Un paseo por las cuevas de Guadalajara

11/05/2026 - 19:39 fcv

Hay una provincia que se ve y otra que permanece oculta. La de arriba son los campos de lavanda, las plazas empedradas y los pueblos de piedra. La de abajo empieza cuando bajas unos escalones excavados en la roca y todo cambia: la luz desaparece, la temperatura cae y el tiempo se detiene.

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Hoy vamos a hacer ese viaje juntos, un paseo subterráneo que recorre miles de años de historia de Guadalajara. Prepárate a sentir el frío de la piedra, el olor a tierra antigua y el silencio que solo rompe tu propio corazón latiendo.

Cueva de los Casares (Riba de Saelices)

Empieza en la Sierra del Ducado. Entras en la Cueva de los Casares y el mundo exterior se apaga. El aire es denso, húmedo, con ese olor mineral profundo que parece guardado desde siempre. Tus dedos rozan las paredes frías y rugosas de caliza.

Allí, bajo la luz temblorosa de una lámpara de grasa o tuétano, imagina a una mujer o un hombre del Paleolítico Superior -llamémosla Kala- concentrada en su trabajo. Con una herramienta de piedra graba caballos, ciervos, figuras humanas y escenas que algunos investigadores interpretan como las primeras representaciones de la reproducción humana (embarazo, parto). Casi 200 grabados rupestres, uno de los conjuntos más importantes del interior de la Península. El goteo constante del agua acompaña el silencio. Aquí el ser humano ya buscaba refugio bajo la tierra no solo para sobrevivir, sino para crear y ritualizar.

Cuevas Árabes de Brihuega

Avanzas en el tiempo y llegas a Brihuega. Bajo la Plaza del Coso, cruzas una puerta discreta (entrada habitual por el número 5). Al bajar, la temperatura se estabiliza en unos constantes 12 °C. El aire fresco y húmedo te envuelve. Las paredes conservan las marcas de los picos que las tallaron hace más de mil años.

Aquí te encuentras con Ahmed, un cantero de la época de Al-Andalus en la Marca Media. Escuchas el eco sordo de su maza contra la caliza mientras excava parte de ese impresionante laberinto de galerías (se habla de varios kilómetros en total; hoy se visitan cómodamente unos cientos de metros). Estas cuevas servían de almacén de grano y aceite, de vía de escape y refugio ante asedios. Los pasadizos conectaban casas y permitían que la vida continuara bajo tierra cuando la superficie era peligrosa.

Camilo José Cela, recorriendo la Alcarria, captó esa esencia: pueblos donde la historia se mira y se pisa… y se atraviesa por debajo. La visita actual es guiada, segura e iluminada, pero el tacto de la piedra y la sensación de claustrofobia protectora siguen intactos.

Bodegas

Sigues el hilo del tiempo hasta la villa ducal de Pastrana. Desciendes por escaleras de piedra bajo casas nobles o cerca del Palacio Ducal y el aroma cambia: dulce, terroso y profundo, el del mosto fermentando lentamente en la penumbra.

Catalina, una sirvienta al servicio de la Princesa de Éboli, baja con una vela en la mano. La luz recorta las siluetas imponentes de las tinajas de barro, algunas de casi dos metros de altura. Gracias a la temperatura constante, el vino y el aceite se conservaban perfectamente. Muchas viviendas principales conservaban esta “segunda planta” oculta: arriba el protocolo cortesano, abajo la autarquía económica.

En Gárgoles de Abajo, el fenómeno se multiplica de forma espectacular: un pequeño pueblo de apenas 80-90 vecinos que esconde más de 220 bodegas y unos cinco kilómetros de galerías subterráneas. Las “lumbreras” asoman entre la vegetación como chimeneas de un mundo invisible. Pasear por sus laderas es sentir que bajo tus pies late toda una ciudad paralela dedicada al vino.

Y en Horche, uno de los grandes tesoros vinícolas de la Alcarria, el subsuelo está horadado por casi 500 bodegas tradicionales, muchas de ellas del siglo XV-XVI y todavía activas. Allí el aire fresco y húmedo se impregna del mismo aroma ancestral. María, una vecina dedicada a las labores de la bodega, baja a revisar sus tinajas, donde el vino madura tranquilo gracias al abrazo constante de la roca.

1938: los búnkeres del Castillo en Abánades

El subsuelo vuelve a ser cuestión de vida o muerte en Abánades, durante la Guerra Civil. En el paraje del Castillo, bajas a los refugios y búnkeres excavados en la roca viva. El espacio se estrecha, el techo está bajo, el suelo es de tierra apelmazada.

Julián, un miliciano de diecinueve años, se resguarda aquí mientras afuera retumba la artillería de la Batalla de Guadalajara. El estruendo llega amortiguado por metros de roca. Apenas entra luz por rendijas de ventilación. Huele a humedad, tierra y restos de pólvora. No hay reconstrucciones bonitas: son posiciones reales, trincheras y abrigos que forman uno de los conjuntos más monumentales de la provincia. Hoy el Parque Arqueológico permite recorrerlas y comprender la crudeza de la guerra.

Años 80: las Cuevas de El Clavín

El mismo tipo de cueva que sirvió de refugio se transforma en los años 60-80 en El Clavín. Antiguas cuevas naturales reconvertidas en un complejo de ocio y restauración.

Marcos, un joven de la época, baja las escaleras y el frío de la piedra se mezcla con el calor de las luces de neón y el ritmo de la música disco. La roca vibra con los sintetizadores. Es el contraste más bonito: del Paleolítico al baile, del rito ancestral a la movida. Un pedazo de historia viva y reciente de Guadalajara.

Sima de Alcorón y el cierre del círculo

Para terminar el viaje en la actualidad (y en lo más salvaje), ve a la Sima de Alcorón en el Alto Tajo (Villanueva de Alcorón). Baja por la escalera metálica de caracol 63 metros hacia el interior de la tierra. La luz del día se convierte en un círculo lejano allá arriba. Abajo te espera un lago de agua cristalina, silencio absoluto y formaciones kársticas que parecen de otro mundo. Solo se oye el goteo del agua. Pura geología, sin personajes históricos, solo tú y la roca milenaria.

Al salir a la superficie, llevas algo dentro: la sensación de haber caminado por el tiempo. El tacto frío y húmedo de la piedra, el roce de los hombros en galerías estrechas, el cambio de presión en los oídos, el silencio sepulcral. La oscuridad ya no es vacío; es memoria viva.

Guadalajara sigue latiendo bajo tus pies. Muchas de estas cuevas y parajes son visitables (consulta horarios en Turismo de Brihuega, ayuntamientos locales o el Parque Natural del Alto Tajo). No dejes que te lo cuenten. Baja, siente y vive el secreto que la mayoría aún ignora.