Deli Lara García, la agricultora que dejó Madrid para defender la tierra que la vio nacer
Usanos, pequeña pedanía del municipio de Guadalajara enclavada en la Campiña del Henares, parece un remanso de tierra fértil detenido entre terrazas fluviales y suaves ondulaciones. A 855 metros de altitud, rodeada de amplios campos de cereal de secano y atravesada por los arroyos Valdelasviñas y Valhondo, esta tranquila aldea agrícola de 209 habitantes guarda el pulso silencioso y terco de la Alcarria más cercana a la capital. Aquí nació Deli Lara García y aquí regresó después de probar el mundo urbano.
Ella misma lo cuenta con esa mezcla de nostalgia y convicción que la define: desde pequeña se subía al tractor con su padre y ya sabía que su sitio estaba entre surcos. Trabajó en marketing en Madrid, pero el campo la reclamó. Dejó la ciudad, volvió a la explotación familiar y hoy la gestiona sola, con las manos en la tierra y la cabeza bien alta. En 2022 dio otro paso valiente: entró en la junta directiva de ATICA Guadalajara, convirtiéndose en la primera mujer de la organización. “Los alimentos salen del suelo, no de las placas solares”, dice con firmeza cuando habla de las amenazas que ve a su alrededor.
Deli denuncia con claridad y sin dramatismo cómo las administraciones están ocupando tierras de labor buena con instalaciones fotovoltaicas. “Es vergonzoso”, afirma, y recuerda que mientras un agricultor puede ser multado por arrancar una simple retama, se destruyen caminos y campos para poner paneles. Pero no se queda solo en la queja: defiende con pasión su profesión y lanza un mensaje directo a las nuevas generaciones: “Si les gusta esta profesión, que sigan adelante. Es muy bonita”.
En Usanos todos la conocen como Deli, la mujer que volvió del asfalto para cuidar la tierra que la crió. La que pelea porque el campo siga siendo campo y no un mar de paneles. La que demuestra cada día que la agricultura no es solo un oficio del pasado, sino una forma valiente y necesaria de estar en el mundo. Y lo hace con la misma naturalidad con la que de niña se subía al tractor con su padre: sin aspavientos, con las botas llenas de tierra y el corazón lleno de futuro. Porque para ella la vida no está en las oficinas de Madrid, sino aquí, entre los surcos que la vieron crecer.