La Muela de los califas
La Muela de Alcorón es un patrimonio histórico apenas explorado, un archivo al aire libre, un libro abierto que pocos hojean. José Andrés Muñoz Rico, autor del estudio que rescata estas páginas olvidadas y participante destacado en el Congreso de Historiadores del Alto Tajo, nos desvela sus miserios, que solo conocen sus vecinos.
Falta que la administración y la ciencia le presten la atención que merece, antes de que el olvido y la descoordinación terminen sepultando lo que aún sobrevive: la memoria de un territorio y de quienes lo habitaron.
La Muela de Alcorón es un altiplano áspero y hermoso que se reparte entre Peñalén, Zaorejas, Huertapelayo, Armallones y Villanueva de Alcorón, con un pedazo que pertenece a Carrascosa de la Sierra, en Cuenca. Allí, donde los valles se besan en el Puente de San Pedro y en la Peña Escrita, la historia no se exhibe en museos: se pisa.
José Andrés Muñoz desvela que durante siglos, investigadores como Antonio Blázquez, Jesús Valiente Malla, Juan Manuel Abascal Palazón o Santiago Palomero Plaza han rastreado sus huellas. Hoy, senderistas y curiosos descubren lo mismo que ellos: un territorio que fue paso obligado de califas y reyes, de ejércitos y monjes, y que aún conserva, casi intacto, el eco de aquellas pisadas.
El autor indica que en el otoño de 935, Abderramán III plantó sus tiendas en la Acampada de Al-Aybul, junto a Zaorejas. Llegaba al frente de cinco mil hombres, con todo el aparato de un califa en campaña: soldados en grupos de ocho por tienda, provisiones, caballos, el peso entero de un imperio. Apenas unos años antes, en 927, había sometido Uclés, Huete, Huélamo y Molina. Ahora, su ruta hacia Córdoba pasaba por la Laguna de Gallocanta, Molina, Al-Aybul, Alcantud y Santaver. Descansó allí antes de seguir.
Siglos después, en el invierno de 1128, otro hombre fuerte llegó a la Sierra de Alcorón. García Ramírez, lugarteniente de Alfonso I el Batallador, se fortificó en los Casares de García Ramírez que hoy llevan su nombre. Acababa de conquistar Molina. Cuando el rey aragonés murió en 1134, García Ramírez fue proclamado rey de Pamplona y se casó con una hija ilegítima de Alfonso VII. Su hija Sancha, unida a Pedro Manrique de Lara, señor de Molina, heredó aquellos cerros. En 1175, ella y su esposo los donaron al Monasterio de Santa María de Huerta.
Los Casares, en el término actual de Carrascosa de la Sierra (fundado en 1201), ya eran estratégicos mucho antes: celtíberos y romanos los usaron para controlar el ascenso desde Peña Escrita hacia la cima de la Muela de Alcorón y el Tajo. Hoy apenas quedan piedras, pero bastan para recordar que allí se jugaron reinos enteros.