06/06/2021 / 12:33
Jesús Orea/Periodista y escritor


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El Corpus de los Apóstoles 567 años después

También solía celebrarse desde principios del siglo XVI una Feria del Corpus e igualmente era habitual en el gran día del Santísimo la celebración de mercados y representaciones teatrales, autos y comedias.


 

Por Jesús Orea/Periodista y escritor  

Aunque su existencia podría remontarse incluso al siglo XIII, la celebración del Corpus Christi como día de fiesta mayor en Guadalajara está documentada desde 1454, año en el que un acuerdo del concejo habla de los “rostros e estorias e otras cosas que se avian de facer…” para esta festividad. Historiadores locales de la talla de Mayoral y Medina, Layna Serrano y, más recientemente, Pedro José Pradillo, han considerado ese documento como el más antiguo del consistorio en el que se hace referencia directa a la fiesta del Corpus, entendiendo que los “rostros” de los que se habla en él son los de los apóstoles, cuya “antiquísima” cofradía sigue protagonizando esta gran fiesta local. Ésta precede al Santísimo en la procesión de este día y es acompañada por los niños y niñas que han hecho la primera comunión en el año. Aunque ahora los apóstoles de la cofradía del mismo nombre van con túnicas, maquillados y con pelucas, hasta 1936 salían en procesión con rostros -así los llamaban los propios cofrades-, unas caretas de madera de gran tamaño con la imagen y el nombre del apóstol que cada uno representaba. En la Guerra Civil se perdieron la práctica totalidad de aquellos rostros -muchos de ellos destruidos por los propios apóstoles para evitar verse comprometidos ante la persecución religiosa vivida en aquellos difíciles momentos- por lo que, cuando se recuperaron la procesión del Corpus y la actividad de la cofradía de los Apóstoles en la posguerra, se optó por maquillar y poner peluca a los cofrades, costumbre que permanece.

La fiesta del Corpus de Guadalajara no tiene ni la fama ni la brillantez de que gozan en Toledo, Granada, Valencia, Sevilla o Barcelona, pero a lo largo del tiempo ha sido uno de los días principales de fiesta de la ciudad, sobresaliendo entre sus actos la procesión matutina. No obstante, en las tardes de este día “que relucía más que el sol” -al menos cuando tenía lugar en jueves, según el dicho popular-, también había un hueco para las actividades de carácter civil, siendo tradicional que en esa fecha se celebrara una corrida de toros, algo que en la ciudad tenía -y sigue teniendo- carácter excepcional. También solía celebrarse desde principios del siglo XVI una feria del Corpus en este tiempo de la primavera ya vencida, por traslado a esta fecha de la antigua de “Quincuagésima”, concedida a la ciudad por Alfonso X junto con la de ganado de octubre y que se celebraba el domingo anterior al miércoles de ceniza. Igualmente, en el gran día del Santísimo era habitual la celebración de mercados y representaciones teatrales, autos y comedias fundamentalmente. Sin duda, el Corpus en Guadalajara era una celebración festiva que tenía incluso más lustre que las ferias de otoño -trasladadas en los últimos años al verano postrero-, mientras que entonces los votos de patronazgo -desde finales del XIV la ciudad los tenía con San Agustín y Santa Mónica- se limitaban a celebraciones religiosas: misas y procesiones, sobre todo.

Los desfiles del Corpus de Guadalajara están conformados en la actualidad y desde hace años por el siguiente orden procesional: los 13 cofrades titulares de los “rostros” de los Apóstoles (Jesús, San Pedro, San Pablo, San Andrés, San Juan Evangelista, San Mateo, Santo Tomás, Santiago el Menor, Santiago el Mayor, San Felipe, San Bernabé, San Bartolomé y San Matías), acompañados por niños y niñas vestidos de primera comunión, miembros de la adoración permanente con su estandarte, la carroza con la custodia, autoridades religiosas y civiles, representantes de las cofradías y hermandades de la ciudad con sus estandartes y fieles a título particular. Antaño, como toda procesión y ésta sobremanera al ir en ella el mismísimo Jesús Sacramentado, la del Corpus tenía una intención catequética, pedagógica, con un claro fin de adoctrinamiento religioso. De ahí que, además de la custodia que siempre la ha protagonizado y ha sido su principal referencia, también participaran en la procesión del Santísimo de Guadalajara otros elementos parateatrales que aún hoy perviven en algunas de las ciudades antes citadas que con más fidelidad y esplendor han preservado esta fiesta.Esos elementos, esencialmente, venían a representar el bien y el mal, triunfando siempre el primero sobre el segundo, aquél con la Sagrada Forma como símbolo máximo y éste con piezas representativas de lo demoníaco, como la tarasca o los gigantes y cabezudos. Estas dos últimas comparsas, junto con las tarascas, danzas y representaciones de autos sacramentales, fueron excluidas de las procesiones del Corpus de toda España por una real cédula de Carlos III. Los gigantes y cabezudos fueron recuperados para las celebraciones festivas civiles de Guadalajara en las ferias de 1900, siendo los gigantes una pareja de chinos, mientras que los personajes de don Quijote y Sancho Panza fueron los cabezudos. Como decíamos, Guadalajara también tuvo su tarasca en el Corpus -la primera noticia de ella data de 1614-, un personaje demoniaco y “capitán” del lado del mal, representado en forma de dragón o serpiente que, sobre todo en los más pequeños, despertaba temor; de hecho, una de las tesis sobre el origen de la palabra tarasca lleva su etimología a la voz griega theracca, que significa espantar, dar miedo. Nuestro querido y recordado amigo, al tiempo que eminente etnógrafo, José Ramón López de los Mozos, definió así en un trabajo la perdida tarasca de Guadalajara: “se trata de una representación del mal, pero domesticada por el bien”. Precisamente en el lado del bien de aquellas antiguas y catequéticas procesiones del Corpus, plenas de elementos parateatrales representativos de la eterna dualidad entre lo bueno y lo malo, entre Dios y el demonio, también estaban las rocas -muy famosas en la actualidad son las de Valencia-, carros triunfales con figuras artísticas y escenas de carácter religioso. Verdaderos retablos andantes, como diría el recordado sacerdote alcarreño don José María León Acha.

No tenemos ya extensión suficiente para detenernos con la amplitud mínima necesaria para abordar la singularidad de la cofradía de los Apóstoles de Guadalajara, especialmente por tratarse de una hermandad de numerus clausus -número de miembros limitado: 13 titulares y algunos suplentes, en la actualidad ocho- y con un reglamento muy particular y curioso -por ejemplo, los apóstoles no pueden volver la cabeza en la procesión o hablar en su transcurso-. Lo haremos en una futura ocasión pues se trata de una de las hermandades más antiguas de la ciudad, si no la más, y con unas características muy especiales de acceso a ella -las titularidades se heredan de padres a hijos-, programa de actos, uniformidad, símbolos y compostura. No obstante, vamos a aprovechar estas últimas líneas para referirnos a una novela titulada El Corpus Christi de Francisco Sánchez ambientada en un día de Corpus en Guadalajara y que aconsejo leer a quienes gusten escudriñar tradiciones y geografía física y humana locales, mientras se entretienen con una trama que podríamos denominar tipo “thriller”. No se trata de una joya literaria pues su estilo es un tanto encorsetado, pero resulta entretenida, curiosa siempre y entrañable a veces. Su autor es Salvador García de Pruneda (Madrid, 1912-1996), un diplomático español –llegó a ser titular hasta de tres embajadas: Túnez, Etiopía y Hungría- y novelista –ganó el Premio Nacional de Literatura en 1963- que vivió parte de su infancia y mocedad en Guadalajara, donde su padre, militar de profesión, estaba destinado. Tanta huella dejó en él la capital alcarreña que ambientó aquí la novela, editada en 1971, si bien no la cita expresamente, aunque resulta obvio que se trata de ella por varias circunstancias que el lector local pronto encontrará. La acción transcurre en la víspera de la celebración del Corpus y, como toda novela que se precie de serlo, reúne en su trama momentos y escenas de amor y de muerte (siempre el eros y el thanatos griegos), una muerte de un “apóstol” que acontece, ni más ni menos, que en las terreras del Henares y al pie de la Fuente Blanquina. Me quedo aquí y así no les hago “spoiler”, como dicen ahora.

Como no debía ser de otra manera, termino remitiéndoles a un libro excelente, editado en 2000 por el ayuntamiento de Guadalajara, obra del notable historiador local previamente citado, Pedro J. Pradillo. Se titula El Corpus Christi en Guadalajara  y es el resultado de una importante investigación histórica sobre la festividad del Corpus, que deviene en ensayo y que trasciende de lo local para proyectarse a lo universal, por lo que adquiere gran relevancia y amplitud de ámbito. Buena parte de lo que yo he relatado en este “Guardilón” -y mucho más que no ha tenido cabida en él- está ampliamente recogido y detallado en este gran trabajo de Pradillo.


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