El tercer hogar
Me planteo si mi clínica es ese “tercer hogar” al que siento que pertenezco, en el que cada uno de mis animales de compañía tiene su lugar y en el que puedo confiar plenamente tanto en los conocimientos de sus profesionales como en su forma de actuar.
Las personas que compartimos nuestra vida con animales de compañía tenemos que tener muy claro adónde llevarlos cuando surge una urgencia. Estos momentos se producen, en ocasiones, cuando nuestra clínica veterinaria de confianza está fuera de su horario habitual. Por eso es tan importante, porque en esas circunstancias los minutos corren en contra del bienestar o, incluso, de la vida del miembro de la familia no humano.
Me ocurrió el domingo pasado. Mi gata, que ya tenía diecisiete años, necesitaba acudir urgentemente al veterinario. Sabía que era algo repentino y grave. Salí disparada al hospital veterinario al que acudo en estos casos y al que ya había llevado a mis animales en situaciones similares anteriormente, aunque no soy una clienta habitual. No existe vínculo cotidiano entre sus profesionales y yo como tutora.
Nada más llegar, me tomaron los datos en recepción. Cuando el veterinario me atendió, con Pandora en mis brazos y la vida escapándosele, tuvo que volver a recabar datos para valorar la situación. Lo entiendo; soy consciente de que era necesario. Pero no era el momento más oportuno. Mi cabeza solo pensaba en mi clínica de confianza, donde conocían su historial, donde la hubieran atendido inmediatamente, donde la hubieran puesto la vía conmigo a su lado, donde le hubieran realizado la radiografía sin que yo tuviera que separarme de ella y donde no se habría perdido ni un segundo buscando información sobre su salud. Un lugar, como explica Laia Soldevila, experta en el sector de animales de compañía, donde veterinarios y tutores construyen juntos un relación de confianza cotidiana: ese espacio intermedio entre lo funcional y lo emocional, entre la salud animal y lo íntimo, es donde empieza a tomar forma la idea de la clínica veterinaria como un ‘tercer hogar’. Soldevila considera que la clínica ya no es un lugar de atención veterinaria, sino también un entorno relacional.
Entiendo perfectamente su visión. Fue lo que sentí el domingo cuando, tras realizarle las pruebas necesarias a Pandora, el veterinario regresó con un diagnóstico que revelaba la gravedad de su estado. Los datos evidenciaban la necesidad de tomar decisiones en cuestión de minutos.
¡Cómo eché de menos a mi veterinaria de siempre! Tras años de consultas, en cada visita he encontrado en ella el acompañamiento emocional que necesitaba, y ese trato ha consolidado nuestro vínculo. Como explica Soldevila, la clínica se ha convertido en un lugar donde no solo se cuida al animal, sino también del tutor; entonces deja de ser simplemente una clínica.
Me planteo si mi clínica es ese “tercer hogar” al que siento que pertenezco, en el que cada uno de mis animales de compañía tiene su lugar y en el que puedo confiar plenamente tanto en los conocimientos de sus profesionales como en su forma de actuar para velar por su bienestar.
La respuesta está en los hechos. A pesar de ser un domingo, las dos de la tarde, envié un WhatsApp a mi veterinaria. En segundos pude hablar con ella, escuchar su voz y sentirme acompañada ante una de las decisiones más importantes en la vida de Pandora. La decisión estaba sobre mis hombros, pero su apoyo fue determinante para evitarle sufrimiento. Me tradujo los datos clínicos a un lenguaje que yo podía entender perfectamente, porque me conoce como tutora, y porque comprendió que, aunque yo sabía exactamente lo que había que hacer, necesitaba su respaldo para dar el paso. Estos son los pequeños detalles que construyen un vínculo basado en la confianza.
El hospital veterinario me atendió con toda la profesionalidad y delicadeza posibles y, cuando les comuniqué mi decisión, la respaldaron por considerarla acertada.
Pandora tenía diecisiete años, pasó siete de ellos en mi hogar, que también fue el suyo; un par en el Centro de Recuperación de Animales Abandonados de Guadalajara, y de los otros ocho no sé muy bien dónde, porque cuando la recogieron de la calle no llevaba su historial debajo de la pata.
Y en esos siete años, construimos un tercer hogar que fue mucho más que un lugar al que acudir cuando enfermaba.