05/07/2020 / 12:59
Jesús Orea


Imagenes

Dos escritores notables y una princesa sobresaliente

Fue tan singular e interesante la vida de la Princesa de Éboli que su personaje ha sido tratado por grandes autores desde Santa Teresa de Jesús hasta el compositor Verdi,  pasando por Kate O´Brien y Almudena de Grandes.


Si hay un personaje histórico en España, especialmente vinculado a nuestra provincia, famoso por su confinamiento –el subconsciente no me traiciona, simplemente sigue ahí también en tiempos de pandemia-, ese es sin duda el de la Princesa de Éboli y Duquesa de Pastrana, Ana de Mendoza y de la Cerda. La tuerta también más famosa de la historia hispana nació en Cifuentes en 1540 y murió en Pastrana a la edad de 52 años, en 1592, después de una vida azarosa, poliédrica, rocambolesca a veces, apasionada, apasionante, polémica y tremendamente escandalosa para la época. Fue tan singular e interesante la vida de la princesa que, por supuesto, tiene un lugar destacado en la historia de aquella España en la que no se ponía el sol, al tiempo que ha merecido la atención de la literatura pues su personaje ha sido tratado por grandes escritores, desde Santa Teresa de Jesús –en el capítulo XVII de Las Fundaciones (1573-1582)-, hasta el alemán Federico Schiller –en su Don Carlos, infante de España (1787)-, pasando por el francés César Saint Real –en Don Carlos. Nouvelle historique (1672)- y llegando al celebérrimo compositor italiano Giuseppe Verdi que en su conocida ópera Don Carlo (1867) otorga un papel protagonista a la de Éboli. No son estos cuatro los únicos autores que han escrito obras donde aparece Ana de Mendoza con papel protagonista o secundario, pero sí constituyen un significativo botón de muestra del foco que la literatura ha puesto en ella, tema que hoy nos ocupa, aunque vamos a ceñirlo a dos novelas históricas de sendas escritoras notables: Esa dama, de Kate O´Brien (1946), y La Princesa de Éboli, de Almudena de Arteaga (1998).

Antes de profundizar en ambas obras lo profundizable en un artículo de extensión tasada como es este, más que quiero, debo hacer referencia a la conferencia que el eminente filólogo y catedrático de Humanidades en la Universidad de Cornell (EEUU), el pastranero Ciriaco Morón Arroyo, pronunció en la villa ducal en 1992 sobre La Princesa de Éboli en la literatura  dentro de un ciclo conmemorativo del IV centenario de su fallecimiento, organizado por la Diputación Provincial y el Ayuntamiento de Pastrana con la colaboración de la lamentablemente desaparecida Caja de Guadalajara. Por fortuna, las palabras que conformaron aquellas conferencias no se las llevó el viento y se reunieron en una publicación titulada La Princesa de Éboli y Pastrana que, por supuesto, hemos consultado para documentar este “Guardilón”. Concluyo esta, entiendo, obligada referencia, citando una frase de Ciriaco Morón que creo que compendia y refleja muy bien la realidad y la literatura de la dama tuerta: “(…) nuestra princesa de Éboli no ha tenido buena prensa. Como figura histórica parece que fue una mártir de los tejemanejes de sus padres, de su marido, y de las intrigas del rey y de Antonio Pérez”. Las dos novelas que vamos a comentar –la segunda, incluso editada seis años después de quedar dichas estas palabras por Morón-, sin dejar de ser novelas y, por tanto, mezclándose realidad y ficción en ellas, confirman esta aseveración de la cruz a la fecha.

Kate O´Brien fue una escritora irlandesa (1897-1974) que se interesó por la cultura hispana cuando vino a Bilbao a aprender español y a trabajar como institutriz de José María de Areilza, quien terminaría siendo un político relevante en el tardofranquismo y, especialmente, en la Transición, llegando a ser Ministro de Asuntos Exteriores. O´Brien se acercó a la princesa de Éboli tras estudiar previamente a Santa Teresa de Jesús. Público y notorio es el enfrentamiento que ambas mujeres de fuerte carácter tuvieron cuando la princesa, un tanto descolocada y perdida por la muerte de su marido, Rui Goméz de Silva, cuando ella apenas contaba con 33 años de edad, decidió profesar en el Convento carmelita de San José, recientemente fundado por Santa Teresa y beneficiado por los príncipes de Éboli y Duques de Pastrana. Fue tan tremendo el revuelo que se montó en el convento con las exigencias de trato de doña Ana en una fundación teresiana tan austera y alejada de dignidades y privilegios, que la futura santa abulense ordenó a sus monjas abandonarlo, fundando con ellas el convento carmelita de Segovia. La escritora irlandesa refleja con mucho detalle este fragoso capítulo de la vida de la princesa que, sin duda, contribuyó a que la historia y, después, la literatura, le adjudicaran epítetos como soberbia, caprichosa y hasta un tanto alocada.

La novela de Kate O´Brien está escrita en tercera persona y se desarrolla entre octubre de 1576 –tres años después de la muerte del príncipe de Éboli- y junio de 1592 –cuatro meses después del fallecimiento de la princesa-. Desde el preámbulo, la autora advierte que se trata de una novela y que aunque los personajes y las grandes líneas de acontecimientos son reales, “todo lo que dicen o escriben en mis páginas es inventado”. La escritora plantea en su novela dos grandes tesis afectivas y sensuales, en las que se recrea continuamente: a Felipe II siempre le atrajo Ana de Mendoza e incluso estaba “un poquito enamorado” de ella -como dice la conocida canción de Mocedades titulada “Secretaria”-, y la relación sentimental entre la princesa y el secretario del rey, Antonio Pérez, solo llegó tras enviudar ella, pero fue de una gran complicidad y apasionamiento. O´Brien igualmente se apunta a la idea de que, al menos de adolescente, Ana estuvo también un tanto enamorada de Felipe II y que, incluso, soñó con ser su esposa y reina de España. Como en toda novela que se precie, y más en ésta en que la historia verdadera da lugar a ello, las tramas entretejidas de amor y de muerte son sublimes: el rey manda a Pérez, “por razón de Estado”, matar a Juan de Escobedo, el secretario de don Juan de Austria, y Pérez aprovecha que Escobedo conoce y amenaza con hacer pública la relación del secretario del rey con la princesa de Éboli para ordenar su muerte. Kate O´Brien concluye en su novela que el duro y largo confinamiento –los 13 últimos años de su vida- al que el rey somete a Ana –primero en la torre de Pinto, después en Santorcaz y finalmente en su propio palacio de Pastrana-, fue más debido a sus celos por sus amores con Pérez que a otras razones de las que se la acusó como complicidad en el asesinato de Escobedo o mala administración de sus estados. En todo caso, lo que sí se trasluce en esta novela es el fuerte vínculo afectivo que la princesa de Éboli sentía hacia Pastrana y sus gentes –a buena parte de ellas las llevó su marido allí para impulsar la industria de la seda-, aunque la escritora irlandesa se despista cuando describe su paisaje, pues lo hace refiriéndose más al tópico mesetario castellano de la tierra de Campos que a la quebrada Alcarria de la vega el Arlés. Terminaremos diciendo que esta novela ha inspirado varias películas y series de televisión; citaremos la primera y más internacional, titulada La Princesa de Éboli, dirigida en 1955 por Terence Young y con Olivia de Havilland en el papel de protagonista. Una tuerta bellísima.

Almudena de Arteaga, autora de la siguiente novela a la que nos vamos a referir y que lleva por título La Princesa de Éboli, es la actual duquesa del Infantado –y marquesa de Santillana, entre otros títulos-; o sea, es descendiente directa de Ana de Mendoza. El ducado lo detenta desde 2018 y la novela la escribió veinte años antes, cuando es muy probable que ni siquiera soñara con la posibilidad de ser algún día la titular de una de las dignidades más señeras de la nobleza española como es la del Infantado. Almudena de Arteaga tiene actualmente 53 años, es historiadora y abogada, además de escritora de éxito, hecho avalado por la publicación de catorce novelas –precisamente la primera fue esta de la princesa- y varios ensayos y relatos, obteniendo algunos premios de prestigio como el “Azorín”, el “Algaba” o el “Alfonso X el Sabio” de novela histórica. Esta novela, a diferencia de la de la irlandesa, recoge prácticamente la vida completa de la princesa de Éboli y está escrita en primera persona, como si se tratara de un relato completo que ella hace de su vida a su hija pequeña, Ana. Por cierto, O´Brien, a la menor de las hijas de Ana, la llama “Anichu” en su obra, un diminutivo familiar vasco un tanto extemporáneo que, sin duda, fue inspirado por su paso por Bilbao. La extensión de la obra de la irlandesa es casi el doble que la de la española, recreándose aquélla mucho más en los detalles, en las situaciones episódicas y en los personajes secundarios, mientras que ésta es mucho más fiel a la historia documentada y se detiene principalmente en los hechos de mayor relevancia, aunque también se aprovecha de la ficción para dar fuerza, interés y carga dramática a su novela. Aunque el hilo argumental de ambas obras es común y se ciñen bastante a los trazos gruesos de la historia, hay algunas diferencias de hilo notorias: mientras  O´Brien apuesta por un amor frustrado, pero evidente, entre Ana y el rey, y una amistad cultivada y profunda entre ambos,  Arteaga apenas insinúa entre líneas lo primero y no refleja lo segundo. En todo caso, se trata de dos buenas obras, con un gran nivel literario, capaces de interesar y entretener, al tiempo que de recrear y novelar la historia, ora verdad ora solo fama, de un personaje atrayente, singular y apasionante como pocos, que nació en Cifuentes y vivió mucho tiempo y murió en Pastrana. Y se trata, nada más y nada menos, que de una Mendoza seductora, coqueta, caprichosa, imprudente, atractiva… y tuerta desde niña cuando perdió el ojo derecho jugando a espadas con un paje. Una figura, sin duda sobresaliente en la historia. Y en la literatura.


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