“La Muralla” hecha en 200 días (y mucho más)
La plaza de toros de Brihuega, conocida popularmente como La Muralla es un símbolo urbano, social y taurino que lleva seis décadas marcando el latido cultural de la villa. Fue levantada en solo 200 días en 1965 para poder estar lista con motivo de la visita de figuras como Paco Camino, Andrés Hernando y El Cordobés en su inauguración del 12 de junio de aquel año, un hito en la historia festiva de la Alcarria.
Lo que la diferencia de muchos otros cosos es su integración arquitectónica en el tejido histórico de Brihuega: su construcción colindante a la muralla medieval y el uso de materiales similares permite que el edificio dialogue con el conjunto fortificado de la villa sin romper su estética tradicional. Es, por derecho propio, el coso taurino con mayor capacidad de la provincia (cerca de 8.000 localidades) y uno de los centros de mayor actividad festiva y cultural de Guadalajara.

Plaza de toros La Muralla en Brihuega, construcción de 1965.
Pero La Muralla no vive solo del pasado. Cada temporada taurina se convierte en una oportunidad para reencontrar tradición y fiesta: su Corrida de Primavera, programada cada abril, es una de las fechas más esperadas del calendario local y provincial, reuniendo a aficionados, ganaderías destacadas y carteles de gran relevancia que enriquecen la cultura taurina española incluso fuera de los grandes centros.
Además, en el municipio se trabaja actualmente en la creación de un Museo Taurino, que busca poner en valor el legado histórico y social de La Muralla y de toda la tradición taurina de Brihuega, desde sus encierros documentados desde 1584 —los segundos más antiguos de España— hasta sus festejos contemporáneos.
Coso de Las Cruces
Antes de existir edificios permanentes, los toros en Guadalajara se corrían en sus Plazas Mayores, que funcionaban también como mercados y espacios de reunión social. Hasta mediados del siglo XIX, los festejos se celebraban en la Plaza de Santa María, en la de Santo Domingo (llamada del Mercado) y en la Plaza Mayor, cada una con un carácter propio que mezclaba comercio, política y ocio.
Una de las anécdotas más impactantes ocurrió en el siglo XVI, cuando un toro rompió la seguridad de la Plaza de Santa María, atravesó la puerta del Palacio del Infantado y corneó a Bernardino de Mendoza, que falleció días después. Este suceso documenta los riesgos de los recintos abiertos de la época y subraya cómo la tauromaquia y la vida urbana estaban estrechamente entrelazadas.
Con el tiempo, la ciudad fue incorporando recintos estables, hasta que se consolidó el actual Coso de Las Cruces, inaugurado en 1959 en el mismo lugar donde desde 1861 existía una plaza de madera. Esta continuidad demuestra la importancia social de los toros en la capital, uniendo tradición y modernidad.

Interior de la plaza de toros Coso de Las Cruces en Guadalajara con ruedo y gradas
Sigüenza: el “Toril” perdido en la historia
En Sigüenza, la historia taurina se remonta a los siglos XVI y XVII. Existe constancia de que en 1548 se documentó un acuerdo municipal para derribar un "toril" o corral de toros fuera de las murallas. Muchos registros de esos años se perdieron o fueron mutilados, lo que sugiere pleitos o incidentes que la ciudad prefirió no recordar oficialmente, mostrando cómo la gestión de los toros estaba sujeta a conflictos urbanos y sociales incluso en aquel entonces.

Plaza de toros en Sigüenza, Guadalajara, España
Pastrana: de mercado a ruedo
La plaza de Pastrana es considerada la más antigua “especializada” de la provincia. Construida en el barrio del Albaicín, ocupa un espacio que desde el siglo XVI funcionaba como mercado de moriscos. Su diseño mantiene ese aire de plaza de pueblo, integrado en el casco histórico, y refleja la transición de los espacios urbanos de uso comercial a espacios de espectáculos públicos, preservando la identidad local y la memoria comunitaria.

Plaza de toros de Pastrana, Guadalajara, España, vista exterior
Fuentelencina: el pueblo de las figuras
En Fuentelencina, con apenas 300 habitantes, tiene una vinculación histórica con figuras del toreo que superan su tamaño: Manolete, que pasaba temporadas de descanso en el pueblo por su relación con Lupe Sino, cuya familia residía allí, e Iván Fandiño, que vivió en Fuentelencina y llegó a torear en la Plaza Mayor, reforzando la idea de que en Guadalajara, la plaza es también el pueblo mismo.

Plaza de toros de Fuentelencina, Guadalajara, España, pequeña plaza tradicional
La evolución de los recintos taurinos muestra cómo Guadalajara pasó de improvisar corrales frente a palacios ducales a construir plazas permanentes como La Muralla de Brihuega. Guadalajara mantiene su tradición taurina, defendiendo las fiestas y plazas pese a cambios sociales y culturales.

