02/08/2020 / 13:38
Pedro Villaverde Embid


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Homenaje sentido

El 30 de julio no es, por desgracia, un punto y final, pero al menos ha supuesto un paréntesis para tomar aire, rendir tributo a los fallecidos, enorgullecernos de lo mucho bueno que tenemos como colectividad y mirar al futuro con un poco más de consuelo y esperanza.


La coincidencia de la fecha con las vacaciones de verano fuera de la ciudad de Guadalajara nos impidió este jueves asistir al acto de homenaje organizado por el Ayuntamiento de la capital como reencuentro de la sociedad para rendir tributo a todas las víctimas de la terrible pandemia que nos amarga y condiciona la vida. Estamos seguros de que fue- escribimos estas líneas poco antes del evento- un momento lleno de emotividad, sentimiento, unidad, manifestación de cariño, solidaridad y agradecimiento colectivo a una sociedad que ha plantado cara de forma ejemplar a esta enfermedad. Un monumento, algo tangible, aunque siempre en los corazones y en las memorias permanecerá viva la experiencia de este drama y el recuerdo a los fallecidos, será testimonio para las futuras generaciones de un capítulo triste de la historia del mundo, en el que muchas personas perdieron la vida sin la cercanía de su círculo afectivo, en ocasiones sin recibir el tratamiento que hubiesen requerido. Ha sido cruel, injusto, doloroso, frustrante. Nunca podremos olvidar lo que pasó en aquellos meses, especialmente de marzo y abril, con tanta muerte, sin duelo, sin funeral, sin entierro, sin un adiós, sin un abrazo. Ni nunca deberíamos olvidarlo porque es una crónica negra de nuestras vidas que no puede repetirse y de la que se debe extraer lecciones como la importancia de una buena dotación de medios para la sanidad o una mayor inversión en ciencia e investigación. Nos quedará siempre, al menos, la satisfacción de la respuesta social, de unos profesionales sanitarios convertidos en jabatos, unas fuerzas y cuerpos de seguridad ejemplares, de tantos trabajadores que permanecieron en sus puestos durante el estado de alarma para que no faltasen productos de primera necesidad y pudiera cumplirse el confinamiento y de muchos colectivos y particulares que con su solidaridad paliaron los efectos. El 30 de julio no es, por desgracia, un punto y final, pero al menos ha supuesto un paréntesis para tomar aire, rendir tributo a los fallecidos, enorgullecernos de lo mucho bueno que tenemos como colectividad y mirar al futuro con un poco más de consuelo y esperanza.


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