Todo me parece bonito


Hace unos días, vino al despacho un buen amigo de la familia a hacer la renta. El hombre, ilusionado por su reciente y merecida jubilación, trajo consigo un dossier tan grande como ordenado donde estaban colocadas por años todas sus nóminas y obligaciones fiscales.

De hace casi 40 años, apareció una nómina de sus inicios como ingeniero la cual rozaba el medio millón de pesetas de la época. Esta cifra, actualizada a la renta disponible y capacidad del día de hoy, supondría un salario holgado de más de 120.000€ anuales .

Independientemente del efecto de la inflación en el paso del tiempo y del aumento de la base monetaria en la economía, no se puede comparar la cifra que ganaban nuestros padres hace una generación en términos de poder adquisitivo con la que obtienen por su esfuerzo los que acuden a la planta joven-adulto de su centro comercial de referencia. Y lo peor de todo no es que este hombre con su buen hacer de antaño sintiera orgullo, sino que mostraba absoluta vergüenza por una dicotomía de un sistema que no funciona.  Ya no es solo la visión que se pueda tener como empresario sobre los salarios, pero ahora mismo el sistema está rompiendo expectativas de los nacidos a finales de los 90 y siguientes.

Muchos medios de comunicación indican de soslayo que si los treintañeros eliminaran esos gastos hormiga o dejaran de tener ciertas liberalidades mentales, podían perfectamente asumir el coste de un futuro como el que tenían sus padres, pero es absolutamente imposible de comparar el sueldo de un joven ingeniero (con bigote) en los años noventa que al cambio ganaría más de 7.000€ al mes por una profesión técnica y el inicio de una responsabilidad con los escasos 25.000€ anuales que arroja la mediana salarial de nuestra España hoy en día. Si a esto le añades que la vivienda está imposible en términos de precio de mercado y que los alquileres se comen en ciertos lugares hasta el 80% del salario bruto, estamos literalmente en un punto que como quites las cervezas, el fin de semana fuera, el café de especialidad, el envío de Shein y la conexión premium a Netflix, la gente terminará desquiciándose más de lo que esta época post-pandemia (y coetánea al hantavirus) puede ofrecernos.

Dentro de esta locura y catarsis colectiva de sueños rotos, a lo mejor es momento de detenerse y obviar ciertas tendencias. Las previsiones en el horizonte no son una economía escalón (shock exógeno) sino una
economía rampa donde los escenarios actuales sigan incidiendo con más fuerza. El crecimiento económico se irá reduciendo debido al impacto de los combustibles y materias primas de los distintos conflictos bélicos, la inflación seguirá subiendo para reducir las enormes cantidades de deuda generadas en pandemia y los tipos de interés estructurales se consolidarán en los niveles más altos del último medio siglo (no hay nada más que ver el valor de los bonos del estado a 30 años de todos los países occidentales). La desigualdad será creciente y los montones se irán llenando de manera irregular en base a la riqueza previamente establecida. Y las situaciones rampa; no se solucionan de la noche a la mañana, sino con muchas correcciones. Tan solo hay que ver Japón que aparte del sushi nos ha exportado el término más odiado de la economía moderna: Estanflación. Cuando la economía no tira y los precios suben.

Y aquí es donde entra mi buen amigo ingeniero, mirándome a los ojos y diciendo que él ya ha trabajado lo suficiente, que ha tenido muchas renuncias y que ahora nos toca a los jóvenes pagarle la pensión a él que él ya dedicó muchos recursos a pagárselo a nuestros abuelos. Y tiene razón, pero a la par, a nuestros niños de 30 años, si les toca ahorrar para su casa, pagar las pensiones de sus progenitores, saldar con nuestra amada Agencia Tributaria (Hola Shakira) y ver como esta caterva de hijos de furcia nos mean y roban a manos llenas, al menos que se tiren esta primavera en las terrazas disfrutando de los rayos de sol y de la vida. Me conformo con jubilarme y que suene Pau Donés de fondo: "Se perdió el amor, se acabó la fiesta, ya no anda el motor que empuja la tierra, (...) Bonito, todo me parece bonito".