Experimentos psicológicos (XII)


Una cosa es la llamada inteligencia emocional, inteligencia social, que es fundamental, y otra bien distinta, o no tan distinta, es la inteligencia en bruto, como capacidad, como talento.

Inteligencia o inteligencias

A principios del siglo XX, el psicólogo Charles Spearman propuso un modelo matemático para analizar la inteligencia, resolviendo así parte del debate sobre su naturaleza. Posteriormente, Louis L. Thurstone amplió este enfoque identificando cinco aptitudes principales, sin jerarquizarlas entre sí. Estas son: la aptitud verbal, relacionada con la comprensión del lenguaje; la aptitud espacial, que permite imaginar objetos en dos o tres dimensiones; la aptitud para el razonamiento, que implica la resolución lógica de problemas; la aptitud numérica, centrada en el manejo de cifras y conceptos abstractos; y la fluidez verbal, entendida como la facilidad para expresarse rápidamente con palabras.

Thurstone desarrolló diversos test para evaluar estas habilidades de forma diferenciada. De todas ellas, la prueba de vocabulario suele ser uno de los mejores indicadores del potencial intelectual, ya que refleja la capacidad de almacenamiento de información, similar al “disco duro” de un ordenador.

No obstante, los avances en psicología han demostrado que limitar la inteligencia al pensamiento abstracto es insuficiente. Las aptitudes sensorimotrices y rasgos de personalidad como la amabilidad o la extraversión pueden ser igual o más valiosos en el ámbito profesional y social. De este modo, una persona con inteligencia elevada pero un carácter difícil puede no resultar tan funcional como otra con habilidades sociales más desarrolladas.

NOTA DEL AUTOR: Es un estudio que acepta críticas, porque una cosa es ser empático, extrovertido, colaborador, y otra poseer realmente inteligencia.

Naturalmente que para la vida social es importantísimo los aspectos de empatía, de generosidad, incluso de extraversión. Pero eso no es puramente inteligente.

La inteligencia exige capacidad de abstracción, de anticipación, de conjugar aspectos, de resolución de problemas novedosos, incluso de creatividad.

Digo, una cosa es la llamada inteligencia emocional, inteligencia social, que es fundamental, y otra bien distinta, o no tan distinta, pero que debemos diferenciar, que es la inteligencia en bruto, como capacidad, como talento. Hay gente muy inteligente y asocial. Y hay personas absolutamente gratas, y escasamente inteligentes. 

Por cierto, que hay personas, créanme, que conjugan ser inteligentes con ser bellísimas personas.

 

REFERENCIADO:

Thurstone, L. L. (1938). Primary Mental Abilities. University of Chicago Press. Spearman, C. (1904). “General Intelligence,” Objectively Determined and Measured. American Journal of Psychology, 15(2), 201–292. https://doi.org/10.2307/1412107.

 

El síndrome del hospitalismo

En 1945, el psicólogo René Spitz describió el término hospitalismo para explicar los efectos negativos observados en niños pequeños que pasaban largos periodos en hospitales o instituciones. Estos niños, aunque físicamente sanos, desarrollaban apatía, retraso en el desarrollo físico y emocional, e incluso altas tasas de mortalidad. Spitz atribuyó estos problemas no a causas médicas, sino a la falta de estimulación sensorial y emocional en su entorno.

En esa época, los hospitales presentaban un ambiente extremadamente austero: paredes y sábanas blancas y una atención centrada únicamente en necesidades médicas, con poco contacto físico o interacción emocional entre los cuidadores y los niños. Spitz observó que esta ausencia de estímulos visuales y afectivos tenía un impacto devastador en el desarrollo infantil.

En uno de sus estudios, Spitz comparó a niños hospitalizados con otros que, aunque vivían en prisiones junto a sus madres, recibían contacto emocional y físico constante. Los resultados mostraron que los niños hospitalizados tenían un desarrollo mucho más limitado que aquellos criados con el cuidado cercano de sus madres.

El trabajo de Spitz fue crucial para comprender la importancia del apego, la interacción emocional y la estimulación temprana en los primeros años de vida. Estos hallazgos influyeron profundamente en los protocolos de atención infantil en hospitales y en el desarrollo de teorías del apego, como las de John Bowlby, destacando la necesidad de un cuidado más cálido y humano en entornos institucionales.

 

NOTA DEL AUTOR: Profesionalmente, hemos comprobado la importancia del vínculo, del apego, del contacto. Y cómo en ocasiones, es suplida por el amor, el cariño, el piel con piel, de familias que adoptan o acogen.

Somos seres muy sociables, que requerimos de la palabra, del contacto, para crecer, para evolucionar, para madurar de forma sana.

 

REFERENCIADO:

Spitz, R.A. (1945). Hospitalismo Solicitud de la Génesis de Condiciones Psiquiátricas en Temprana Niñez. Estudio Psicoanalítico de Niño, 1, 53-74.

 

Conductas perfeccionistas

Aunque suele pensarse que morderse las uñas es un gesto nervioso, cada vez más investigaciones apuntan en otra dirección: podría estar relacionado con el perfeccionismo. Comerse las uñas, arrancarse los padrastros o tirarse del pelo son comportamientos repetitivos centrados en el cuerpo que muchas veces sirven para calmar sensaciones como el aburrimiento, la irritación o la frustración.

Un estudio con 48 personas mostró que quienes tenían estos hábitos eran, en su mayoría, personas perfeccionistas y organizadas, con una fuerte necesidad de mantenerse ocupadas y una tendencia a sentirse incómodas cuando no están en actividad constante. Los investigadores recrearon distintas situaciones emocionales-estrés, relajación, frustración y aburrimiento- y comprobaron que los comportamientos repetitivos aparecían en todos los casos menos en el estado de relajación.

Esto sugiere que el estrés no es el único detonante: el aburrimiento y la frustración pueden tener un papel aún más relevante. Esta visión permite entender mejor estos gestos compulsivos y ofrece nuevas vías para tratarlos. De hecho, la terapia cognitivo-conductual ha demostrado ser eficaz para ayudar a las personas a gestionar esos impulsos, aprendiendo a responder de forma distinta ante las emociones que los desencadenan.

NOTA DEL AUTOR: Es fácil apreciar la conducta. Mucho más complejo resulta saber qué causa la misma. Pero esa es la labor del profesional, captar lo dicho, lo que se observa, pero también lo que se calla, e incluso lo que se oculta.

 

REFERENCIADO:

Cosier, S. (2015). La onicofagia puede deberse al perfeccionismo. Mente y Cerebro, 75, 4.

 

Lenguaje  y especialización hemisférica

Desde el siglo XIX, se sabe que el lenguaje articulado depende del hemisferio izquierdo del cerebro, gracias al neurólogo Pierre Paul Broca, quien, tras analizar el cerebro de un paciente incapaz de hablar, identificó la zona afectada y acuñó el término afasia para describir ese trastorno (1865).

Un siglo después, investigadores japoneses como Sumiko Sasanuma y Osamu Fumijura descubrieron algo sorprendente: en personas con daño cerebral en esa área (afásicos), el sistema de escritura ideográfico japonés (kanji) seguía funcionando mejor que el sistema fonético (kana). Mientras que los pacientes afásicos cometían errores en el 96% de las palabras cuando escribían en kana (el alfabeto fonético), solo se equivocaban en el 45% de los casos al usar kanji, que se basa en símbolos visuales complejos.

Este hallazgo sugiere que distintas formas de lenguaje activan distintas partes del cerebro. El sistema fonético, como el kana o el alfabeto latino, depende del hemisferio izquierdo. Pero los sistemas visuales o simbólicos como el kanji pueden implicar otras regiones cerebrales, posiblemente en el hemisferio derecho, más vinculado al procesamiento visual y espacial.

Así, surge una pregunta clave: ¿estamos utilizando todo el potencial del cerebro en nuestras formas actuales de comunicación? Esta investigación abre la puerta a repensar el lenguaje desde una perspectiva neuropsicológica.

 

NOTA DEL AUTOR: Resulta muy esperanzador, muy atractivo, este tipo de estudio que abre ventanas al conocimiento. En este caso del lenguaje, de pensamiento, del cerebro, es decir, del ser humano.

REFERENCIADO:

Sasanuma, S., & Fumijura, O. (1971). The processing of kanji and kana in Japanese aphasics. Neuropsychologia, 9(1), 49–63. Broca, P. (1865). Sur le siège de la faculté du langage articulé. Bulletins de la Société Anatomique de Paris, 6, 330–357.