19/09/2020 / 12:02
Luis Monje Ciruelo


Imagenes

En septiembre a robar en el campo

  La agradable temperatura reinante en septiembre y octubre invita a salir al campo.


Creo que todos hemos robado de chicos frutos del campo. Un deporte juvenil que practicábamos con entusiasmo era el de encaramarnos a los frutales para llenarnos los bolsillos o la camisa de fruta. Más de un palo o pedrada o mordisco de perro sufrimos por tal motivo. Hortelano había en mi pueblo que se apostaba con la escopeta cargada de sal y perseguía con saña y con perdigonadas en el culo a los mozalbetes que saltaban las tapias de su huerto.

Quiero decir con esto que los frutos del campo han constituido siempre una tentación. Están tan a mano, sin vigilancia inmediata, que casi parece que detener el coche y coger unos racimos de uvas o una bolsa de tomates con el motor en marcha no es para molestar a nadie. Normalmente no lo es porque un racimo de uvas o un par de manzanas lo regala a cualquiera un campesino si se le pide. De todas formas, los chicos opinábamos que la fruta robada era más sabrosa que la que nos daban.  La agradable temperatura reinante en septiembre y octubre invita a salir al  campo. Y quizá de ahí nazca la tentación. La ocasión la pintan calva, deben de pensar las familias que pasean a pie o en coche entre frutales, huertas y viñedos.  Algunas se limitan a coger un racimo de uvas aquí, una manzana o membrillo más allá, o un puñado de tomates o de pepinos o de pimientos más allá. Sin ser esto aconsejable, tampoco es delito, aunque ronda la falta. Lo malo es cuando estas familias pierden el sentido de la moral y salen al campo con la finalidad de proveerse de frutas y hortalizas para toda la semana. Esto no es un supuesto, sino una realidad. Domingueros hay que hacen de sus excursiones una pura “razzia”, entrando a saco en viñas, higueras, nogales, hortalizas etc. como en una operación de tierra quemada. Si la Guardia Civil hiciera abrir los maleteros de los coches al regresar a la ciudad, como en los tiempos del estraperlo, habría muchas sorpresas. Y lo malo es que muchos de estos desaprensivos con frecuencia despliegan esta táctica acompañados de sus hijos, acostumbrándoles insensatamente a apoderarse de los ajeno, como si esto no fuera igual de delictivo que cogerlo en una frutería en un descuido del dueño.

Pero también puede suceder que, ante la imposibilidad de que la Guardia Civil o los guardas jurados vigilen todas las fincas, el agricultor se harte y coja la estaca, la hoz o la escopeta para montar su propio servicio de protección. Con lo que habremos regresado a los usos medievales, con la única diferencia de que entonces al ladrón de cosechas se le ataba al potro, por eso: por ladrón, y ahora, en cambio, si se le llama ladrón al dominguero que roba, encima se considera injuriado.  


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