17/11/2019 / 17:10
Jesús Orea


Imagenes

El viaje liberal

El precio de los apoyos que necesitan PSOE y Podemos ya saben que no será barato, además de los nacionalismos ‘ombliguistas’, endogámicos y pedigüeños.


Como es archisabido y pluricomentado, las elecciones generales celebradas el pasado domingo nos han dejado un panorama político tan complicado como el que había antes de su celebración, o más. El no solo sabio sino sapientísimo refranero castellano tiene una sentencia que le viene al pelo a lo sucedido: “Para este viaje no hacían falta alforjas”. Efectivamente, en ese carísimo viaje, que nos ha costado a los españoles mucho “tarín” -palabra que significa dinero en Migaña o Mingaña, singular jerga hablada en el noreste de la provincia-, nos embarcó el presidente del gobierno en funciones, Pedro Sánchez, errando de bulto el cálculo. El líder del PSOE y sus asesores áulicos -Tezanos y Redondo- creían que ese periplo electoral que ha costado 140 millones de euros les iba a llevar a él y a su partido a mejorar significativamente sus resultados de abril y, en consecuencia, a tener una posición negociadora mucho más fuerte para, por fin, desbloquear la situación política y ser investido jefe del gobierno con todas la fuerza de Ajax. El fiasco ha sido minino pues, lejos de mejorar sus resultados, los ha empeorado, perdiendo 3 escaños y casi 800.000 votos, al tiempo que su ya anunciado socio de coalición, Pablo Iglesias, se ha dejado en el camino también siete diputados y casi 700.000 votos. Ese retroceso de ambas fuerzas de izquierda, la complicada matemática electoral que han devenido de los comicios y los pelos/papeletas que ambos se han dejado en las gateras/urnas, les ha convencido de que es mejor no tentar una tercera vez a la suerte con unas nuevas elecciones y llegar en menos de 48 horas a un acuerdo para gobernar en coalición cuando no lo alcanzaron en cinco meses sumando diez escaños más. Para que ese gobierno se concrete, deben sumar en la sesión de investidura los votos de varias fuerzas políticas, entre ellas, alguna nacionalista/separatista, probablemente el PNV, aunque no descarten también a ERC y Bildu, probablemente en forma de abstención. El precio de los apoyos que necesitan PSOE y Podemos ya saben que no será barato pues, además de los nacionalismos “ombliguistas”, endogámicos y pedigüeños nacidos en la primera hora de la democracia, un fenómeno que está aflorando últimamente en la política española son los partidos regionalistas -de momento- que podríamos llamar “pragmáticos” -los dos canarios, el cántabro de Revilla, Teruel existe, Coalición por Melilla,…- que descaradamente cambian votos por inversiones y gasto público en sus respectivos territorios, mirando solo para sí mismos, pero no para España ni la humanidad, por utilizar el lema andaluz. “Mal camino no lleva a buen pueblo”, decía el sabio “Tío Linos”, de Zaorejas y, o se cambian las leyes electorales para contener este fenómeno que impulsa intereses localistas en detrimento de los generales, o pronto van a surgir otros partidos tipo a “Soria se mueve”, “Palencia en acción”, “Segovia es más que el acueducto”, “Ávila por sus yemas” o “Guadalajara no solo está en Jalisco”.

Trato el asunto con ironía, pero comienza a ser preocupante, a pesar de su legitimidad porque, efectivamente, las provincias de la ahora llamada “España vaciada”, y otras de tamaño medio, es lógico que quieran revertir su situación y arrimar las ascuas a sus sardinas, después de ver como lo han hecho con pingües resultados los nacionalistas durante los últimos 40 años y lo bien que les ha ido a ellos, aunque a España le haya ido mal y le esté yendo cada vez peor. ¡Ojo al parche!, pues, porque a este paso España se convierte en un mosaico ingobernable de siglas, con intereses localistas o regionalistas fundamentalmente detrás de ellas, explosionando el estado al tiempo que implosionan los territorios que lo conforman.

Termino ya con la noticia más relevante que se ha producido en los últimos días en lo que a liderazgos políticos se refiere, como ha sido la dimisión de Albert Rivera, presidente de Ciudadanos. Lo primero que hay que hacer es agradecerle que haya dejado claro que el verbo dimitir se puede conjugar en primera persona del singular; lo segundo, reconocerle su patriotismo en Cataluña, el de mayor valor pues serlo en Castilla es algo que lleva implícito el páramo mesetario; lo tercero, aplaudirle el hecho de haber intentado crear un partido de centro, reformista y liberal -aunque comenzó flirteando con la social democracia-, pero sus propias estrategias, muchas veces cambiantes y abusadoras de la táctica, hayan erosionado la credibilidad de su proyecto. He manifestado públicamente en cuantas ocasiones he tenido que mi opción política es el liberalismo, pero nunca me identifiqué con Ciudadanos porque vi demasiada impostura y excesivos bandazos e incógnitas en su política, además de más oportunistas de los deseados entre sus filas. Salvo que un nuevo liderazgo de Ciudadanos convierta a este partido en un verdadero y sólido referente reformista y liberal, habrá que conformarse con que el liberalismo sea una opción transversal que cada vez tenga mayor peso ideológico en los partidos moderados convencionales. Ya lo decía uno de los padres del liberalismo contemporáneo español, Joaquín Garrigues Walker, “las bases del partido liberal en España caben en un taxi”.


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