El perdón que falta


Mientras contemplaba las llamas desde la distancia no podía dejar de pensar en los animales que las contemplaban desde dentro. Confusos, buscando un salida sin comprender de emergencias.

"Preferiría morir antes que intentar explicar a los animales lo que es capaz de hacer el fuego con ellos. Se desmayarían de horror, o simplemente les resultaría imposible creerlo"

Este fragmento pertenece a un poema de Mary Oliver titulado Los caballos azules de Franz Marc. Lo he adaptado: ella hablaba de la guerra; yo hablo de incendios. 

El incendio de la Mierla no lamenta la falta de todos aquellos que no han cesado en su empeño de intentar vencer un fuego imparable. El mayor registrado en la historia de Castilla-La Mancha, superando ampliamente al de Riba de Saelices de 2005. La provincia llora la pérdida de unas treinta y dos mil hectáreas con una biodiversidad única. Creo que el sentimiento de dolor nos une a todos los que amamos esta tierra que ahora se encuentra calcinada. 

En medio de tanta confusión, mientras contemplaba las llamas desde la distancia, no podía dejar de pensar en los animales que las contemplaban desde dentro. Confusos, buscando una salida sin comprender de emergencias nacionales, de normas u horarios adecuados para cosechar. Tampoco han comprendido cómo, mientras sus crías se quemaban, era posible eludir responsabilidades o asistir al cruce de acusaciones de unos contra otros que no evitaban las llamas que les acorralaban. No han visto arrepentimiento en quienes tenían que velar por su hogar. Ni a nadie tomar las riendas para que, a partir de mañana mismo, no vuelva a ocurrirles algo semejante. En medio de tanto dolor, no les ha llegado ni un perdón por destruir su hábitat y por causarles un daño irreparable. 

También han visto los dispositivos de extinción que han expuesto su vida para salvar el bosque y sus habitantes: brigadas forestales, bomberos, agentes medioambientales, pilotos, retenes y personal de apoyo. Con jornadas interminables a sus espaldas, agotamiento extremo y afrontando el infierno en el que se había convertido la Sierra Norte de Guadalajara y sus alrededores. Allí, en su hogar, aliviaban su sufrimiento.

Han observado a vecinos y paisanos salvar a sus ovejas, colmenas, caballos o vacas arriesgando su propia vida para no dejarlos atrás en la evacuación. Muchos han sobrevivido gracias a su rápida actuación y a negarse a dejarlos atrás como si no tuvieran ningún valor, aunque otros no han corrido la misma suerte. Una vez puestos a salvo, ha llegado un horror distinto, el de no tener agua para saciar su sed, ni pastos para calmar el hambre. 

A su alrededor se han creado diversas redes de solidaridad para ayudarlos con instalaciones para acoger, cuidar y curar durante su recuperación. No son conscientes, pero hay muchas personas ocupándose de ellos.

Algunos lo conseguirán, muchos otros no. En medio de árboles quemados y vegetación arrasada, echaremos de menos esa grandeza que nos ofrecía el bosque tal y como lo conocíamos: los nidos que anunciaban nuevas vidas, los ciervos pastando en calma, las rapaces levantando el vuelo majestuosas y dibujando círculos en el cielo y las interminables filas de hormigas transportando alimento a sus hormigueros; cómo olvidarme de los lobos formando manada a pesar de todo, o las mariposas posándose sobre bellas flores. Y qué me dicen de la danza de los saltamontes o el ulular del búho en el silencio de la noche. 

Lamentaremos no sentir el frescor de las hojas de los robles bajo la lluvia. Nos perderemos el desfile de hermosas encinas y el aroma de la tierra mojada tras la tormenta. Ya no caminaremos rodeados de vegetación ante ríos de aguas frías y transparentes. Esa sensación de refugio que solo un bosque intacto es capaz de ofrecer. 

Quizá, como en el poema de Oliver, los animales que han perdido su vida en este incendio se acerquen a cada uno de nosotros a susurrarnos al oído los secretos que eviten el dolor que sentimos por ver nuestra tierra arrasada y calcinada. Quizá nuestro mundo se vuelva más amable con el tiempo, el tiempo que necesitemos para recomponer lo que se ha perdido.