09/09/2020 / 21:34
LUIS MONJE CIRUELO


Imagenes

Félix Alcalá-Galiano

Artículo publicado en Nueva Alcarria el 22 de marzo de 2005 sobre la figura del hombre que "tuvo que enfrentarse al teniente coronel Tejero en el Congreso durante la frustrada rebelión del 23 de febrero de 1981".


Félix, como era conocido entre sus amistades y su amplio círculo de relaciones sociales, era el Excmo. Sr. D. Félix Alcalá-Galiano Pérez, general de División y ex Inspector General de la Policía Nacional, protagonista de un episodio del 23-F, alcarreño hasta la médula, nacido en Sayatón y fallecido en Guadalajara en 2005.

Quizá la resonancia de su apellido, entroncado con un héroe de la batalla de Trafalgar y con un famoso político, ministro durante la regencia de Isabel II, hizo que se le llamara más por su nombre de pila. Esa familiaridad no le creó nunca problemas debido a su sencillez. Hombre nada pagado de sí mismo ni de la alcurnia de su apellido, al que él añadió un motivo de lustre más, fue toda su vida un ejemplo de afabilidad y llaneza.

Su dominio de sí mismo y su natural bondad hizo que nunca perdiera los nervios, y hasta su familia presume de que nunca le vio enfadado. Pero no sólo ese sosiego de su carácter le definía, sino su profundo patriotismo y su profunda religiosidad, como puso de relieve el sacerdote en su elocuente oración fúnebre.

Todos sabíamos que Félix Alcalá-Galiano era un hombre bueno, tolerante y pacífico. Por eso parece una ironía del destino que él fuera quien tuviera que enfrentarse al teniente coronel Tejero en el Congreso durante la frustrada rebelión del 23 de febrero de 1981. Pero cumplió con su deber. Le exigió al sublevado, del que era superior jerárquico–entonces coronel subinspector de la Policía Nacional-, que entregara su pistola y se rindiera. Hubo una violenta discusión en la que todo fue posible entre hombres armados, pero la serenidad de Alcalá-Galiano permitió superarla.

Volvió por segunda vez al Congreso con orden expresa del Jefe del Estado Mayor del Ejército de recurrir a la máxima violencia, si era necesario, y sólo la irrupción del director general de la Guardia Civil la evitó. Pudo ocurrir una masacre, por más que Alcalá-Galiano se mostró contrario desde el primer momento a recurrir a las armas, dadas las fatales consecuencias que podría haber tenido para los diputados secuestrados.

Cuesta trabajo, además, imaginar a nuestro paisano disparar contra un hombre, y mucho más cuando la orden era verbal y no formulada reglamentariamente. Cuatro años después Alcalá-Galiano pasó a la reserva activa, y, como algún cónsul romano, se dedicó a la agricultura. Pocos días antes de diagnosticarle la enfermedad que en unas semanas le ha llevado a la muerte todavía  cultivaba su huerta e incluso la trabajaba con su propia mano. Su nombre ha quedado inscrito en la historia contemporánea. 


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