Tardes de soledad
Lo que más me llamo mi atención en la Gala de los Goya es cuando los asistentes se levantaron con fervor a aplaudir un documental cargado de sufrimiento, de dolor y de placer ante la muerte.
El 8 de mayo de 2025, el Ministerio de Cultura publicaba la Estadística de Cinematografía 2024 donde confirmaba que el público español elige cada vez más las producciones nacionales. Pero hace unos años no era así, en 2020 El País publicaba que el cine español rozaba el 10 % de cuota de pantalla hasta noviembre y Estados Unidos el 81 % del total de espectadores e ingresos. Estos datos fundamentan mis recuerdos de muchas tardes de soledad en cines donde las butacas vacías eran habituales y donde, en quedadas con amigos, nadie reconocía los títulos de la filmografía española.
Unido al auge del cine español, las plataformas nos proveen de series y películas que se sitúan entre las más vistas de sus rankings. También de documentales, como el último galardonado en los recientemente celebrados Goya: Tardes de soledad.
En navidades, un amigo ya me comentó respecto al documental, a la proyección del mismo y a la larga lista de galardones que estaba recibiendo: como el mejor documental en la Asociación de Críticos de Boston 2025, o en los Premios Feroz 2026, con el premio al Feroz Arrebato de no ficción (Premio Especial), o el mejor documental en los XVIII Premios Gaudí (2026) y también en la Gala de los Goya de 2026, entre otros. La calidad del documental parece incuestionable.
Leo la sinopsis del mismo: Retrato de una figura del toreo en activo, Andrés Roca Rey, que permite reflexionar sobre la experiencia íntima del torero, que asume el riesgo de enfrentarse al toro como un deber personal, por respeto a la tradición y como un desafío estético. Esto crea una forma de belleza efímera a través de la confrontación material y violenta entre la racionalidad humana y la brutalidad del animal.
Foto: Aitor Garmendia.
Me resulta curioso que en un documental donde el toro sufre la tortura y la muerte de manos del torero, se hable de la brutalidad del animal y no de la del humano. También, que se romantice sobre la muerte de un ser vivo a cámara lenta mientras vomita sangre por su boca producto de las heridas ocasionadas por la espada que atraviesa su cuerpo y sus órganos vitales. Pero esta es una historia ya repetida que he tratado en esta columna en diversas ocasiones. Dirán ustedes que me repito. Lamentablemente, sí. De nuevo.
Sin embargo, lo que más llamó mi atención en la Gala de los Goya fue el momento en que el documental fue premiado, cuando los asistentes se levantaron con fervor a aplaudir un documental cargado de sufrimiento, de dolor y de placer ante la muerte. No vi a los miembros de la Academia situarse chapas en el pecho, sobre vestidos de alta costura, reivindicando los derechos fundamentales de los animales: aquellos que garantizan que nacen iguales ante la vida y tienen los mismos derechos a la existencia; que tienen derecho a ser respetados, a la atención, a los cuidados y a la protección del hombre; que no serán sometidos a malos tratos ni a actos crueles; que si la muerte de un animal es necesaria, debe ser instantánea, indolora y no generadora de angustia; que las exhibiciones de animales y los espectáculos que se sirvan de ellos son incompatibles con la dignidad del animal; que las escenas violentas en las que haya víctimas animales deben ser prohibidas en el cine y en la televisión, a no ser que su objetivo sea denunciar los atentados contra los derechos del animal, y que los derechos del animal deben ser defendidos por la ley, al igual que los derechos del hombre.
Estos son algunos de los artículos de la Declaración Universal de los Derechos de los Animales proclamada en 1978 y que sigue vigente en la actualidad.
No recuerdo a ningún miembro de la Academia o actor pronunciándose al respecto, clamando su rechazo a romantizar el sufrimiento animal en su profesión. Tan solo hipocresía tras aplausos que parecen elegir: esta causa sí, esta causa no; esta violencia sí, esta violencia no. Fomentando sus propias tardes de soledad.
