Juegos y diversiones de temporada
La estrecha relación de las personas con el medio, condicionaba, y condiciona todavía, la sucesión de los tiempos de fiesta, de los ritos y de la vida cotidiana.
También el mundo de lo lúdico seguía en muchos aspectos el ritmo de los ciclos. Hay juguetes con membranas, como algunas zumbadoras o las pelotas de vejiga, que solo se fabricaban coincidiendo con las matanzas del cerdo; en muchos lugares también se usó ese material elástico para la construcción de zambombas. En algunas localidades alcarreñas se construían “rabeles” de vejiga de cerdo en tiempo de Navidad.
Cada juguete, instrumento o elemento ritual tenía su tiempo: carracas en Semana Santa, zambombas en Navidad, calabazas iluminadas para la Noche de los Difuntos. Sacar esto de su contexto era inconcebible, se pensaba que traía mala suerte; en cierto sentido era considerado “tabú”.
Partida de frontón. Foto: José Antonio Alonso.
El clima y los agentes atmosféricos condicionaban la existencia de determinados juegos, juguetes y pasatiempos; el invierno era propicio para los juegos en el interior de las casas: juegos de naipes y de mesa, de dedos y manos, de adivinanzas, trabalenguas y otros muchos en los que las palabras eran protagonistas; era el tiempo de las largas veladas alrededor de la lumbre en las que los mayores se entretenían recordando las viejas leyendas y contando cuentos a los niños, mientras estos practicaban juegos de cuerdas con las manos. La nieve, en aquellos tiempos de grandes nevadas de montaña, aseguraba la diversión con peleas a bolazos, fabricación de muñecos y pistas de patinaje improvisadas. Cuando llegaba la época de los deshielos, la nieve se iba deshaciendo y por las laderas de las montañas iba discurriendo lentamente el agua, que unida a la de las lluvias iba formando charcas y balsas alrededor de los ríos y arroyos que impedían, en algunas zonas, el tránsito normal de los pastores; en esos días era habitual que los mayores y los chavales del oficio se fabricaran zancos para pasar las pequeñas corrientes de agua; estos zancos eran de sencilla construcción: se utilizaban largas ramas rectas de los árboles, dejando una pequeña horquilla que se reforzaba a base de finos mimbres, sargas y otras fibras para poder apoyar los pies; para los mayores andar con zancos era una práctica más del oficio, para los pastorcillos y pastorcillas, que desde muy niños empezaban las tareas, andar y hasta correr con zancos era, en cierto sentido, una diversión.
Zancos. Pálmaces de Jadraque. Foto: José Antonio Alonso.
También la lluvia invitaba al recogimiento en las casas y casillas, pero la tierra húmeda facilitaba algunos juegos como el “hinque” o el “gua” con sus canicas. Las rachas de viento eran imprescindibles para que funcionaran las cometas así es que, si hacemos caso al refranero: “marzo ventoso” podría ser un mes propicio para lanzar al cielo aquellas artesanales y sencillas cometas. La lluvia impedía el normal desarrollo de juegos y deportes al aire libre. La práctica de algunos de ellos tenía también su propia temporización: era habitual, por ejemplo, el juego de pelota, los domingos, a la salida de misa, muchas veces utilizando el propio muro de la iglesia habilitado como frontón, otras en las instalaciones municipales construidas para tal fin:
Esta es la plaza señores,
esta es la plaza y no hay otra,
donde se tira la barra
y se juega a la pelota.
Esta es la plaza señores
donde yo me divertía,
los sábados por la tarde,
los domingos todo el día.
En nuestras comunidades tradicionales, pasado el Carnaval, la Cuaresma era un tiempo de silencio, en el que toda actividad musical y festiva, en general, estaba prohibida, salvo excepciones; aunque, según parece, el juego sí estaba permitido. En Villanueva de Alcorón, por ejemplo, las mujeres jugaban a la “chueca”, en Semana Santa, según dejó escrito Araceli MARTÍNEZ (Cuadernos de Etnología, nº 9, 1989).
En los núcleos rurales y en los barrios urbanos de extrarradio, en contacto con el campo, era muy habitual que los niños y niñas jugáramos con los animales, en sus distintos momentos del ciclo vital. Se jugaba con los renacuajos, con los grillos y saltamontes, con las “mariquitas” que recorrían la palma de las manos, hasta que, cansadas, levantaban el vuelo; nos divertíamos con los “zapateros” que andaban sin hundirse en las aguas quietas de las charcas, con las mariposas; se intentaba sacar con una pajita a las arañas de sus nidos; se echaban carreras de caracoles, y, por la noche, se buscaban luciérnagas para posarlas en la mano, contemplando su luz en medio de la oscuridad, y los chavales más pequeños eran objeto de las bromas de los mayores, cuando se les mandaba con un saco a cazar unos legendarios y desconocidos animales llamados “gamusinos”.
Jugando con cuerdas. Foto: José Antonio Alonso.
También es cierto que algunos animales sufrían las consecuencias de aquella sociedad de aprendices de cazadores: eran tiempos de buscar nidos y de cazar pájaros con muy diversos sistemas; pero, por lo general, los animales domésticos eran buenos compañeros de juego y se creaban lazos afectivos muy fuertes, especialmente con los perros que guardaban la casa y los rebaños, y con los cabritillos y terneros y el ganado mular que ayudaba en las faenas agrícolas y que formaba parte de la familia y a los que se “bautizaba” con nombres para poder llamarlos –recuerdo yo que teníamos en casa una mula de color cobrizo a la que llamábamos “naranja”, un macho “romero” y una vaca “morena”-.
La existencia o no de ciertas especies animales o vegetales, unido a la pervivencia de algunas tradiciones condicionaba también algunas costumbres de carácter lúdico. Estoy recordando, por ejemplo, la cría de gusanos de seda, en sitios como el barrio de la Estación de Guadalajara o Marchamalo, donde pasé algunos años de mi infancia; en estos dos lugares había moreras abundantes donde proveerse, para alimentar a los gusanos que acababan formando los capullos de seda, de los que saldrían las mariposas. Lo habitual era que se guardaran en una caja de zapatos con orificios y que todos los días visitáramos a nuestros gusanos para limpiar la caja y aportar las hojas de morera imprescindibles, mientras contemplábamos el curioso proceso de transformación de los animales.