28/08/2020 / 18:05
Tomás Gismera | Historiador


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Un poeta del pueblo: Jorge Moya

Jorge Moya de la Torre Muñoz-Caravaca nació para la poesía y la escritura en Guadalajara, aunque viese la luz del mundo en otro lugar, en Húmera, en la provincia de Madrid, el 22 de abril de 1883. A pesar de ello a la provincia llegó con apenas 12 años de edad y de la provincia salió cuarenta años después de su llegada. 


Por aquí cantó, escribió, creció, correteó, se enamoró, se casó y llegó a convertirse en protagonista de la vida cultural y política de la capital y de parte de la provincia.

A Guadalajara, provincia, llegó junto a su madre, cuando ella, Isabel Muñoz Caravaca, quedó viuda, buscó empleó de maestra y se lo dieron en la villa castillera de Atienza. Allí madre e hijo, nacieron para la literatura, la poesía y la protesta social, pues el hijo siguió los pasos de la madre en aquello de trabajar por lo que  ambos creían: la construcción de un mundo justo.

Jorge Moya, el hijo, continuó los estudios de maestro en la Guadalajara capitalina, mientras daba a conocer sus primeros escritos a través de la Atienza en donde comenzó a hacerse un gran hueco en la escasa vida cultural que la villa siempre ha tenido. Su pluma, en los últimos años del siglo XIX y los comienzos del XX se traza a través de las revistas Atienza Ilustrada, la Alcarria Ilustrada, el Briocense y, por supuesto, el semanario por excelencia de aquel tiempo, los primeros años del siglo XX, Flores y Abejas, para el que escribe algún que otro artículo, sus primeros poemas y, como corresponsal de la comarca, va dando cuenta de lo que por allí sucede.

En Atienza vivió hasta 1910, y en Atienza se casó con Tomasa Garcés, hermana de uno de los entonces médicos de la villa, Santiago Benito Garcés; junto a su mujer inició nueva vida en Guadalajara, tras obtener empleo en la capital, aunque no de maestro, pues a pesar de haber concluido los estudios de magisterio con notable aprovechamiento nunca ejerció, ya que tras obtener una plaza de auxiliar de secretaría en la Junta Provincial de Instrucción Pública, se dedicó a ella.
    Eran tiempos de cambios sociales de los que Jorge Moya no quiso escapar. Si su padre fue un convencido socialista y la madre una luchadora social, el hijo no podía ser menos; por ello, mientras escribía poesía, comparable a la misma poesía castellana que por entonces popularizaba a Antonio Machado, Jorge Moya pasó a formar parte del Comité provincial del Partido Republicano Federal, y se aproximó al Partido Socialista Obrero Español a partir de sus frecuentes colaboraciones periodísticas con la prensa obrera y progresista de la ciudad de Guadalajara. Y si anteriormente escribía en Flores y Abejas, tras su arribo a Guadalajara y su integración en la vida política, aunque fuese en la sombra, comenzó a colaborar con otros medios, entre ellos La Alcarria Obrera y Juventud Obrera, portavoces de la Federación Local de Sociedades Obreras, y Avante, órgano de comunicación del PS de Guadalajara, aunque también se publicaron artículos con su firma en otras cabeceras provinciales como La Orientación y El Liberal Arriacense. Poco a poco su firma se fue extendiendo a través de la prensa socialista por los cuatro puntos cardinales de España. Haciéndola popular, sobre todo por sus rimas directas y que, a modo de un ligero resumen de la vida diaria, o de una editorial, glosaba en verso la situación del momento.

Todos se van apagando,
y a lo lejos,
detrás de todas las sombras,
se van yendo.

Moya tuvo un papel protagonista en Guadalajara cuando en el mes de abril de 1917 la ciudad homenajeó al doctor Benito Hernando y le puso calle junto al Arcipreste de Hita a quien poco menos que había dado a conocer nuestro protagonista. Sus palabras fueron, según las crónicas, de las más aplaudidas al glosar la vida y obra del que definió como “patriarca de las letras”, Juan Ruiz de Cisneros.

Y mientras ejercía su oficio en Guadalajara, también hacía sus pinitos en el teatro, llegando a estrenar en el madrileño teatro Español la única obra que vería la luz. Las críticas no fueron buenas y tras las primeras funciones, después de retirarse la obra, dejó el teatro para mejor ocasión.

A pesar de que la obra “La razón del mal amor”, estaba protagonizada por algunos de los actores y actrices que entonces aseguraban el éxito, entre ellos Ricardo Calvo y Carmen Moragas, de quien no se ocultaban sus flirteos con el rey Alfonso XIII. El 28 de febrero de 1920 se estrenó la obra a la que, cuentan, asistió de incognito el propio Rey.

También había dado a la imprenta algunos de sus trabajos, sobre todo manuales de enseñanza, al igual que hacían los maestros de su tiempo, entre ellos “Contestaciones para las oposiciones de Secretario de Ayuntamientos: primer ejercicio”, y “Breves lecciones de escritura al dictado con ejercicios prácticos y de composición”. 

En 1932 daría a conocer su primer y único libro de poemas: “Cármina”, en el que reunía muchas de las composiciones vertidas en la prensa, que ya se contabilizaban por cientos.

Ya escribía, a diario, en el periódico El Socialista, para el que dejaba sus conocidos “Trinos”, alguno de los cuales formaban parte de sus premoniciones:

Entre la tierra  y el cielo glacial,
abre las alas el genio propicio
del mal,
en la hora fatal
en que acechan el mundo dormido
el Silencio, el Temor, el Olvido…

   Al proclamarse la II República Española, el Director General de Primera Enseñanza, Rodolfo Llopis, por indicaciones del entonces Alcalde de Guadalajara, Marcelino Martín y de uno de los docentes más prestigiosos de la provincia, Modesto Bargalló, fue nombrado secretario particular del Director General, pasando a residir a Madrid. Corria el año de 1931.
    A partir de aquí su vida, como la de su mujer e hija, pasarían por la capital de España, donde no tuvo mucho tiempo para darse a conocer en los ámbitos culturales; la enfermedad llegó y a pesar de que continuaba escribiendo, las salidas de su casa, un chalecito junto al parque del Retiro, se fueron espaciando, aunque no faltasen, a diario, sus Trinos poéticos.
  

 El 16 de julio de 1933 publicó el último, con un nombre provincial: 

Un brindis por Torija:
Valle de Torija,
con sus altos chopos
y sus ruinas graves
y su claro arroyo…
Torija con sus callejas
tuertas, amables y oscuras,
escenario de aventuras
que no han ocurrido nunca….

La tarde del 23 de agosto de 1933, una bronconeumonía se lo llevó para siempre. Al día siguiente su cuerpo recibió sepultura en el cementerio civil de la Almudena y su nombre pasó al olvido. A pesar de que su poesía, siempre viva, continúa sobrevolando el horizonte provincial. Los cuatro horizontes de la provincia, tienen su canto:

Junto al camino, el arroyo,
y ante el arroyo, la venta
con su vino y con sus coplas,
sus pícaros y sus recuas…
trotó la yegua, el  jinete,
la abandonó a la querencia…

    

 

   


 


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