04/10/2020 / 12:22
Jesús Orea


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El postismo y otros ‘ismos’ en la Guadalajara de posguerra

POR JESÚS OREA.  Vino y Pan se presentó  públicamente en Guadalajara el 21 de marzo de 1952, en un abarrotado y expectante Bar Soria, día en que se celebró la primera ‘Fiesta de la Poesía’, promovida a nivel nacional por un selecto grupo de escritores.


Sabido es que la ciudad de Guadalajara vivió y padeció una dura Guerra Civil (1936-1939) y una difícil posguerra. Las cicatrices materiales de aquel conflicto tienen un ejemplo muy representativo en la ruina casi total en que quedó el palacio del Infantado, tras ser bombardeado por la aviación “nacional” el 5 de diciembre de 1936. Hasta 1972, en que se completó su restauración, el monumento más emblemático de la capital estuvo “por los suelos”, como Cela definió su estado cuando pasó por él tras llegar en tren a la ciudad, en junio de 1945, procedente de Madrid, para iniciar su viaje físico y literario a la Alcarria. Si las cicatrices materiales de la guerra y la posguerra en Guadalajara fueron profundas, el alma de la ciudad estuvo hecha jirones durante muchos años por los fusilamientos y los cautiverios que conllevó la “causa general” contra el bando republicano y la precaria situación socioeconómica que padeció la mayor parte de la población, fueran “vencedores” o “vencidos”, especialmente éstos últimos, aunque en una guerra fratricida como aquella siempre pierden/perdemos todos. Aquel complejo contexto político, social y económico de la posguerra se tradujo en una sociedad arriacense en gran parte herida, doliente, pasiva y resignada. “Guadalajara, entonces, era una ciudad que estaba muy jodida”, como de forma arriscada pero muy gráfica me describió ese extraordinario referente de las letras arriacenses que es el maestro y amigo José Antonio Suárez de Puga, “Josepe”, quien, siendo muy joven, vivió aquellos difíciles años en primera persona y en primera fila, como luego veremos.  En la vieja Arriaca de aquella hora solo bullía triunfante lo oficial, la camisa azul y la boina requeté, y únicamente sacaban la cabeza los más afectos al régimen. La cultura, en cualquiera de sus manifestaciones, era casi un desierto. Baste un dato absolutamente revelador: a principios de los años 40, en la capital, había 58 cafés, bares o tabernas, mientras que solo en seis comercios se podían adquirir libros. El analfabetismo en la provincia, en aquellos años, oscilaba entre el 40 y el 60 por ciento de la población, mayoritariamente mujeres. 

En ese estéril campo de cultivo, como un rayo de luz en la albada tras una oscura y larga noche, surgió en la ciudad, al inicio de los años 50, un grupo artístico y literario que, bajo el nombre de “Vino y pan”, tuvo su sede en el “Bar Soria”, situado en el entonces céntrico, poblado, dinámico y pujante barrio de Santa Clara. De este mítico bar arriacense, conciliábulo de gentes del campo al tiempo que tertulia de creadores, hoy solo queda el solar, entre el que aún se pueden adivinar restos del atrio de la antigua iglesia mudéjar de San Andrés. Con “Vino y pan” se abrió paso el postismo en Guadalajara, un movimiento artístico y literario que eclosionó mediada la década de los 40, que nació en un clima experimental, de cierta ruptura y criticidad, y que pretendía avivar el fuego de los rescoldos que quedaban de las vanguardias históricas surgidas en las décadas anteriores. Postismo es la contracción reduccionista de “postsurrealismo”. Esta etapa postista también es conocida como “de los ismos” pues convivió con un extenso número de movimientos artísticos y literarios que acababan todos con este sufijo, como, por ejemplo: futurismo, expresionismo, simbolismo, neoconcretismo, postumismo, introvertismo, tremendismo, prosaísmo, letrismo… Fue tal la proliferación de estos movimientos que hasta hay ensayos dedicados a recopilarlos y estudiarlos, destacando entre ellos Procesión de los ismos, de Pérez-Dolz, o Diccionario de los ismos, de Cirlot.

  “Vino y pan” se presentó públicamente en Guadalajara el día 21 de marzo de 1952, en un abarrotado y expectante Bar Soria, día en que se celebró la primera “Fiesta de la Poesía”, promovida a nivel nacional por un reputado y selecto grupo de escritores españoles, entre los que se encontraba el jadraqueño José Antonio Ochaíta. Firmaron también el manifiesto que impulsó la celebración festiva de la poesía al iniciarse la primavera, literatos de la talla de Jacinto Benavente, Concha Espina, José María Pemán, Dámaso Alonso, Luis Rosales o Luis Felipe Vivanco, entre otros. Como es sabido, en 1999, la UNESCO determinó que el 21 de marzo se celebrara en todo el mundo el “Día de la Poesía”, teniendo en cuenta este importante antecedente español.

Quien presentó públicamente en aquel acto al grupo “Vino y pan” fue el entonces director de Nueva Alcarria, José de Juan-García, miembro del colectivo creador que fue especialmente impulsado por Antonio Fernández Molina, un maestro ciudarrealeño, natural de Alcázar de San Juan, pero con vínculos familiares en Casa de Uceda -de allí era su esposa, Josefa Echeverría- y que ejerció el magisterio en varios municipios de la provincia, entre ellos El Cubillo de Uceda y Alpedrete de la Sierra. Fernández Molina vivió unos años en la provincia y contribuyó decisivamente a la activación cultural de la capital pues no solo fue el principal impulsor de “Vino y pan”, sino también el editor y director de una revista literaria de pequeño tamaño, aunque de muchos quilates literarios, titulada “Doña Endrina” (en la imagen, grafismo de su cabecera, obra de la ilustradora María Luisa Madrilley), que tuvo una viva breve (1951-1955), pero intensa. Después nos referiremos a ella con más detalle. Fernández Molina, que también fue colaborador de Nueva Alcarria, hasta diseñó un logotipo del grupo (imagen que acompaña este texto) y escribió varias colaboraciones en este semanario alcarreño, bajo esa cabecera. En la primera de ellas, publicada el 1 de marzo de 1952, afirmaba esto sobre el grupo que introdujo el postismo en la ciudad y la desperezó culturalmente desde la sociedad civil: “Ya están consiguiéndose cosas muy importantes. La creación de una revista, portavoz del grupo, alentadora y severa con todos, hacia el mejor fruto del esfuerzo. La primavera se anuncia con redoble de hojas, dibujos y pinturas, porque para descorrer la espesa niebla que, según una de las más veracísimas leyendas, separa el invierno de la primavera, vamos a utilizar un talismán excelente: la inauguración de una exposición de dibujo y pintura”.

 Efectivamente, además del acto literario de presentación de “Vino y pan”, en el que recitaron poemas Luis Alejandre, Jesús García Perdices, Antonio Leyva, Miguel Lezcano, Manuel Martínez Monje, Luis Monje Ciruelo, José Antonio Suárez de Puga y el propio Fernández Molina, sumándose Carmen Ybarra -ésta fuera de programa-, el colectivo promovió la “I Exposición de Artistas Noveles Alcarreños” que despertó enorme curiosidad, aunque no todo el mundo comprendió la propuesta estética que contenía, parte de ella abstracta. Manuel de Prada, experimentado crítico literario y de arte de Nueva Alcarria, animó a los artistas expositores a seguir perseverando en el futuro en la línea emprendida, pero calificó más como “artesanía” que como “arte” la mayoría de las obras expuestas, destacando especialmente como lo más “original y loable” los abstractos, algo que a otros no les convenció en absoluto, devaluando así la exposición: “no es más que un simpático sarampión primaveral”. Destacar que, como complemento de esta iniciática, atrevida y rupturista exposición, “Vino y pan” organizó lo que hoy se llamaría un “happening” o una “performance” callejera con una recreación del entierro de Velázquez. Imagino las caras adustas de algunos al ver aquello en la Guadalajara de 1952, año en que, por cierto, se eliminaron las cartillas de racionamiento.

Volvamos a Fernández Molina quien, tras residir en Guadalajara en su juventud y primera etapa profesional como maestro, después vivió en otras ciudades de España, especialmente en Mallorca, en la década de los sesenta, para después ya radicarse en Zaragoza, donde se avecindó los últimos 30 años de su vida, falleciendo allí en 2005. Fernández Molina fue secretario personal de Camilo José Cela durante sus años de residencia en Palma; también ejerció la misma función en la reputada revista fundada, editada y dirigida por Cela, Papeles de Son Armadans  Publicó un importante número de obras, tanto de narrativa como de poesía, alcanzó prestigio y cotización como artista plástico y ejerció también como traductor, editor y crítico de arte, entre otras actividades. Hasta llegó a ser candidato al “Premio Príncipe de Asturias” de las letras. Su candidatura la promovió la Fundación Camilo José Cela y la apoyaron nombres de la talla de Pere Gimferrer, Gloria Fuertes, Víctor García de la Concha, Fernando Arrabal o José Antonio Labordeta, hermano de Miguel, buen poeta y gran amigo de Fernández Molina.

La vida de Vino y pan fue efímera, como por sus costuras y posturas era fácil predecir en la Guadalajara de aquel tiempo, pero dejó sus frutos, especialmente la ya citada revista literaria Doña Endrina dirigida por Fernández Molina, de la que se editaron seis números en sus cinco años de vida, reuniendo poesías e ilustraciones de literatos y artistas plásticos tan notables como Gabriel Celaya, Francisco Nieva, Gregorio Prieto, Paúl Eluard, Mathias Goeritz, Jean Poilvet, Félix Casanova o Alejandro Busuloceanu. También hubo una Colección doña Endrina de poemarios, que editó 16 obras, entre ellas 15 poemas, de Paul Eluard, La muerte o la vida, de Manuel Pinillos, y la Ópera prima poética de Suárez de Puga, Dimensión del amor . Precisamente “Josepe”, junto a Antonio Leyva, promovió el nacimiento de otras dos revistas literarias, La voz del novel  (1951-1953) -el brote más juvenil nacido de la rama de “Vino y pan”-, tras cuya temprana desaparición nació “Trilce”, pliegos de poesía y arte que también tuvieron corta vida y que bebieron en el postismo y en la generación poética del 51.


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