Recado de escribir
Me gusta el detalle que tienen algunos hoteles de dejar, en la mesilla de noche, un lapicero y un bloc de notas en previsión de que el cliente, ya en la cama, somnoliento, o recién despertado, sin despabilar del todo, tenga la necesidad de apuntar algo, un recordatorio para el día siguiente, quizá la trama del sueño del que nos sacó, inoportuno, el despertador.
Mejor lápiz que bolígrafo, y con borrador al extremo. Recado de escribir se llamó, durante siglos, a los útiles necesarios para escribir o firmar, para garabatear un mensaje o redactar una carta que, correo mediante, tuviera su correspondencia: la pluma, el papel, la tinta y su tintero, el secante, la salvadera y la arenilla, el carboncillo… Qué maravilla, en tiempos de ordenadores y wasap, encontrar hoy en día aquellas maletas portátiles al estilo de las usadas por los pintores paisajistas, aquellas cajas de escribano, en algunos anticuarios o mercadillos. O aquel mueble, el buró, que se abría bajando el tablero donde escribir, con sus pequeños cajones y compartimentos. En casa de mis padres, a falta de despacho, pues no sobraba un metro cuadrado, el buró acumulaba las cartas que llegaban, los recibos y facturas. Siempre estoy atento cuando aparece el recado de escribir en algún texto de Ruano, que lo pedía nada más llegar al Café Gijón, de Umbral o Raúl del Pozo, en alguna novela de Cela o Eduardo Mendoza. Siempre llevo a mano, en mi mochila, alguno de esos lápices con el nombre de un hotel para anotar, subrayar y borrar sin agredir al libro, aunque ese es otro tema.
Acabo la jornada, y con ella una dura semana, caminando hasta una librería de libros de ocasión a la que voy a menudo, donde predominan los de segunda mano sobre los antiguos. No diré dónde. Echo un vistazo, más por hábito que por búsqueda de algo en concreto, a una pila de libros y me encuentro, para sorpresa mía, allí donde se acumulan joyas de la literatura en libros de bolsillo que no llegan a los cinco euros, un ejemplar de la primera edición española de Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez, con su inconfundible portada realizada por Vicente Rojo, Barcelona, marzo de 1969. Busco el precio y no lo tiene apuntado. No puede ser, ahora me pedirá 500 euros y me dirá que no estaba en su sitio, pienso para mí. Me llevo otros dos, uno de Süskind y otro de Stevenson, por uno y dos euros respectivamente. Mira el tercero sopesándolo en detalle hasta que, finalmente, me da el veredicto: dos euros. No me odien: estas cosas a veces pasan, y hoy me ha tocado a mí.