Cuando la militancia se confunde con el hooliganismo


Hay algo preocupante en el clima político actual, y no tiene que ver solo con los resultados electorales ni con los pactos parlamentarios. Tiene que ver con la actitud. Con esa tendencia cada vez más visible a convertir la militancia en una especie de hinchada acrítica, donde lo importante ya no es entender la realidad, sino defender al líder pase lo que pase.

Ser militante debería implicar compromiso, sí, pero también pensamiento propio. Debería significar apoyar un proyecto político porque se cree en él, no porque se idolatra a quien lo encabeza. Y, sin embargo, en demasiadas ocasiones lo que vemos es una reacción automática: si el líder habla, se aplaude; si alguien cuestiona, se ataca.

El caso del Partido Socialista Obrero Español es un ejemplo claro del momento que vive nuestra política. Los resultados en distintos territorios no han sido homogéneos, y en algunos lugares, han supuesto retrocesos evidentes. A nivel nacional, el Gobierno se sostiene con una aritmética ajustada, dependiendo de acuerdos frágiles y negociaciones constantes. Esa es la realidad, guste más o menos.

Pero reconocer esa realidad no debería ser motivo de enfrentamiento interno. Todo lo contrario. Cuando una parte de la militancia se niega siquiera a admitir que existen problemas, el partido pierde capacidad de reacción. Porque la autocrítica no debilita; fortalece. Lo que debilita es el autoengaño.

Convertir la política en una batalla emocional permanente solo conduce al desgaste. La ciudadanía percibe la tensión, la inestabilidad, el tacticismo. Y cuando percibe que las bases de un partido actúan más como defensores incondicionales que como ciudadanos críticos, se genera desconfianza.

La democracia interna es incómoda, pero necesaria. Exige debate, matices y, a veces, discrepancias públicas. No es traición señalar errores; es responsabilidad política. Nadie —ningún dirigente, ningún partido— está por encima del análisis sereno de los hechos.

La militancia no debería ser una grada. Debería ser un espacio de reflexión colectiva. Porque cuando el aplauso sustituye al criterio, la política deja de ser un ejercicio de responsabilidad para convertirse en un ejercicio de fe.

Y la fe, en democracia, nunca ha sido buena consejera.