26/04/2019 / 17:49
Emilio Fernández Galiano


Imagenes

Chaqueteros

Hace décadas, el término chaquetero era un agravio, un oprobio para quien lo recibía. El ‘cambiar de chaqueta’ suponía una cesión de dignidad dificilmente justificable.


Me alegró ver al Tigre enfundándose de nuevo la chaqueta verde como campeón del Master de Augusta, ejemplo de superación ante los baches de la vida. Siempre he pensado que la chaqueta es una prenda elegante, tradicional, el mejor envoltorio de nuestro cuerpo y el que mejor puede cubrir nuestras caprichosas formas corporales, con sus adecuadas medidas, claro. En sus múltiples versiones, nos acompaña en los momentos más importantes de nuestras vidas. Y tengo a gala de tener como amigo a uno de los mejores fabricantes nacionales, el sastre aragonés Justo Gimeno. 

Escuchaba  a mi abuela cómo en la posguerra se le daba la vuelta al paño para paliar el desgaste. Precisamente, al parecer, de ahí viene el término chaquetero, cuando en el siglo XVI durante la reforma luterana algunos utilizaban forros de distinto color para en función de sus intereses cambiar de bando como de chaqueta.

Hace décadas, el término chaquetero era un agravio, un oprobio para quien lo recibía. El “cambiar de chaqueta” suponía una cesión de dignidad difícilmente justificable. Me refiero a tiempos de la Transición aunque los saltimbanquis han existido siempre, exactamente, desde que existe la traición. De las definiciones que aparecen en los diferentes diccionarios de la red, me quedo con la de “que cambia de ideas o partidos por intereses propios”. Y, principalmente, por la aclaración a la definición. Esto es, que “por intereses propios cambia de partido”. Ante la inmediatez de las próximas convocatorias me sorprende la retahíla de políticos que han cambiado de color. Tal vez porque nuestra actual clase política depende demasiado de sus partidos para sobrevivir y, cuando éstos les rotan, buscan, como los mochuelos, refugiarse en otro olivo. 

Sir Winston Churchill cambió de partido en sucesivas ocasiones y, al margen de algún posible factor estratégico, lo hacía por lealtad a sus principios. Y también dudo que en la actualidad haya muchos políticos de su talla. Y, por fin, Churchill, además, era rico. 

Felices elecciones y que disfruten de los resultados. Aunque nunca llueve a gusto de todos. O de casi todos. 


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