22/06/2019 / 12:31
Luis Monje Ciruelo


Imagenes

Ceremonia en la Catedral

Todavía pueden verse, ochenta años después, en torno a las aspilleras de las torres de la catedral, las señales de los balazos de las tropas nacionales respondiendo a los disparos de los milicianos.


Cuando entro por primera vez en alguna catedral, por lo general de altos muros y esbeltas columnas, siento una sensación de pequeñez, de insignificancia, de naderia, que me acompleja, y si es para asistir a solemnes ceremonias con jerarquías sociales y religiosas la impresión es mayor porque me siento transportado a muchos siglos atrás en que personas como yo, que no han sido más que números en la organización social, pasaron por el tiempo como un parpadeo en la eternidad, “como verdura en las eras”, al decir de Jorge Manrique en sus famosas estrofas a  la  muerte de su padre. Y digo esto después de conocer las más famosas catedrales de Europa, América, y mezquitas de Turquía y Egipto. Eso pensaba, más o menos, mientras veía y olía el incienso que se elevaba hacia las altas bóvedas durante la misa de rito mozárabe que oficiaba el arzobispo de Toledo en presencia de varios obispos, de la sociedad seguntina y de autoridades provinciales civiles y militares que llenaban la cabecera del templo con motivo de la clausura del año jubilar (en la Brújula  de la próxima semana recordaré mi primera visita a la catedral diocesana  después de las bombas y cañonazos de octubre de 1936 y ser desalojada por los milicianos que en ella se encerraron con algunas mujeres y se hicieron fuertes durante una semana pese a los ataques del enemigo). Todavía pueden verse, ochenta años después, en torno a las aspilleras de las torres de la catedral, las señales de los balazos de las tropas nacionales respondiendo a los disparos de los milicianos, a la vez que se emplazaban cañones en el Cerro Montayano, y el Barranco Botija, en el valle de Palazuelos, e incluso desde debajo de un nogal centenario a trescientos metros del pueblo, junto a las eras, en las que todavía se estaba trillando,  la vez que un cañón del calibre 15,5, la categoría máxima, disparaba a cero desde la Alameda, lanzaban sus obuses contra Sigüenza. (En mi libro Memorias de un niño de la Guerra, agotado en sus dos ediciones, hablo con más detalle de estos hechos.)


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