07/11/2019 / 20:46
Tomás Gismera / Historiador


Imagenes

Guadalajara y su viaje a la luna

Memoria de Emilio Herrera, que ideó el traje de los astronautas


En estos días, que todavía se habla del cincuentenario del viaje a la luna, no podemos dejar de echar la mirada a alguno de nuestros grandes hombres que desde aquí, desde Guadalajara, llevaron a su tiempo hazañas semejantes; y fueron admirados dentro y fuera de España cuando los hombres de ciencia, y de nuestra aeronáutica, eran más populares que los jugadores de fútbol o los cantantes de rock. Y que Guadalajara fue la cuna de la aviación española, por lo que a estas alturas a nadie deberían extrañar nombres como los de Francisco y Pedro Vives, José Ortiz de Echagüe, Mariano Barberán o mi más paisano, el atencino Vicente Redondo, sin olvidar, claro está, a Emilio Herrera. Que cada uno de ellos llevó a cabo sus propias hazañas; en tiempos que eran de hazañas.

Cierto que algunos de ellos, como Francisco y Pedro Vives, o Emilio Herrera Linares, no vieron la luz del mundo en esta capital alcarreña que a poco más y pone por vez primera el pie en la luna; pero sí que vieron la luz de la ciencia aeronáutica en Guadalajara, y eso ya es algo grande, y muy a tenerse en cuenta. Cierto también que el gran hombre de ciencia que fue Emilio Herrera Linares nació al mundo en la hermosura de Granada, hijo de padre abulense y madre granadina; pero en Guadalajara se hizo hombre, y aquí construyó, a más de alguno de aquellos grandes ingenios que permitieron dar un paso hacia el futuro, su familia. Aquí se casó, aquí nacieron sus hijos y aquí alzó por vez primera los pies del suelo. En ese sueño del hombre por volar.

 

 

La de Emilio Herrera es una de esas historias que son dignas de llevarse a las pantallas cinematográficas, a los libros, a los museos e incluso a los cómics, puesto que fue uno de esos personajes que la historia da a los pueblos cada cien, o cada mil años. Uno de esos personajes que buscan en todo momento la superación, el dar un paso más allá en beneficio de la ciencia, y de sus semejantes. Fue, junto con nuestro paisano Ortiz de Echagüe, el primer piloto que a bordo de un avión cruzó el mar entre Tetuán y Sevilla, hace algo más de cien años. Y fue el primer español en buscar un enlace aéreo, a través del dirigible Zeppelin LZ127, entre Sevilla y Buenos Aires, en 60 horas de travesía a través del mar. Después de dar la vuelta al mundo… ¡en 23 días! Pronto se cumplirán los cien años también.

Para entonces, para 1928, cuando el Zeppelín que haría la travesía atlántica en dirección al Río de la Plata estaba en construcción, Emilio Herrera ya era una figura nacional. Veinte años atrás, en la Guadalajara en la que aprendió a volar, y en donde se formó, había sido capaz de dominar por sí sólo, un globo aerostático, de aquellos que precedieron a la aviación a motor. Había logrado volar de Guadalajara a Alovera en lo que algunos medios de prensa definieron como una especie de chorizo de Candelario, y lo hizo sin sufrir el más pequeño contratiempo.

Claro que para Guadalajara ya era un personaje conocido, puesto que como buen dibujante colaboraba con algunos medios de prensa con sus obras que nos descubren una Guadalajara, a plumilla y blanco y negro, enseñoreada por los cadetes de la Academia de Ingenieros Militares, a la que llegó cuando el siglo XIX se marchaba para dejar paso al siglo de la ciencia y los inventos; el de poner el pie en la luna.

Diecisiete años tenía Emilio Herrera cuando llegó a Guadalajara en 1896, para formarse en la  aeronáutica junto al verdadero padre español de la aerostática, don Pedro Vives, quien por matrimonio, pasó a ser poco menos que natural de Azuqueca, al menos, natural consorte.

Catorce años después, en 1910, Emilio Herrera ya volaba a bordo del dirigible España, que trataba de hacer sombra al Conde Zeppelin, y admiró a los madrileños al surcar sus cielos en el mediodía del 5 de mayo. Algo más de cuatro horas duró el viaje de ida y vuelta, Guadalajara-Madrid, y viceversa, y quienes lo pudieron ver entrando en la capital del reino por el barrio de la Guindalera y en línea recta dirigirse hacia el Palacio Real, no lo podrían olvidar en mil años que viviesen. Debió de ser algo semejante al paso por Sevilla del Graf Zeppelín en los prolegómenos de la gran Exposición Universal de 1929. El Zeppelin, que se le adelantó en el sueño de ser el primer europeo en llegar a América a través de su compañía de globos aerostáticos, la Transaérea Colón, en 1918.

Trabajó con Juan de la Cierva en el proyecto del autogiro y su mayor sueño fue ir un poco más allá, llegar a la estratosfera, acercarse a la luna.

Quienes escucharon sus planes, en una de las más significativas conferencias que acogió la Casa de Guadalajara en Madrid en su sede de la calle de Sevilla número 6 en la primavera de 1934 no podía salir de su asombro cuando Emilio Herrera anunció que antes de final de siglo el hombre pondría sus pies sobre la luna, y volaría a velocidades indecibles, a 800 o 900, o mil kilómetros a la hora. Entonces las velocidades aéreas, como mucho, alcanzaban los doscientos kilómetros a la hora, y no sin poco esfuerzo.

 

 

Lo más glorioso del  anuncio en aquella conferencia fue que proyectaba no sólo acercarse lo más posible a la luna, sino que construiría un globo capaz de llegar a los 26.000 metros de altura y, lógicamente, para llevar a cabo la hazaña construiría también, porque no se podía viajar de cualquier modo, un traje con el que llevar a cabo la gesta. El traje estratosférico. Herrera Linares ya estaba en posesión del record nacional de altura; había logrado elevarse en Barcelona hasta los 6.000 metros.

España se ponía, con el proyecto, a la altura de las grandes potencias mundiales. Ya habían intentado alcanzar aquella altitud los Estados Unidos, Alemania, Francia e incluso Rusia y Polonia. Ninguno había alcanzado los 19.000 metros, quedando el record, hasta aquel momento, en poder de los EEUU, en algo más de 18.500.

Subir a lo alto del firmamento tenía un objetivo: estudiar las corrientes de aire, la atmósfera, la temperatura…, todo aquello que pudiera servir para que, a partir del primer ascenso, los aviones pudiesen ir adaptándose, salvar las dificultades, alcanzar altura y, por supuesto, velocidad.

Claro que también podía ser un viaje sin retorno. No sería el primer aeronauta que desaparecía en el empeño. Cercano estaba, cuando Herrera Linares proyectaba su ascenso, la gloria y desgracia del vuelo del Cuatro Vientos. El suyo era un ascenso que patrocinaría la Sociedad Geográfica Nacional, presidida por el doctor Marañón, a bordo de un globo, construido para la ocasión, de 36 metros de diámetro, en los talleres aeronáuticos de Guadalajara por el maestro ingeniero Juan Pino. Los peligros, muchos, el seguimiento sería igualmente numeroso, con gentes de renombre para la ciencia, más que española, mundial, desde el casi mítico Leonardo Torres Quevedo, a Juan de la Cierva, que tendría previsto un autogiro para volar inmediatamente al lugar en el que el globo de Herrera Linares, tras el descenso, tomase tierra.

En 1933 comenzó Herrera Linares a trabajar en el traje estratosférico que había de aguantar temperaturas de hasta 80 grados bajo cero. Un traje semejante al que utilizaban los buzos en sus descensos a las profundidades marítimas, pero con alguna complejidad más: una escafandra de duraluminio convenientemente sujeta al traje, compuesto de una capa exterior de cuero con forro de piel, traje interior impermeable de caucho, con calefacción eléctrica, manómetro, medidor de ascenso, válvulas de comunicación, conductores de radio…  Se proponía permanecer en el aire, a la máxima altura, cinco horas. Las suficientes para poder llevar a cabo todo su estudio.

El ascenso estaba previsto para el mes de mayo de 1934, que las condiciones climáticas fueron retrasando hasta el verano de 1936. En Santander se encontraba Emilio Herrera, presentando el proyecto, cuando el calendario marcó el 18 de julio, y todo se desbarató. Herrera, que había permanecido fiel a Alfonso XIII, hasta que el rey le liberó del compromiso, permaneció después fiel a la República, y con la República marchó  al exilio. Fue presidente de la República Española, en el exilio, en los primeros años de la década de 1960.

Emilio Herrera, uno de los científicos más insignes que España conoció, que nació  para la ciencia en Guadalajara, no ascendió a la estratosfera, pero su traje estratosférico sirvió de modelo para el que llevaron los primeros astronautas que pusieron el pie sobre la luna, en cuyo viaje colaboró, sin conocer su final, falleció dos años antes de que se llevase a cabo. Pero de alguna manera, Herrera Linares, y Guadalajara, hace cincuenta años, subieron a la luna.


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