19/11/2019 / 22:41
Tomás Gismera / Historiador


Imagenes

Atienza y su danza de la muerte

Recordamos algunos gestos que tuvieron nuestros antepasados con sus fallecidos.


En los días de santos y difuntos, en los que los cementerios se llenan de recuerdos, y algunas flores, nos vienen a la memoria algunos gestos que tuvieron nuestros antepasados con sus difuntos. Gestos, o ritos perdidos en la actualidad, y que formaron parte de la cultura y el diario vivir.

No han sido recogidos a través del tiempo, en toda su extensión, algunos de esos ritos que en torno a la muerte y sus circunstancias tuvieron lugar a través del tiempo en la zona serrana de Atienza. Al día de hoy, la despoblación de muchos pueblos impide incluso llegar a conocer parte de los que se llevaron a cabo en torno al fallecimiento y entierro, y que se mantuvieron hasta bien entrado  el siglo XX como herencia transmitida a través de las generaciones, en rito religioso que debía de ayudar a encontrar el camino de la vida eterna a quienes dejaban la mundana, al tiempo que ayudaba a las almas en pena a traspasar el umbral del purgatorio de la mejor manera posible.

En el rico archivo eclesiástico de Atienza se conservan, más o menos con los datos suficientes para darnos cuenta de su función y significado, los libros de cuentas y fundaciones de las cofradías de ánimas de la villa. Cofradías habituales en la práctica totalidad de pueblos de la provincia. En Atienza se contabilizaban seis cofradías de ánimas, una por cada una de las parroquias.

La más antigua de la que se conservan datos, la de Ánimas del Purgatorio de la iglesia de San Salvador, cuya constitución parece remontarse a 1605, probablemente como heredera de otra anterior. Tras esta nacería la de La Piedad y Benditas Ánimas del Purgatorio de la iglesia de La Trinidad, así como las que después se establecieron en las iglesias de San Juan, San Gil, San Bartolomé y Santa María del Rey.

La función de estas cofradías, sin adentrarnos en los entresijos de cada una de ellas, era más o menos la misma: dar culto a los difuntos, ofreciendo misas, novenarios, e incluso colaborando en los gastos de funeral o entierro cuando la familia carecía de medios para ello.

La muerte, junto a la boda y el bautizo o nacimiento, ha sido siempre uno de los grandes fastos de todo pueblo. El momento de demostrar, la familia o el interesado, su poder económico o su acendrada religiosidad. De una familia “pudiente”, ha de salir un bautizo señalado. Una boda por todo lo alto y un no menos distinguido funeral.

Si tomamos para ejemplo en esta ocasión las últimas constituciones del Cabildo de Clérigos de Atienza, elaboradas en pleno siglo XVIII, obtendremos de sus capítulos todo un complejo ceremonial de entierro, con sus clases o categorías, y sus costes.  

Dado que los registros civiles no comenzaron a tener efectividad hasta el último tercio del siglo XIX -con anterioridad a su institución todo registro se llevaba a cabo a través de los libros parroquiales-, en ellos se registraban nacimientos, matrimonios y claro está, defunciones. Las partidas de defunción, por orden episcopal, debían anotarse con todo tipo de detalles y en la mayoría de ellas se recogen desde las causas de la muerte, hasta las circunstancias que rodeaban al fallecido.

Por supuesto, a la partida de defunción correspondiente se le añade su testamento eclesiástico, ya que el cura, además de ayudar al bien morir, debía de velar para que una parte de los bienes fuese a parar a la iglesia. Por supuesto que a todo enfermo se le debían de llevar y administrar previo al momento del tránsito, los sacramentos.  Comprobada la defunción, bien por el médico, bien por persona competente para ello, el difunto era vestido, amortajado con sus mejores ropas, habitualmente negras, como paso previo al velatorio y posterior funeral.

No hubo una legislación efectiva sobre el tiempo que los cadáveres debían de permanecer insepultos hasta que las primeras epidemias de cólera que asolaron España en 1833-34, obligaron a ello. Entonces se estableció en veinticuatro horas el tiempo mínimo que había de pasar entre la verificación del fallecimiento, y el entierro. Ya que algunos enfermos fueron sepultados vivos.

No fue cosa habitual, hasta finales del siglo XIX y comienzos del XX, el que se dijesen las misas “de cuerpo presente”. Lo más habitual era que se llevase a cabo el entierro directamente, desde la casa del difunto al cementerio de forma ceremonial.

Reglados estaban por la iglesia los tres tipos de entierro, de primera, segunda y tercera clase; en los que podían participar desde uno a los sacerdotes que se hubiese establecido en el testamento. De la misma forma que estos podían llevar mejores o peores vestiduras talares en función de lo que se mirase en gastos. E igualmente, desde la casa mortuoria al cementerio, dependiendo de la disposición económica, se podían hacer de una a tres paradas para los correspondientes rezos. 

Tres paradas, tres curas y tres dalmáticas de brocado y oro, con sus correspondientes cruces, plañideras y sacristanes podían corresponder a un funeral de lujo, y si el difunto iba en caja propia, aún más, ya que tampoco fue habitual el que a los muertos se les enterrase en cajas de madera como ahora conocemos, sino que en la mayoría de las ocasiones se los depositaba en la sepultura envueltos en un sudario, siendo habitual el que para el traslado desde la casa al cementerio hubiese unas parihuelas comunales, o propiedad de la iglesia, que en forma de caja mortuoria, sin tapa hasta el primer tercio del siglo XIX, y cubierta después, fuese llevado el muerto para ser depositado en la sepultura.

Al día siguiente tenía lugar, con toda pompa, la misa de difunto, en la que en el centro de la iglesia se colocaba algunos de aquellos catafalcos que con mayor o menor historiografía mortuoria fueron habituales en todas las iglesias.

Después, dando cumplimiento a todas y cada una de las cláusulas testamentarias, tan sólo cabía esperar el momento de la resurrección.

De todo ello es de lo que nos habla el “catafalco” mortuorio, en la actualidad expuesto en el coro de  la iglesia Museo de La Santísima Trinidad, labrado en el siglo XVII o XVIII para la iglesia de San Juan del Mercado al popularizarse, como en la época del románico las escenas labradas en las puertas, exponer en estos catafalcos la “danza de la muerte”, con leyendas alusivas a la vida y por supuesto a la muerte.

 

 

No era este el único que existía en la iglesia, ya que los hubo con, y sin decoración. Uno para los entierros y misas de primera, y otro para los de segunda y tercera que, como es lógico, podemos fácilmente adivinar cómo eran: el de primera el que se nos presenta; el de segunda, sin historia, pero cubierto por un paño negro; el de tercera, simplemente, la urna.

Siempre se situaba en el centro de la nave de la iglesia; por ello las pinturas se pueden observar desde cualquier ángulo.

Benito Rodríguez Arbeteta (Nemini Parco. El mundo de los difuntos: culto, cofradías y tradiciones. San Lorenzo de El Escorial, 2014), nos descifró el contenido de cada una de las escenas, y su consiguiente leyenda latina:
- A nadie respeto, puesto que todos morimos, y para morir nacemos.
- La eternidad depende de un instante, ya que salvarse, o alcanzar el cielo, depende de ponerse a bien con Dios, aunque sea en el  último momento de la vida.
- Toda nuestra vida debemos aprender a morir. Puesto que para ello nacemos, por lo que debemos llevar una vida, a ser posible, cristiana, que nos prepare para alcanzar la gloria.
- El destino de los hombres es morir una sola vez, ya que nadie nos librará de la muerte.
- No temas a tu sentencia de muerte, pues si estás en paz y gracia de Dios, nada debes de temer.
- Porque el hombre se va a su morada eterna. Que es el cielo, o el Paraíso. Al lado del Señor. El destino final del último viaje.
- La luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la percibieron. Que también quiere decir que quien no viviera en gracia de Dios y no atendiera su palabra y sus leyes, que a lo largo de la vida le mostraron, terminará en la oscuridad: en el infierno. Al lado de Dios vencerá a la muerte.

La solución a las siete leyendas no es difícil entenderla, a pesar de que están sacadas, principalmente, del Eclesiastés, el Antiguo Testamento, etc.

El de Atienza es uno de los pocos catafalcos que van quedando por la provincia de estas características, si  es que queda alguno más, por ello, además de ser una pieza de museo, es digna de admiración, puesto que nos traslada a las creencias de hace tres o cuatro siglos, cuando todo, incluso en el firmamento, eran señales. Por ello de cuando en cuando, conviene pasarse a verlo, y admirarlo en su marco, con todo el conjunto del Museo al que ahora pertenece.
Dicho queda.

 


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