22/09/2020 / 21:30
Tomás Gismera / Historiador


Imagenes

La Santa Espina de Prados Redondos


Doña Mencía de Mendoza, que fue mujer del segundo conde de Medinaceli, tuvo a bien obsequiar a una de sus damas, Leonor Vázquez Barrientos, con motivo de su casamiento con don Diego López Cortés, al parecer natural de la hermosa población molinesa de Prados Redondos, con algo excepcional para la época: un relicario conteniendo una Espina de la Corona de la Pasión de Jesús. Ocurría aquello en el año de gracia de 1383. Convirtiéndose así, Prados Redondos, en la primera población de Guadalajara en tener una Santa Espina, de las cinco con que contó la provincia, dos en la iglesia de San Nicolás de la capital provincial, a la que llegaron por donación del Conde de Coruña en el siglo XV, al  parecer desaparecidas durante la Guerra Civil de 1936; y dos más que se conservan en la villa de Atienza. 

Por supuesto que cada una de ellas tiene su historia, en ocasiones tan milagrosa como las de Guadalajara, que todos los lunes de Pascua, en procesión rogativa, eran llevadas hasta las aguas del Henares, donde eran zambullidas para que bajasen mansas a lo largo del año; hasta que en una de aquellas el agua las arrebató de las manos del sacerdote que en ellas las introducía. Lo milagroso del caso fue que, cuando se creían perdidas para siempre, al retornar a San Nicolás, en procesión de penitencia, los feligreses las encontraron en el lugar de costumbre. Sucedía aquello en los últimos años del siglo XV.

Con los milagros de las Espinas de Atienza podría escribirse un tratado contando las ocasiones en las que detuvo el fuego, atrajo el agua, aplacó la maldad de las nubes o sanó a príncipes y reyes.

 A la de Prados Redondos se le atribuyen otros tantos, también relacionados con el agua y las nubes, desde siglo XVI en que se encuentran en la iglesia. Con anterioridad bendecían la casa de sus amos quienes ante la amenaza de tormenta solían sacarlas a la ventana o corredor de la casona, para detener la amenaza del temporal.

La relación de las espinas de la corona de Jesús conservadas en España es interminable: tres se encuentran en Ágreda (Soria); una en Alcalá de Henares (Madrid); dos en Balaguer (Lérida); dos en Barcelona; once en El Escorial (Madrid); ocho en la catedral de Oviedo; dos en Palma de Mallorca; dos en Tárrega… 

Por supuesto, Roma gana a todas las ciudades conocidas, 20 espinas se distribuyen en sus templos; 160 en las iglesias de Italia; e incluso el historiador italiano Fernando de Mely llegó a contabilizar más de 500 entre Italia, Francia, España y Alemania. La Corona de Cristo, cuenta la historia, tenía un total de 72 espinas. Corona que se encuentra habitualmente dentro de una urna de oro en la catedral de Notre Dame de París, lógicamente, sin ninguna espina en la actualidad. 

Claro está que las reliquias lo son por serlo y por contacto, lo que quiere decir que mientras no se demuestre lo contrario cualquiera de los cientos de ellas que se esparcen por el mundo puede ser considerada auténtica.

Si bien es cierto que las verdaderamente auténticas, las que según la historia salieron de la Corona de Espinas que llegó a Francia en 1238 en tiempos del  rey Luis IX solían acompañarse de una auténtica, un documento sellado y firmado por el propio rey de los franceses que acompañaba la reliquia al lugar de su futura veneración, mientras que en los archivos de Francia, en los llamados cartularios de San Luis, quedaba copia. Lamentablemente los cartularios del rey santo desaparecieron al tiempo mismo que desaparecía la corona francesa con la revolución de 1789, por lo que no se puede comprobar su salida de Francia; la autenticidad de las espinas que se conservan en España tampoco, puesto que les desaparecieron las auténticas  con ocasión de guerras, incendios o revoluciones.

Sin embargo, y al contrario de otras semejantes en las que la historia no puede ser probada documentalmente, las de Prados Redondos, al menos desde 1383 cuentan con una larga serie de documentos que tratan de probar su veracidad después de que la condesa las regalase a su dama y con el paso del tiempo terminasen en la iglesia de Prados Redondos. 

A manos de la Casa de Medinaceli, cuenta don Nicolás Sanz Martínez, que escribió su historia en 1966, llegó a través del padre de don Gastón, don Bernardo de Foix. Don Nicolás Sanz Martínez, Presbítero entonces de Prados Redondos, tampoco obtuvo resultado en sus pesquisas francesas. Por mucho que buscó, nada halló. El propio Presbítero se planteó la idea de acudir a París y allí revisar uno por uno todos los legajos –de las cartas reales-, por ver si hay o no constancia de la donación en cuestión, con lo que quedaría probada nuestra incógnita.

Sin embargo es fama que desde aquel 1383 la devoción popular fue creciente en la comarca, hasta el punto de alzarse delante de la iglesia un templete desde el que con motivo de la adoración popular, son mostradas a los devotos, que suele suceder el 4 de mayo, el Viernes Santo y el día del Cristo, el 14 de septiembre. Desde el templete se muestran desde 1590, en que fue levantado.

Las Espinas de Guadalajara se mostraban al público el día de Viernes Santo y el lunes de la Pascua; las de Atienza no comenzaron a mostrarse hasta que los frailes del convento franciscano en donde se encontraban desde los primeros años del siglo XIV se dieron cuenta de que podían atraer, además del culto, las limosnas de los devotos, por lo que las sacaron de la cripta en la que se mantuvieron durante tres siglos y en los últimos años del XVIII las ofrecieron a la devoción popular en la capilla mayor de su iglesia. Después las sacaron en procesión por vez primera en 1813, para que los atencinos viesen que los franceses no pudieron con ellas; ahora se muestran a diario en el Museo de Arte Religioso de la Santísima Trinidad, iglesia a la que llegaron en 1835, cuando los frailes franciscanos fueron exclaustrados y el convento quedó a la vera de Dios.

Hay quien opina que como regalo de bodas pudo ser excesivo el de una reliquia semejante; puesto que este tipo de reliquias no solían salir de las manos de la nobleza, a menos que las depositasen en iglesia o convento por la nobleza regido. Tal fue el caso de Atienza, siendo el lugar en el que se depositaron, la cripta de San Francisco, fundación real de la primera princesa de Asturias y luego reina de Castilla, Catalina de Lancaster, a más de que cuando llegaron el propio Guardián del convento era confesor de la reina de Navarra; historia semejante trajeron las de Guadalajara y, a pesar de que don Nicolás Sanz Martínez buscó los orígenes nobles de doña Leonor Vázquez Barrientos nada encontró anterior a su entrada en la casa condal de Medinaceli.

Quizá por ello fueron sometidas a proceso inquisitorial en el siglo XVI, siendo juzgados los herederos de los donantes, de donde resultó que de los testimonios ofrecidos por el último poseedor, don Diego López Cortés que fue juzgado, se pudo probar que recibió la espina por muerte de Gil Cortés, su padre, quien la recibió de Mateo de Barrientos, su tío, y este de Hernán Cortés, su hermano a quien se la legó Gil López, su padre, y a este los ya dichos doña Leonor y don Diego, concluyendo en su autenticidad, y en que con todas las bendiciones de la religión, podían ser expuestas a la pública veneración, pero no en una casa particular, sino en la iglesia parroquial en la que desde entonces se veneran. Constituyéndose a partir de entonces la cofradía de la Vera Cruz y Santa Espina, encargada de sostener el culto desde 1563 y de sacarlas en procesión y hacer las correspondientes rogativas en evitación de males tormentosos. 

Como todas las conocidas, sin conocerse muy bien el porqué de tener tan buena mano en asunto de tormentas y sequías, las de Prados Redondos hicieron el milagro en 1770 de llevar el agua al señorío molinés con motivo de la gran sequía que asolaba sus campos en el mes de junio; a los tres días de la rogativa popular que reunió a todos los pueblos del entorno, llovió. Algo similar sucedió en 1894, cuando el Ayuntamiento determinó celebrar una novena, y después una procesión, ante la amenaza de quedarse sin cosecha. Con la reliquia en los campos, en día claro y sin asomó de nubes, comenzó a torcerse el tiempo y, a punto de entrar nuevamente en la iglesia, se desataron las nubes con una lluvia mansa y benefactora, como cuenta su leyenda.

Siempre es bueno recorrer nuestros pueblos y conocer sus historias y misterios. Prados Redondos tiene mucho por descubrir, la Santa Espina es uno de ellos.
 


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