08/12/2019 / 16:51
Jesús Orea


Imagenes

El fuego de la Purísima se enciende en Molina y Horche

Molina es una ciudad de amplio catálogo de festividades tradicionales, si bien la de la Inmaculada tiene una intensidad especial en todos los hogares pues con ella empieza la Navidad. 


Guadalajara posee un patrimonio festivo tradicional muy rico y variado, formal y conceptualmente, a pesar de que en su lento, largo y continuo proceso de “vaciamiento” poblacional -utilizo este término por estar muy en boga-, iniciado mediado el siglo XX y aún latente, ha perdido buena parte de él. Si hay algo que abona la merma patrimonial que conlleva la desmemoria, sin duda son las ausencias: de hombres, uno a uno tomados, pero también sumados todos juntos; ausencias de individuos, por tanto, y ausencias, o cuando menos, debilitamiento, de comunidades por falta de personas para formarlas y reforzarlas. Junto con el corazón roto, el alma herida y lágrimas secas, quienes se vieron obligados a emigrar del medio rural al urbano se llevaron también la vitalidad necesaria para sostener las tradiciones festivas porque, aunque éstas suelen tener contenido y sustancia inmaterial, precisan materializarse y ser visibles en su tiempo y en sus ciclos para adquirir continuidad. Y sin hombres ni mujeres, nada hay que festejar, menos aun cuando tampoco hay trabajo porque, no lo olvidemos, la fiesta es una jornada de asueto que interrumpe dos días laborables. O sea que, sin trabajo, tampoco puede haber fiesta.

  Pese a lo antedicho, gracias a la potencia y arraigo de muchas de nuestras tradiciones festivas y al empeño resiliente de los cada vez menos hombres y mujeres que van quedando en nuestros pueblos, especialmente en los más alejados de entornos urbanos, lo más granado de ese rico y variado patrimonio costumbrista provincial va perviviendo e, incluso, a veces sirve como llamada, como latido, como apremio, como excusa para la vuelta al pueblo y, así, mantenerlo vivo, aunque sea a tiempo parcial. No obstante vivir realidades geográficas, demográficas y socioeconómicas bien diferentes, dos municipios de la provincia de Guadalajara, Molina de Aragón y Horche, van a celebrar el 7 de diciembre, víspera de la Inmaculada Concepción, dos momentos festivos tradicionales cumbres, singulares y verdaderamente interesantes: En la capital del Señorío tendrá lugar la primera Misa del Gallo, gracias a la Bula otorgada hace 501 años por el Papa León X, y en el municipio alcarreño que apenas dista una docena de kilómetros de la capital va a llevarse a cabo, en esa misma fecha, la fiesta de las Hogueras de la Purísima. Abordaremos estas dos señaladas y añosas citas festivas en el “Guardilón” con el que cerraremos las entregas de este año para Nueva Alcarria.

Antes de tratar sobre estas festividades molinesa y horchana, que coinciden en el tiempo de celebración aunque tienen aspectos originarios y formales bien diferenciados, conviene recordar que, pese a que el culto a la Inmaculada Concepción de María secularmente ha gozado en España de un calor entusiasta -precisamente por ello el Papa San Juan Pablo II bautizó a nuestro país como “la tierra de María Santísima”-, no fue hasta el 8 de diciembre de 1854 cuando Pío IX consideró la pureza y virginidad de María como un dogma de fe. Efectivamente, en esa histórica fecha para la iglesia católica, el Papa, rodeado por 92 Obispos, 54 Arzobispos, 43 Cardenales y de una multitud “ingentísima” de pueblo, definía como dogma de fe el gran privilegio de la Virgen con este tenor literal: «La doctrina que enseña que la bienaventurada Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de pecado original en el primer instante de su Concepción por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Jesucristo, Salvador del género humano, es revelada por Dios, y por lo mismo debe creerse firme y constantemente por todos los fieles». Aunque parece un hecho discutible y discutido el que evolucionen los dogmas de la iglesia, es evidente que el de la Purísima estuvo durante siglos en el centro del debate de teólogos; incluso ya en el siglo IV, la iglesia oriental y la occidental divergieron en este asunto, siempre polémico hasta que Pío IX lo zanjó. De entre los partidarios de la doctrina favorable a la Inmaculada Concepción destacó sobremanera el beato Juan Duns Escoto, quien no solo fue su adalid en el terreno estrictamente teológico, sino que llegó a defender su tesis con notable éxito en el escéptico y racionalista ámbito de la intelectualidad y la universidad.

336 años antes de que Pío IX decretara como dogma de fe la Inmaculada Concepción de María, su antecesor, León X, aprobó una Bula por la cual se concedía a la ciudad de Molina de Aragón el privilegio de celebrar una Misa del Gallo en la noche del día 7 de diciembre, víspera de la festividad de la Purísima; esta prerrogativa papal se otorga a Molina “por la devoción a la Virgen de sus habitantes”. Cabe recordar que en el siglo XVI, que es cuando se concede esta Bula, exactamente en 1518, no podía celebrarse más misa de madrugada que la del Gallo en Nochebuena. Este importante e histórico privilegio solo lo comparten con Molina otras dos ciudades en el mundo: Roma y Mula (Murcia).

Molina es una ciudad con un amplio catálogo de festividades tradicionales, como el Butrón, las Loas y Danzas en honor a la Virgen de la Hoz o las del Carmen, si bien la de la Inmaculada tiene una intensidad muy especial en todos los hogares molineses pues con ella comienza la Navidad, al tiempo que se cumple con un hito y un rito muy esperado, arraigado y querido. Esta gran fiesta se anticipa con las novenas en honor a la Virgen en las que, después de rezar el Rosario, se cantan las llamadas “Purezas”, de las que reproducimos solo la primera estrofa:

 

Virgen, fuiste tan pura

Antes del parto

Que al mirarte, Dios trino,

Quedó admirado 

 

En Molina, la tarde de vísperas de la Inmaculada, en el cerro llamado del “Ecce Homo”, entre el monumento a la Inmaculada y la ermita de Santa Lucía, se enciende una gran hoguera (como se ve en la foto), visible desde toda la ciudad y en torno a la que se reúnen numerosos molineses. El fuego purificador e iniciático, como después veremos en la festividad horchana, enlaza la tradición cristiana con los ritos pre-cristianos, algo también reconocible y repetido en otras festividades tradicionales españolas que tienen lugar igualmente en esta fecha, como la Procesión de las Escobas de Guijo de Santa Bárbara (Cáceres), similar a la que también se celebra en otras localidades cacereñas como Jarandilla de la Vera, Madrigal de la Vera -pueblo natal de nuestro querido periodista y poeta, Pedro Lahorascala- o Torrejoncillo, esta última llamada “La Encamisá”; de ello nos ha informado Teresa Díaz Díaz en su interesante trabajo “La Navidad en Molina de Aragón”. Tras cenar en familia, al igual que se hace en Nochebuena y Nochevieja, los molineses acuden masivamente a oír su privilegiada y solemne Misa del Gallo a Santa María la Mayor de San Gil.

Por su parte, en Horche -pueblo cuyo posible nombre, según algunos toponimistas, es de origen similar al de la localidad molinesa de Orea, deviniendo de la voz vasca “or-etxea”, que viene a significar “lugar elevado”, un hecho notorio que coincide en ambas poblaciones-, la tarde-noche del 7 de diciembre se celebran las Hogueras de la Inmaculada, de cuyo acopio de leña y encendido se encarga una antigua Cofradía, denominada de la Esclavitud de la Purísima. Son doce los hermanos que la conforman y otras tantas las hogueras que se encienden delante de sus respectivas casas; la hoguera del hermano mayor de los “esclavos” es de tamaño superior a las del resto. Muchas son las personas que acuden al calor y vistosidad de estas hogueras, saltándolas quienes pueden y quieren, y yendo de una a otra como se hace con las visitas a los “monumentos” en los que se reserva y rinde culto al Santísimo en la tarde de Jueves Santo. Esta tradición horchana data de 1670 y se ha preservado desde entonces. También en el cercano pueblo de Romanones se encienden varias hogueras por sus calles y plazas en la víspera de la Purísima que son conocidas como “Las Lumbres de la Inmaculada”. 

Terminamos, como no debía ser de otra manera, con una cita de nuestro recordado y querido amigo, José Ramón López de los Mozos, fallecido en 2018, gran referente de la etnología y el folklore provinciales; en ella, resume y valora así la proliferación de citas festivas provinciales con el fuego como elemento ritual presente en ellas: “Son muchas (las hogueras, lumbres, luminarias o chinelas) que se encienden a lo largo y ancho de la geografía provincial, y la mayor parte recuerdan, por su cercanía a la fecha del 25 de diciembre en que los días se alargan coincidiendo con el solsticio de invierno -o sea, con el nacimiento del sol, o lo que es lo mismo, la luz de la vida- el nacimiento de Cristo, el hijo de Dios”.


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