10/11/2019 / 12:00
Luis Monje Ciruelo


Imagenes

La sierra de Altomira

En ninguna de mis andanzas, ni siquiera por la zona del Alto de las Mesas y el  Pico del Lobo, rondando ambos los 2.200 metros de altitud, he sentido la impresión de imponente grandeza y soledad de sus montes.


Cuanto más visito la Sierra de Altomira, en el límite sureste de Guadalajara con Cuenca, y lo he hecho varias veces en los últimos meses, más interesante me parece esa Serranía y más admiración  me produce su accidentada orografía. Conozco toda la provincia, he subido a sus cumbres más características (al Pico Ocejón, 2060 metros, una docena de veces; al Alto Rey, 1850, en coche, muchas más; he andado por el Alto Tajo, de menores altitudes; por Sierra Ministra, por Sierra Pela; tuve que escalar la Sierra de Enmedio, entre el Tajo y el Guadiela, en tierras de Sacedón, en un crudo día de invierno de lluvia y niebla para informar a ABC y La Vanguardia de Barcelona de un accidente de Aviación con siete muertos, uno de ellos  el presidente de la Diputación de Lérida, etc.) Pero en ninguna de esas andanzas, ni siquiera por la zona del Alto de las Mesas y el  Pico del Lobo, rondando ambos los 2.200 metros de altitud, he sentido la impresión de imponente grandeza y soledad de sus montes, hondonadas y barranqueras como en los inhóspitos parajes de esta sierra de Altomira. Digo inhóspitos por su  soledad y su  falta de pueblos y carreteras, pese a sus menores alturas , pero mayores desniveles, tan bruscos, que se salta, desde Almonacid de Zorita al Santuario de la Virgen de Altomira, desde 805 metros de cota a más de 1.200, en poco más de dos kilómetros. Al descender desde el Santuario al lago de Bolarque se contempla al S.E. un impresionante horizonte de montes y barrancos en el que el hombre se siente un pigmeo por su insignificancia, impresión que nunca tuve en otros vericuetos montañosos de la provincia. Pero es que, además de la imponente vista sobre el valle del Tajo desde el Santuario por la vertiente Norte, en la Sierra de Altomira hay en sus entrañas un alarde de la ingeniería española, que la perforó de Norte a Sur para elevar el agua del Tajo hasta el azud de la Bujeda, desde donde desciende por gravedad hasta el sediento Levante mediante el trasvase Tajo-Segura. A la vista de su insuficiencia para cubrir la necesidad de agua de aquellas fértiles tierras, muchos españoles nos preguntamos, a qué esperamos para sumar a las aguas del Tajo los millones de metros cúbicos del olvidado trasvase del Ebro, agua que hoy se pierde tontamente en el mar por escrúpulos políticos ante el aldeano nacionalismo que hoy impera. Como si la cuenca del Ebro no fuese tan española como la del Tajo.


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