El convento de Jesús del Monte
La Alcarria, pródiga en agua, pródiga en miel. Recostada en pendiente sobre una ladera que mira al sur, donde brotan fuentes y manantiales de afamadas aguas, la antigua villa de Loranca de Tajuña muestra con orgullo su nítida estampa de sabor alcarreño.
Sus empinadas calles, flanqueadas por dos arroyos, se agrupan en altura bajo la silueta renacentista de la iglesia de san Pedro Apóstol, de adornadas portadas y alta torre, ceñida por fuerte barbacana. Desde allí se contempla, hasta donde la vista alcanza, un bellísimo panorama de huertas, colinas, cultivos y olivares. Y, ya en el valle, el río Tajuña, el Tagonius romano, sucede en fértil vega, antes de dejar atrás las tierras de Guadalajara.
Cerca del caserío, sobre una de las eminencias que coronan la villa, en el llamado monte Pombo, asoman las dolientes ruinas del convento de Jesús del Monte, casa de retiro, estudio y reposo, fundado en 1558 por los jesuitas del Colegio Máximo de Alcalá de Henares, destinado a profesores y estudiosos de filosofía y teología. Desafiando el sol, las lluvias y los vientos, aún se conservan los desmoronados vestigios de la gran fachada principal, del horno y de la bodega, el aljibe, casi completo, parte del sótano, portadas y restos de yeserías.
Volvamos atrás. A mediados del siglo XVI, varios grupos de jesuitas de Alcalá, montados sobre mulas, viajaban por la Alcarria en busca de un lugar apropiado para levantar una morada conventual. Así lo había ordenado el segundo general de la Compañía de Jesús, Diego Láinez, nacido en Almazán de madre seguntina, uno de los seis jóvenes que siguieron a Ignacio de Loyola a la hora de fundar la institución, en 1540. Una de estas partidas, comandada por el padre Pedro de Ribadeneira, amigo y luego biógrafo de Ignacio, llegaba a Loranca de Tajuña. Al recorrer los alrededores de la población, los viajeros descubrieron una extensa y alta llanada, sobre los montes que circundan la villa, en apacible y solitario paraje con abundantes fuentes, situado no lejos de la urbe alcalaína.
De regreso a Alcalá, el jesuita redactó un informe aconsejando construir en aquel lugar el deseado convento. Laínez aprobó la propuesta y, sin más dilaciones, formó un grupo de trabajo, bajo su alta dirección, compuesto por tres personas: Ribadeneira, el arquitecto jesuita Bartolomé Bustamante, encargado de trazar los planos de la nueva edificación, y Fernando de Mena, catedrático de Medicina y, más tarde, médico de cámara de Felipe II, responsable de las condiciones de higiene y sanidad del inmueble.
Nacía así el convento de Jesús del Monte. Solemne y austero conjunto arquitectónico, cerrado por fuertes muros de piedra y dotado de un gran pórtico, articulado en dos amplios patios, a modo de claustros, con zaguanes y galerías de doble planta, que contaban con una treintena de aposentos individuales, dos cocinas, el refectorio y otras salas y cámaras. Ambos patios estaban unidos por un ámbito central y comunitario donde se ubicaba la iglesia, de una sola nave, la sacristía, la extraordinaria biblioteca y el aula de docencia. El convento disponía también de bodega, lagar y nevera, ésta excavada en la roca, cuadras y pajares, corrales y esquileos, y de un cercado exterior, también murado, en el cual se alzaban depósitos y cuartos de aperos, sito en un lugar denominado “la era de los frailes”.
Cuentan los viejos legajos qué en Jesús del Monte habitaron, a lo largo de los tiempos, ilustres personajes de la Compañía. Entre otros, figuran el mismo Diego Láinez, Alfonso Salmerón y Nicolás de Bobadilla, compañeros de san Ignacio, y Francisco de Borja, tercer general de la orden, o el memorable historiador Juan de Mariana. Aquí vivió sus últimos días, en 1604, el teólogo jesuita Gabriel Vásquez, perteneciente al grupo de filósofos y juristas de la Escuela de Salamanca.
Años después, en 1608, se alojó en el convento Miguel de Cervantes, uno de los grandes de la literatura universal, antiguo alumno del colegio de Alcalá de Henares. El célebre autor recordó esta visita al escribir en uno de sus sainetes, titulado La cueva de Salamanca, imaginario lugar donde el diablo enseñaba magia y brujería, que en Loranca florecían “cien mil vides, de uva tinta y de uva blanca”. Y en la iglesia del convento permanecieron, durante siete meses de 1586, las reliquias de santa Leocadia, patrona de Toledo, traídas desde Flandes por los jesuitas, para ser enterradas luego en la catedral primada.
Llegaron tiempos de dolor. Entre la noche del 31 de marzo y la mañana del 2 de abril de 1767, por orden de Carlos III, piquetes y cohortes irrumpieron por sorpresa, en secreta y rápida maniobra, en las casas y conventos de los jesuitas. Detuvieron e incomunicaron a sus moradores, acusados de alta traición, que después fueron embarcados con destino a los Estados Pontificios. El convento de Jesús del Monte quedó clausurado y, en 1773, cuando el papa Clemente XIV suprimió la Compañía, fue desacralizado y definitivamente abandonado.
Sus bienes y enseres corrieron diversa suerte. Algunas columnas de los patios fueron llevadas al palacio Laredo, en Alcalá de Henares, y otras se instalaron en el calvario de la ermita de san Roque, en Loranca de Tajuña. Los muros quedaron arruinados, en el pasar de los tiempos, y las viejas piedras, puertas, dinteles y ventanas, se utilizaron en la construcción de viviendas. Las piezas de arte sacro y los ornamentos litúrgicos se depositaron en la iglesia parroquial de Loranca. Destacaba, entre ellos, un óleo de santa Cecilia, de esmerada factura, hoy felizmente conservado. Los documentos y protocolos conventuales están guardados en el Archivo Histórico Nacional de Madrid y en el ayuntamiento de Loranca. Y los muy valiosos libros de la biblioteca se custodian en la Biblioteca Histórica de la Universidad Complutense de Madrid, heredera de la primitiva Universidad de Alcalá, fundada por el cardenal Cisneros.
Ya en nuestros tiempos, el escudo jesuita que presidía la entrada de la iglesia del convento fue trasladado al colegio de san Ignacio de Loyola de Alcalá de Henares. Y la portada del derrumbado cenobio, de bella piedra labrada, luce hoy en la entrada de la Casa de Cultura de Loranca de Tajuña.
Camilo José Cela, nuestro premio Nobel, durante su segundo viaje a la Alcarria, sucedido en 1986, cuarenta años después del primero, pasó por Loranca. Al saber de las ruinas del cenobio, escribió cumplidas estrofas: “Este sitio en adelante / para que no se transmonte / llámese Jesús del Monte”. Loranca de Tajuña, una historia de siglos en tierras de la Alcarria.