojo, esto puede suceder en cualquier región del mundo en el que la democracia se vea debilitada. Además, no siempre se utilizan mecanismos coercitivos; muy al contrario, en las sociedades occidentales es frecuente que los retrocesos se justifiquen bajo un aparente consentimiento, bajo una falsa libertad de elección, con la que se intentan legitimar opresiones milenarias como pueden ser la prostitución, trata, compra-venta de criaturas, violencia, etc.

En su momento escribí en este mismo espacio, Vindicaciones, sobre Afganistán. En El sí de las niñas, desde una perspectiva feminista e histórica, comentamos la conmoción que causó el regreso de los talibán al poder y la repercusión nefasta que tuvo sobre la población femenina. Pero la indignación pronto desapareció de la conversación pública, aun cuando la situación de las mujeres no ha hecho sino empeorar, representando uno de los casos más extremos de vulneración de derechos humanos y de violencia institucionalizada contra las mujeres en el mundo actual.

Algo similar ocurrió con el asesinato de Mahsa Amini en Irán, asunto que también abordamos aquí con el título Sin velos. Fue detenida y torturada por la policía de la moral por no llevar el velo conforme a la norma, evidenciándose de forma brutal lo que implica el control de las mujeres y el ejercicio de la violencia institucional. Durante semanas, la indignación recorrió el planeta. Después, como tantas veces, la atención se desplazó a otras cuestiones. No obstante, la violencia no cesó, como tampoco cesó la resistencia de las mujeres iraníes.

Este vaivén emocional (conmoción, solidaridad, olvido) es un reflejo de la fragilidad de la memoria colectiva, con frecuencia selectiva y normalmente cómoda. Cuando el sufrimiento deja de ocupar titulares, pareciera que también deja de interpelarnos. En este sentido, se hace imprescindible recurrir a la historia no tanto para buscar paralelismos como para mostrar continuidades, pues las formas y los discursos cambian, pero los mecanismos de exclusión y de control de las mujeres persisten a través de mecanismos y lógicas diversas (tan diversas que a veces adoptan, con verdadera impostura, apariencia de modernidad).

El contexto global agrava este escenario. Vivimos en un mundo cada vez más conflictivo, con instituciones internacionales disminuidas y un derecho internacional -ya de por sí frágil- que parece desdibujarse. En estas condiciones, hay una constante que se repite sin excepción: las mujeres y las niñas siempre pagan el precio más alto (son más pobres; están más expuestas a la violencia sexual y a otras formas específicas de violencia contra las mujeres, como los matrimonios forzados o la trata; sus derechos les son arrebatados tanto por la coerción directa como mediante la implantación de cambios culturales que buscan presentar la subordinación como aceptación voluntaria, etc.).

Por eso es imprescindible recuperar la universalidad del feminismo, una idea hoy seriamente erosionada. Un feminismo que no reconoce a las mujeres como su único sujeto político posible, que renuncia a los derechos humanos como marco común, que relativiza la opresión -y sus símbolos- en nombre de identidades y tradiciones, que considera la hipersexualización una vía de empoderamiento, que presenta la mercantilización de las mujeres y las niñas como un ejercicio libertador, se vacía de contenido transformador.

No olvidemos que la desigualdad está en la raíz del sistema, así que, a pesar de ser capaz de admitir reformas (algunas de ellas de calado), conviene ser sinceras, solo se desintegrará al completo con transformaciones civilizatorias de alcance planetario, en las que la implicación de los hombres es ineludible.

Lo que está ocurriendo en Irán no es un asunto interno ni ajeno al feminismo, o sea, a la democracia. El conflicto ha superado su dimensión económica y moral para alzarse como una cuestión existencial, y eso, tal vez, sea lo más peligroso para el régimen. En cierto modo actúa como una advertencia de la necesidad de perseverar en la defensa coherente y universal de los derechos de las mujeres, y en general de los derechos humanos, en cualquier lugar del mundo.