El placer de hacer daño


Estas personas que muestran crueldad hacia los animales por tratarse de seres indefensos y accesibles, con toda probabilidad han desarrollado esa actitud en la infancia o la adolescencia.

El 17 de octubre amanecíamos con la noticia de que había Dos detenidos en Horche por apalear a un perro hasta la muerte, según un artículo de este periódico. Se acompañó con la imagen del animal muerto, envuelto en la bolsa donde fue encontrado, en el interior del maletero de su propietario. La imagen provocó mi reacción ante el sufrimiento que ese animal había padecido en el momento de su muerte a manos de quien no había tenido escrúpulo alguno en ordenar acabar con él. Como si no tuviera ningún valor, mostrando una indiferencia cargada de crueldad con el vacío que da negar la relevancia de los demás seres vivos. 

El 22 de octubre se conoció otro caso similar, esta vez en el municipio de Mogán, en Gran Canaria, donde un hombre en bañador y con una toalla de playa sobre su brazo, al que precede una mujer, pasa al lado de una gata negra recostada tranquilamente en su camino y la golpea en la cabeza con un manojo de llaves. La agresión provoca una hemorragia que lleva al animal a agonizar alrededor de un minuto antes de su muerte, con fuertes espasmos que ponen mal cuerpo a cualquier persona con un mínimo de sentimiento. Las cámaras de videovigilancia captaron la escena, no solo el largo sufrimiento del animal, sino la indiferencia del agresor y la persona que le precedía.

Desconozco el nombre del pastor alemán que murió a manos del hombre en el que confiaba. La gata se llamaba Milú, una gata callejera conocida entre los vecinos de la localidad, que pertenecía a una colonia felina que cuidaban desde hacía años y que convivía con ellos de manera pacífica.

Entendí que, ante hechos objetivamente crueles, lo que para unos es un acto intolerable, a otros les produce placer. 

En ambos casos pensé especialmente en las personas que rodean este tipo de agresores: sus mujeres, sus hijos, sus padres o compañeros de trabajo. Porque el agresor de Mogán va acompañado de una mujer, no es un ser aislado que acuda solo a un lugar porque es un desecho de la sociedad. Convive entre nosotros. Y, en ambos casos entiendo que el maltrato y la muerte que han infligido a animales no estarán lejanos del trato que dan a sus allegados, poniendo en peligro a todo aquel que les rodea. Por esto, y no solo por la aberración de llevar a la muerte a un perro o un gato por el puro placer de maltratar o por la necesidad de deshacerse de ellos por causas que aunque me explicaran, no alcanzaría a entender, deberían ser condenados con dureza.

En ambos casos, también, el Seprona ha realizado las investigaciones necesarias para esclarecer los hechos. Casualmente, en los dos delitos se ha contado con pruebas que han llevado a identificar a los responsables, y las autoridades correspondientes han actuado con determinación.

Estas personas, que nos rodean sin detectarlas, muestran crueldad hacia los animales por tratarse de seres indefensos y accesibles. Con toda probabilidad han desarrollado esa actitud en la infancia o adolescencia, y las personas que conviven con ellos no lo hayan detectado o lo hayan minimizado por entender que un hijo no puede ser tan mala persona, o por tapar socialmente las actitudes reprobables de una pareja. Con sus actos refuerzan su sensación de control y poder, por lo que probablemente tengan anuladas a las personas de su entorno. La práctica del maltrato animal es un ejercicio de desensibilización hacia el sufrimiento ajeno, cuyo uso sirve en relaciones de pareja para maltratar a la mujer a través de su ser más querido con objeto de someterlas y evitar que les abandonen, cuando no para maltratar psicológicamente a sus propios hijos. 

Por todo esto, es aconsejable observar bien estas conductas, denunciarlas y evitar a los individuos que las practican, esos a los que les gusta ver el dolor ajeno y disfrutar del sufrimiento, siendo indiferentes ante el mismo. Y si amamos a nuestros animales, aún más, porque ellos serán las primeras víctimas en sus manos.