El sabio de Sigüenza que custodia la ‘octava maravilla del mundo’
Hay un rincón donde el tiempo parece haberse detenido, un refugio de papel y pergamino que aguarda al visitante con una presencia silenciosa. Nada más entrar en la gran biblioteca, a la izquierda y junto a una ventana que deja pasar la luz tamizada de la sierra, se encuentra un hombre que vigila desde la penumbra.
FOTOS: MONTSE MUÑOZ / N.A.
Está protegido por una enorme estantería de madera, casi oculto, como si prefiriese la discreción del estudioso a la gloria del mármol. Es el retrato de un hombre con la pluma en la mano y la mirada profunda de quien ha escudriñado los misterios del universo, una obra magistral de Bartolomé Carducho que rinde homenaje a la sabiduría más pura nacida en la provincia.
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Aquel rostro pertenece a un seguntino universal que dedicó su vida a ordenar el caos del conocimiento. La bóveda, un despliegue cromático de Pellegrino Tibaldi, corona este santuario del humanismo donde el sabio de la provincia de Guadalajara sigue presente, custodiando los miles de volúmenes que él mismo ayudó a salvar del olvido. Al salir de la larguísima galería, después de atravesar el gran patio, se descubre en las salas reales de los Austrias y los Borbones una inigualable colección de pinturas de las escuelas italiana, flamenca y española, donde conviven genios como Tiziano, El Greco, Lucas Jordán, Goya o Bayeu.
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Estas estancias, junto a la Basílica,conforman el alma del Monasterio de El Escorial, el colosal edificio de estilo herreriano que Felipe II ordenó erigir en el siglo XVI. Es un hecho constatado que, debido a su magnificencia y simbolismo, este monumento es históricamente reconocido como la octava maravilla del mundo. Este conjunto monumental diseñado por Juan de Herrera trasciende su función de panteón real para convertirse en un centro de saber sin parangón. Visitar sus dependencias, su Real Biblioteca, conocida también como la Laurentina o Escurialense, es transportarse imaginariamente a la época en la que Fray José de Sigüenza caminaba entre estas piedras, inspirando una historia de fe, cultura y desafíos que nació mucho más al este, en las tierras altas de la provincia.
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Fray José de Sigüenza no solo caminó por esos pasillos, sino que fue el alma intelectual que dio orden al caos de libros y manuscritos que Felipe II iba acumulando de forma casi compulsiva.
Como bibliotecario mayor, su labor fue titánica. No se limitó a ser un mero guardián; fue él quien diseñó el sistema de clasificación y quien decidió que los libros se colocaran con los cortes (el borde de las páginas) hacia fuera y el lomo hacia la pared. Esta disposición, que hoy nos resulta curiosa, tenía una función práctica: permitir que los volúmenes "respiraran" en el ambiente húmedo de la sierra y mostrar los títulos escritos en el propio corte.
De la ciudad mitrada a la Orden de los Jerónimos
La historia de este erudito, nacido como José de Velázquez en 1544, comienza en la ciudad de Sigüenza. Fue hijo de Asensio de Velázquez y Francisca de la Cadena, creciendo en un entorno donde la cultura emanaba de la propia Catedral. Tras formarse en la Universidad de Sigüenza, su sed de conocimiento y espiritualidad le llevó a vestir el hábito, pues según se relata, "su destino estaba marcado por la Orden de San Jerónimo". Esta congregación mantenía una vinculación estrecha con la provincia a través del monasterio de Lupiana, epicentro de la orden en la Alcarria.

Su partida de la ciudad mitrada no fue un adiós, sino un paso hacia la posteridad. Su talento para la escritura y la historia le convirtió en el primer gran cronista de la construcción escurialense. Sin embargo, su brillantez no le libró de los "vaivenes judiciales" de la época. Fue un hombre de cultura enciclopédica y espíritu crítico que terminó siendo condenado por la Inquisición, acusado de posturas demasiado libres para la ortodoxia del momento. Tras pasar un periodo de reclusión en el propio monasterio, su figura salió fortalecida, demostrando que su fe e intelecto eran inquebrantables.
El regreso al hogar y el juicio de la posteridad
Tras una vida de intensos estudios y servicio a la corona, el sabio sintió la llamada de sus raíces en Guadalajara. Regresó a su añorada Sigüenza para pasar sus últimos días, donde falleció en 1606 volcado en sus escritos. Su legado literario fue tan potente que, siglos después, Miguel de Unamuno lo señaló como uno de los "grandes escritores en castellano", reconociendo en su prosa la elegancia y precisión del mejor humanismo español. Hoy, su imagen sigue allí, en la ventana de la biblioteca, recordándonos que en lo alto de la sierra madrileña late el corazón de un seguntino que conquistó la eternidad a través de los libros.